libreta-de-canciones

Este es un cuento que necesito hacer desde hace tiempo. Cuando la canción del siglo XX se encaramó en su trono, sobre todo la canción amorosa que no tenía, forzosamente, que encajar dentro del molde del bolero sino que podía muy bien enmarcarse en los vericuetos de un corrido o un bambuco -por ejemplo-o alcanzar aquellos niveles descomunales que logró María Grever (sin desdorar). En la primera mitad de los treinta, cuando yo vine al mundo, para enterarse de qué canciones se les estaban ocurriendo a los seres dotados de inspiración y sentido de la forma, las personas de muy modesta economía comenzaban a tener la posibilidad, gracias al sistema de pago a plazos, de dar entrada en  casa a  un prodigioso artefacto llamado “radio”. Fueron frases modernísimas “apaga el radio”, “enciende el radio”, “sube” o “baja” el radio. Muchas personas nacidas en ese siglo, nos quedamos diciendo “el radio” y no “la radio”-pero ese es otro tema que no viene al caso ahora–. La cuestión es que fue el radio el que ayudó a la gente a aprenderse las nuevas o viejas canciones, los nombres de los autores y sus nacionalidades y comenzaron a acrecentarse las ganas de cantar en la ducha, cantar durante la faena doméstica, aquellas tonadas que el radio soltaba por docenas.

El radio proponía y el oyente disponía. Surgió el negocio de los cancioneros impresos pero, a mi juicio, una de las maravillas de la inventiva humana consistió en crear la llamada Libreta de Canciones. Era algo lindo, sobre todo en las jóvenes que se compraban la libreta que podían pagar e iban confeccionando tantos cancioneros como muchachas y gustos existieran en aquellos compendios que iban creciendo según sonara con mayor o menor frecuencia en el radio la canción preferida, luego de un ejercicio de agilidad para tomar al vuelo una frase o frase y media y a esperar entonces a que por la tarde o mañana volvieran a cantarla y avanzar un poco más y a veces, cuando ya estaba completa la letra -siempre dando crédito al autor a continuación del título– se procedía a enmarcarla dibujando  una cadeneta, una cenefa, una guirnalda de hojitas de ningún tipo enlazando flores imaginadas al son del tarareo.

Mi tía era una joven enamorada de la canción, una muchacha entonada y curiosa y, de ella, aprendí a cuidar como oro las letras de las canciones desde la época en que no entendía muchas de aquellas palabras que se me iban clavando en la memoria, abrazadas a sus melodías  igual que las aplicaciones a crochetque daban encanto y sentido al tapete de los días de fiesta o la sobrecama del cuarto principal. A determinada edad, las niñas, las jovencitas, buscábamos la forma de que nos compraran algo que sería para cada una –según rezaba por fuera en tamaño grande, de puño y letra de su dueña y que la  distinguiría como objeto único en el universo: la Libreta de Canciones.

En los años más altos de la Primaria (hablo de mi infancia y saquen la cuenta), la música ya iba entrando por otros caminos y las adolescentes, herederas de la preciosa costumbre de tener cada una su libreta propia, intercambiábamos y nos ayudábamos, ahora con maravillas que tuvimos el privilegio de ver nacer; libretas primerizas podrían llamarse aquellas que albergaron las frases más lindas del mundo mientras entrenaban los corazoncitos tiernos todavía para que se escaparan con la vieja luna en el momento en que la noche muere (bendito Orlando de la Rosa) abriendo interrogantes al practicar la buena caligrafía pues no hay huellas ni existen recuerdos que no borres tú (bendito René Touzet).

Cuando comenzó mi amistad con Elena, me encantaba ver cómo parecía una niña buena, obediente, aplicada, cada vez que abría la más reciente libreta de canciones para incorporarle, con su letra cuidada y parejita, las frases de una nueva adquisición para su repertorio. Yo me di el lujo de guardar un par de carpeticas compradas en el Ten cents donde fui anotando las primeras canciones que se me ocurrieron; guardo también la libreta donde Leopoldina Núñez me copió verdaderas joyas de los años 50 con sus correspondientes diagramas indicadores para cada posición de los dedos en la guitarra. Guardo todavía, con tanto celo que me aterra abrirla, una libreta “de pasta” -de fabricación bastante tosca, por cierto-con las canciones que cada tarde, a mediados de los setenta, ponían a prueba mi capacidad de relacionarme con los demás en las temporadas que desarrollé en el bar Elegante, del Hotel Riviera. Me pregunto si alguien puede o quiere abundar en este tema -la Libreta de canciones– que, desde hace algún tiempo, me aprieta el corazón.

Almendares, 8 de julio de 2012

HOY LE REGALAMOS, EN VIDEO, ALGUNAS JOYAS DE LA LIBRETA DE CANCIONES DE MARTA VALDÉS

Vieja lunade Orlando de la Rosa. Interpretado por Beatriz Márquez y Diana Fuentes

No te importe saber, de René Touzet. Interpretado por Bola de Nieve

Inolvidable, de Julio Gutiérrez, con el autor de la canción al piano (instrumental)

 

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