François Hollande

 

En su primera travesía por Paris como presidente, Francoise Hollande estuvo en el Instituto Curie, haciendo recordar que la dos veces Nóbel, hubiera sido expulsada de Francia si en su  época hubiera estado gobernando Nicolas Sarkozi, porque ella era de origen polaco y pese a tener procedencia extranjera también, el ex mandatario sostuvo  una desorbitada  manera de tratar a los emigrados.

Posiblemente ese trauma, uno de los que han dividido de forma notoria a la sociedad francesa, pese a que como país colonial hereda responsabilidades en ese terreno, fue uno de los factores influyentes en el triunfo en urnas de la socialdemocracia gala que, como en casi  toda la de Europa, perdió su autenticidad, bases programáticas, y la confianza de quienes simpatizaron con esa tendencia.

Antes y después de su investidura, a Francois Hollande le acusan de presentarse como un político más a la izquierda de lo que en realidad es. Se rumora que ni él ni el gabinete que acaba de instituir, están capacitados para concretar las promesas hechas a los franceses. Entre ellas, establecer 60 000 nuevas plazas para maestros,  subir los impuestos a las grandes empresas y altos ejecutivos con ingresos de un millón de euros anuales o más. Dijo también que aumentaría el salario mínimo.

“Estoy aquí para rendir homenaje a dos leyes: la de junio 1881 que hizo realidad la gratuidad de la enseñanza primaria, y la de marzo 1882 que afirmó la obligación y laicidad de la enseñanza”. Son palabras de quien acaba de poner pie en una arriesgada senda.

Algunos con malicia y otros con sincera inquietud se preguntan cómo logrará devolverle a la investigación científica y al sistema educativo el rango que tuvieron y merecen, junto con asuntos de la existencia cotidiana. Por ahora, es plausible su intento -retórico o realista- de recuperar valores extraviados en los últimos años.

Como curiosidad informativa se da  que mientras él anuncia una rebaja del salario del jefe de estado y de su cuerpo ministerial, en Alemania se declara un aumento para los representantes oficiales. ¿Posiciones opuestas? El francés habla de crecimiento y la alemana de mantener la sobredosis de austeridad que acogota a las mayorías del Viejo Continente sin lograr nada digno de loa.

Apretar a las sociedades mientras los dirigentes se regalan holguras, es paradójico, o una poco sensible manera de blufear en tan incómodo momento.

No es ni  la única ni  la mayor diferencia entre dos gobernantes destinados a encontrar un lenguaje común o algo que se le parezca. Exigencia implícita por ser las principales economías en la zona euro y los mayores contribuyentes a los fondos del Pacto Comunitario.

Por cubrir formas o por ser asunto grave y actual, usaron a la infeliz Grecia como factor de coincidencias. Los dos jefes de estado plantearon en Berlín, que no desean una salida del país heleno del euro o de la Unión Europea.

Pese a ello, la Merkel insiste en los ajustes, cumplir con el déficit cero y afirma que el acuerdo fiscal que Sarkozi le ayudó a imponer a los 27,  contiene ya la propuesta que Hollande quiere agregarle, para establecer un plan de crecimiento que alivie los rigores actuales y aporte una perspectiva hoy inexistente.

Mientras el visitante era atendido por la Canciller, en la prensa germana se publicaban criterios como este: “Desde 2008 la deuda pública europea se incrementó sobre todo porque los estados se vieron obligados a salvar a los bancos y a responder por los créditos fallidos del sector privado”. Debido a ello, explican, la deuda de cada país, incluida Alemania, se elevó de manera incontrolable. Convertir la crisis privada en pública y hacer pagar por ello a las respectivas sociedades resulta abusivo e inmoral, puede afirmarse como primera conclusión. Otra: es cuestionable eso de que los estados se vieron obligados… Se pudo proceder de otro modo.

Si las bases para actuar en Europa no fueran las neoliberales, no se habría entregando la hacienda pública a los mercados financieros. Argumentos como este se formulan al advertir sobre la improbabilidad  de Hollande para poner en práctica  sus ofertas, mientras exista el corsé de ese modelo. Es que el veneno, en pequeñas dosis puede curar y en cantidades, mata.

En lo inmediato, no es tan importante si el gabinete  que acaba de conformar es experimentado o no. Variedad en su composición existe y también riesgos por disparidad de criterios, aún cuando es posible concordar si predomina en las voluntades, la cordura que este tiempo exige.

Pero mucho, casi todo, depende de los resultados de las legislativas en junio. Sin una bancada parlamentaria sólida, en número y composición, hasta el mejor propósito puede terminar como el Titanic.

Si el Partido de Izquierda liderado por Jan-Luc Melenchon logra, como se supone, una apreciable cantidad de escaños, pudieran ayudar a que los intereses de la derecha convencional o los ultra conservadores, los sectores privilegiados internos o ajenos, aplasten al naciente gobierno. Estarían en capacidad, por igual, de exigirle a ese ejecutivo, si es menester,  que las principales propuestas sociales se lleven a vías de hecho.

Hay escepticismo y esperanzas en los ánimos, no solo en Francia. Basta darle una ojeada a los Indignados que según son hostilizados se radicalizan, ganan organicidad y definen sus fundamentos, como ocurre en España, con los Occupy-London o los de Wall Street. El resto, viene en camino.

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