La pintura y otros lugares, de Espacio Teatral Aldaba.

La pintura y otros lugares, de Espacio Teatral Aldaba.

Por Esther Suárez Durán

 

En la tarde del domingo 24 de junio de nuevo los cielos se abrieron. La Habana recibía otro torrencial aguacero. Nos empapamos al salir del Teatro, de donde no hubiéramos querido alejarnos pues la reciente creación del Espacio Teatral Aldaba: La pintura y otros lugares, que allí entró en diálogo con nosotros, sus espectadores (sus co-creadores), se halla imantada a la vez que nos imanta y nos permite reconocer nuevamente al Teatro como esa maravilla que es -no hay que olvidarlo-: espacio de encuentro, de afectos, de comprensión de todo lo humano, sanador de dolores y angustias, liberador de represiones y ansiedades, dador de consuelo, compasión, esperanza, alegría, fe; también ámbito de meditación y trascendencia; genuinamente humano -desde su propia naturaleza de arte vivo, efímero e irrepetible-, sobre todo, cuando sus creadores primeros, los artistas, se deciden a potenciar su humanidad tal y como es el caso.

A partir de la obra visual del artista plástico francés Alain Kleinmann (descendiente de padre judío y de madre rusa), Irene Borges y la institución teatral que dirige levantan un hermoso y vital discurso escénico para hablar del paso del tiempo y la memoria.

La partitura resuena en varias claves, se trata de la memoria histórica social, a la par que de aquella que pertenece a la célula social más antigua y definitoria: la familia, vista en su fluir, en el decurso y solapamiento de las generaciones. Y como es natural se integran los temas de la partida (sus disímiles maneras), la distancia, las separaciones, la pérdida (sus variadas expresiones), sesgados por la barbarie de la guerra, la violencia, las imposiciones, las migraciones; el ayer repetido en el presente cual si fuese nula o inútil la memoria (la segunda gran guerra del XX y la aventura bélica que hoy asola al mundo árabe y devasta su cultura).

El tema resulta motivo inspirador central en la indagación y la producción artística de Kleinmann, quien ya es presencia frecuente en la Isla. La Academia de Bellas Artes de San Alejandro lo ha acogido como propio y en ella ha desarrollado exposiciones, talleres, conferencias, mientras la institución le ha brindado acceso a otros espacios docentes y artísticos. En el 2008 exhibió en el Museo Nacional de Bellas Artes su exposición Viajero del tiempo. Luego participó en la 10ma. Bienal de La Habana, presentó obras en la galería Collage Habana, con Rigoberto Mena. Con Fabelo hizo una muestra abierta en San Alejandro. Mena, Fabelo, Kleinmann hablan de la memoria, del tiempo, del hombre y ponen en claro que la esencia de la naturaleza humana es la misma sin reparar en los contextos.

Esta vez Kleinmann ha estado presente en la 11na. Bienal de La Habana en maridaje con el arte escénico. Su obra visual entra en una nueva perspectiva del espacio-tiempo. Las imágenes de sus litografías (donde figuran la serie Memoria blanca, El escritor, La salida, El espejo, La pose y otras) aparecen sobre el fondo blanco del ciclorama adonde los cuerpos de los actores se integran ora sobre los peldaños de una escalera (la mano cual si descansara o asiera el pasamanos), contra las paredes de un edifico, sobre la superficie de una vieja maleta, mientras también sus vestidos de tono claro se disponen a reflejar las imágenes que, en ocasiones, replica una tela breve, de cierta transparencia, que se alza en el proscenio. Juegos de seria belleza, de luz y planos que se yuxtaponen y crean un nuevo significado.

Poses, imágenes de objetos (las ruedas, las maletas) se reiteran en la corporeidad de la escena como sujetos y objetos, en tanto el tejido dramático que incorpora toda esta materia en su construcción y fluencia refiere el Holocausto, la cultura judía, la eslava, en ellos el propio pasado del pintor, a los que se suma la huella que deja, hasta en la piedra (los despojos de edificios reconocibles por nosotros) el paso del tiempo; el juego con él que realiza, a veces, el actor en representación (la anécdota con el mimo Marceau), hasta cuestionar la perdurabilidad del recuerdo más entrañable, aquel que unge el cariño y los lazos familiares, y hay un juego entre la memoria, indeleble, en el objeto y aquella, veleidosa, del sujeto en una Isla que con harta frecuencia pierde su pasado y en un momento de la vida social donde se enaltece el presente, la precariedad de la existencia, y se rechaza la raíz que brinda el recuerdo, su resguardo, traspaso, reconstrucción; operaciones todas de compromiso, operaciones de la pertenencia.

El espectáculo, con banda sonora de Hamlet Paredes y Daniel García, muestra varias capas, como ciertas obras pictóricas; densidad que ofrece la oportunidad de lecturas diversas; en suma, materidad poética. Sus intérpretes, a excepción del maestro Manuel Boada (quien, además, a cargo de la preparación física del grupo), son la mayoría jóvenes de muy distintas procedencias y disímiles grados de experiencia en la escena que realizan su labor, peculiar y difícil, lo mejor que pueden. En un entramado que no se sustenta en la situación y el diálogo reconocible y directo, la dirección les ha solicitado un tono que no comulga con la epicidad al uso en nuestros escenarios, a la par que huye del sentimiento desbordado y el estilo melodramático.

El tejido se fue armando mediante aportes colectivos; existen en él esencias generales, sustancias propias, recuerdos, jirones de vida. Conmueven particularmente dos secuencias: aquella donde los actores nos muestran fotos de familiares ya idos mientras nos hablan de ellos, y la otra, que denominan “El Muro de los Lamentos”, construida sobre los deseos y aspiraciones más fervientes de cada uno.

Estremece escuchar en voces tan jóvenes las solicitudes que transcribo íntegramente:

Quiero darle un hijo al mundo

Quisiera tanto volverlos a ver.

Quisiera que mis padres no trabajaran tanto

Prosperidad para todos

Que no exista el miedo a lo diferente

Señor te pido de todo corazón….

Que no exista el enemigo

ni las fronteras.

Que mis padres puedan tener una vejez tranquila

Que mi hermano vea lo bello de la vida

Que se acabe la guerra

Que mi niño no se corrompa con tanta mierda

Que mi niña sea feliz

Que traer un niño al mundo no sea un problema.

Si yo pudiera abrazarlo

Que los maestros se preparen cada día.

Que luchemos siempre por ser mejores.

Que no caigamos en la corrupción

Que los que nos rodean no sean corruptos.

Que los que tienen que escuchar no se tapen los oídos

Que la transparencia sea la ley

Que los conflictos se resuelvan sin guerra

Que podamos trabajar con tranquilidad, crear con tranquilidad

Defender nuestros derechos

Que vengan tiempos mejores

Señor te pido de todo corazón…

Darle un futuro mejor a mi hijo

Que pueda encontrar la felicidad dentro y no fuera

Que la esperanza este dentro y no fuera

Que no perdamos la esperanza,

la fuerza, la resistencia, la fe,

que no perdamos la fe en el trabajo, que no perdamos la fe.

Que tenga la fuerza y la posibilidad de proteger a mis padres como ellos lo hicieron conmigo

Que la muerte venga con tranquilidad.

Que se aleje el dolor.

Señor: te pido de todo corazón….

Que nuestro mar no sea símbolo de separación.

Que la separación no sea símbolo de olvido….

Tener fuerza para resistir

Prosperidad para todos, salud para todos

Que se abran las mentes, las puertas, los caminos…

Tolerancia, paz, libertad, salud, felicidad, prosperidad, justicia, equidad, bondad, amor…solidaridad

Señor, te pido de todo corazón…

Me sumo a los ruegos: Cubanos, pido de todo corazón que llegue pronto el minuto donde sean altas las vigas del techo y el horizonte cese de quemarnos con su proximidad y vuelva a colocarse en su lugar, allá en el infinito, y los deseos, entonces, se ensanchen y dejen de aludir a lo que por derecho es nuestro. Que el ruego deje espacio al agradecimiento y podamos decir: gracias, por poder gozar de una vida próspera y buena, en una tierra bendita que cobija a nuestros padres en su vejez digna y reposada y ofrece a los jóvenes tantas bondades y esperanzas; una tierra de gentes amables donde el Teatro tenga aires verdaderos de fiesta y cuando hable del dolor sea como suceso necesario o excepcional. Donde la vida transcurra solo con la cuota de sufrimiento intrínseca al hecho de vivir, la necesaria para la madurez y el crecimiento, y se desconozca el odio, el rencor, la impotencia y, sobre todo, no exista sitio alguno para la desesperanza.

Y déjenme este Teatro, este Teatro nuestro que en su vasta paleta de color nos representa y acompaña y otorguémosle a sus artistas el reconocimiento legítimo y el apoyo que necesitan. Que nuestra gratitud los estimule, los tenga a salvo de toda veleidad y los mantenga sobre el sagrado espacio de los escenarios.

Bienaventurados todos los que junto a Irene y Kleinmann, sin alardes ni artificios, han construido una obra legítima, un sitio de reconocimiento y encuentro, un momento memorable para la escena cubana.

(Tomado de Cubarte)AR

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