Fotograma de L’Illusionniste, de Sylvain Chomet.

Fotograma de L’Illusionniste, de Sylvain Chomet.

(Tomado de El Microwave)

¿Qué hace falta para hacer de una historia una gran historia? Sylvain Chomet demuestra que sus personajes mínimos, anodinos, son suficientes para dejarnos horas pensando en este gran misterio que es la vida. En El Ilusionista, su segundo largometraje, nos presenta a dos seres tristísimos que por esos vuelcos del azar terminan juntándose.

Basada en un guión inédito de Jacques Tati, narra la historia de Monsieur Tatischeff, mago venido a menos que abandona Francia y va a parar a una islita escocesa, con tanta falda, tanta oveja y tanto aguacero interminable que esperamos en cualquier momento la aparición de Mel Gibson y su trenza Braveheart combatiendo al invasor inglés.

Allí conoce a Alice, una adolescente cuyo mundo tiene los límites de su isla y que siente una rara afinidad por ese opaco señor que intenta engañar a los demás y a sí mismo. Juntos desembarcan en la gran Edimburgo de la primera mitad del siglo XX, ciudad repleta de chimeneas, de barrios grises, de seres como ellos. En la pensión Little Joe, Tatischeff y Alice hayan refugio y una galería de patéticos personajes que desfilan ante nuestros ojos.

Al acercarnos al ventrílocuo desconsolado, al payaso lamentable y a los acróbatas que no ejercen como tales conocemos de la cofradía del mundo del espectáculo, de la humilde y sencilla hermandad de los que comparten una comida, las oportunidades de trabajo, las humillaciones, la vida del show, o el show de la vida, que para estos casos viene siendo lo mismo.

El patetismo que rezuman todos los personajes de Chomet es de larga data, ahí tenemos para demostrarlo ese clásico reciente que es El Triplete de Belleville. Aun no queda claro si el dibujante francés realmente plagió a Nicolás de Crecy o no, pero eso no importa. Lo cierto es que hasta su inconfundible estilo de animación nos remite a días ajados, marchitos.

El tratamiento que recibe el amor en El ilusionista nos recuerda a los personajes de In the mood for love, el filme de ese sentimental incurable que es Wong Kar Wai. Al igual que éste, el francés utiliza la música como poderoso efecto sugestionador para reforzar el ambiente de sus historias; pero en lugar de los desgarradores boleros que usa el director asiático, Chomet apela a delicadas piezas de jazz europeo que bien administradas, acompañan la frágil existencia esos seres.

“Los magos no existen” le escribe Tatischeff a Alice como mensaje de despedida al final de la película. Sin embargo él, como en los cuentos de hadas, la sacó del marasmo y la puso frente a la posibilidad, frente a la fortuna. Para él empero, no hay remedio; Tatischeff sabe que el mundo no cambia por un par de trucos de magia.

Amargado por los continuos golpes, se desprende de todo lazo afectivo; de Alice, de sus trucos, hasta de su inseparable y arisco conejo. Reemprende viaje; hacia el destino incierto de los taciturnos.

Al final del filme, por unos segundos, lo vemos pensando darle su lápiz nuevo a una pequeña en el tren. Tal parece que los espectadores encontraremos la sosegada luz de los happy ends. Pero el sombrío Chomet le hace guardar al ilusionista su largo lápiz y entregarle a la niña el desgastado que le pertenecía. Y no es para menos. Los magos, como los héroes, no existen. Solo existimos nosotros. Los pequeños. Los patéticos. Los oscuros seres humanos.

Alice y Tatischeff, dos seres tritísimos. Fotograma de L’illusionniste, de Sylvain CHomet.

Alice y Tatischeff, dos seres tritísimos. Fotograma de L’illusionniste, de Sylvain CHomet.

Anuncios