Günter Grass, Premio Nobel de Literatura

El ganador del premio Nobel Günter Grass ha calificado a Israel de amenaza para la paz mundial y ha pedido que no se le permita lanzar ataques militares contra Irán, en un poema que un diario alemán ha llamado “antisemita”.

Grass, de 84 años, es un veterano activista a favor de causas de la izquierda y crítico habitual de las intervenciones militares occidentales como la de Iraq. En el poema “Lo que hay que decir”, publicado el miércoles en el diario alemán “Süddeutsche Zeitung”, también condenó la venta de armas por parte de Alemania a Israel.

Sus palabras fueron censuradas en Alemania, donde cualquier crítica a Israel es tabú por el Holocausto perpetrado por los nazis. La propia autoridad moral de Grass no se ha recuperado del todo después de que en 2006 admitiera que sirvió en las Waffen SS en el último año de la Segunda Guerra Mundial, con 17 años.

“¿Por qué solo ahora lo digo (…): Israel, potencia nuclear pone en peligro una paz mundial ya de por sí quebradiza? Porque hay que decir lo que mañana podría ser demasiado tarde”, escribió.

“Y porque – suficientemente incriminados como alemanes – podríamos ser cómplices de un crimen que es previsible”, afirmó, y agregó que el pasado nazi de Alemania y el Holocausto no son excusa para guardar silencio sobre la capacidad nuclear de Israel.

“No sigo callando porque estoy harto de la hipocresía de Occidente”, dijo Grass, que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1999 por novelas como “El tambor de hojalata”, en la que hace una crónica de los horrores en la Alemania del siglo XX.

Está generalmente asumido que Israel es el único país de Oriente Próximo con armas nucleares, algo que ni confirma ni desmiente. Este tipo de armamento podría ser transportado en los submarinos Dolphin que ha comprado a Alemania.

El estado judío ha amenazado con atacar Irán con o sin permiso de Estados Unidos para frenar la que considera amenaza nuclear de la república islámica. Teherán sostiene que su tecnología atómica solo tiene propósitos civiles de generación de energía.

El poema, publicado también en el New York Times y en La Repubblica, pide que una “instancia” internacional controle tanto las armas nucleares de Israel como las centrales iraníes.

Lo que hay que decir
Por Günter Grass

Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,

sobre lo que es manifiesto y se utilizaba

en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,

solo acabamos como notas a pie de página.

Es el supuesto derecho a un ataque preventivo

el que podría exterminar al pueblo iraní,

subyugado y conducido al júbilo organizado

por un fanfarrón,

porque en su jurisdicción se sospecha

la fabricación de una bomba atómica.

Pero ¿por qué me prohíbo nombrar

a ese otro país en el que

desde hace años -aunque mantenido en secreto-

se dispone de un creciente potencial nuclear,

fuera de control, ya que

es inaccesible a toda inspección?

El silencio general sobre ese hecho,

al que se ha sometido mi propio silencio,

lo siento como gravosa mentira

y coacción que amenaza castigar

en cuanto no se respeta;

“antisemitismo” se llama la condena.

Ahora, sin embargo, porque mi país,

alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez

por crímenes muy propios

sin parangón alguno,

de nuevo y de forma rutinaria, aunque

enseguida calificada de reparación,

va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad

es dirigir ojivas aniquiladoras

hacia donde no se ha probado

la existencia de una sola bomba,

aunque se quiera aportar como prueba el temor…

digo lo que hay que decir.

¿Por qué he callado hasta ahora?

Porque creía que mi origen,

marcado por un estigma imborrable,

me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,

al país de Israel, al que estoy unido

y quiero seguir estándolo.

¿Por qué solo ahora lo digo,

envejecido y con mi última tinta:

Israel, potencia nuclear, pone en peligro

una paz mundial ya de por sí quebradiza?

Porque hay que decir

lo que mañana podría ser demasiado tarde,

y porque -suficientemente incriminados como alemanes-

podríamos ser cómplices de un crimen

que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa

no podría extinguirse

con ninguna de las excusas habituales.

Lo admito: no sigo callando

porque estoy harto

de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además

que muchos se liberen del silencio, exijan

al causante de ese peligro visible que renuncie

al uso de la fuerza e insistan también

en que los gobiernos de ambos países permitan

el control permanente y sin trabas

por una instancia internacional

del potencial nuclear israelí

y de las instalaciones nucleares iraníes.

Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,

más aún, a todos los seres humanos que en esa región

ocupada por la demencia

viven enemistados codo con codo,

odiándose mutuamente,

y en definitiva también ayudarnos.

Traducción de Miguel Sáenz. El texto original en alemán se publica hoy en el diario Süddeutsche Zeitung.

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