Este grupo de cómicos estadounidenses que estubieron activos -primero en tablas, después en cine— entre los años 1922 y 1971. Según la Wikipedia, el conjunto conoció varias formaciones, y sus integrantes son mejor conocidos por sus apodos que por sus nombres: , Moe, Larry, Curly, Shemp, Joe y Curly-Joe. Todos ellos se hicieron famosos por sus cortometrajes, en donde cultivaron una comicidad basada en la violencia física y en el juego verbal. Este género se conoce bajo el nombre inglés de slapstick.

Protagonizaron 190 cortos (de unos 16 minutos cada uno) para la empresa Columbia Pictures entre 1934 y 1958, los cuales, luego del cine, pasaron a la tele en forma de episodios diarios. Y fue justamente la televisión quien los hizo famosos entre las generaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

La larga permanencia del trío en actividad (cuarenta y nueve años) se debió no solamente a su popularidad, sino al hecho de que, por disposiciones contractuales, los actores nunca fueron propietarios de su obra, sino empleados que cobraban un sueldo. Estas circunstancias los obligó a actuar hasta que las enfermedades, la vejez o la muerte los alejaron del cine.

 

A imagen  y semejanza de generaciones enteras de espectadores, los hermanos Peter y Bobby Farrelly descubrieron a Los Tres Chiflados gracias a la televisión.

Como tantos de nosotros, los directores de Loco por Mary no dejaron desde ese momento de encontrar en ese desfile único de golpes, gruñidos, onomatopeyas y situaciones delirantes una fuente de inspiración inagotable para reírse a más no poder. Y como tantos de nosotros, los Farrelly se sumaron a ese extraordinario y único ritual de aprenderse casi de memoria la rutina de cada episodio y celebrar con un festejo anticipado a pura carcajada todo lo que está por venir.

Ese verdadero culto convirtió a Los Tres Chiflados en una leyenda que asombra, sobre todo, por lo perdurable de su vigencia y de su éxito. En la Argentina, sus casi 200 cortos televisivos -de 16 minutos, aproximadamente, cada uno- se exhiben casi ininterrumpidamente desde 1963 y hoy pueden recuperarse y revivirse, en distintos días y horarios, a través de la señal de cable TCM.

Los Farrelly se sumaron en los Estados Unidos a la legión de fans del celebrado trío. “En toda mi vida, nadie me hizo reír tanto como ellos”, llegó a decir Peter, tan convencido como su hermano de que los Stooges necesitaban, además del recuerdo, una reivindicación. “Nunca llegaron a ser valorados como figuras de primera clase -agregó Peter-, pese a que ellos lo merecían más que nadie.”

El regocijo ante cada reencuentro con el lunático humor de Los Tres Chiflados debe haber pesado en los Farrelly tanto como el recuerdo de las penurias y los sufrimientos que Moe, Larry y Curly atravesaron a lo largo de sus vidas. Con ese espíritu, los directores fueron y vinieron a lo largo de los últimos 15 años con un proyecto que por fin puede ver la luz y pudo concretarse a partir de hechos y connotaciones muy distintas a las que llegaron a imaginarse en un principio.

Desde el comienzo, Los Tres Chiflados -cuyo estreno en la Argentina anuncia Fox para pasado mañana sólo en copias dobladas al castellano- se propone como un claro tributo a la vida y la obra humorística del trío. No es una biografía en sentido estricto, sino una suerte de ficcionalización -apoyada en las claves de su fórmula cómica- de algunas de las privaciones que les tocó enfrentar.

Desde un punto de partida que reconoce coincidencias con la celebrada aparición cinematográfica de los Blues Brothers (conocida aquí como Los hermanos Caradura), Curly, Larry y Moe deben ir a juntar fondos para salir al rescate del orfanato en el que se criaron y ayudar a la congregación de monjas encargadas de cuidar allí a chicos sin familia ni hogar.

Con esa premisa, los Farrelly trabajaron desde 1996 en sucesivos borradores de un guión que encontró unos cuantos obstáculos en el camino. Por un lado, la idea recorrió varios estudios hasta que uno de ellos -MGM- se hizo cargo en vísperas del estallido de una crisis que llegó a ser casi terminal. Por el otro, la mención de grandes figuras con potencial para interpretar al trío se convirtió en un problema para los Farrelly, que buscaban, sobre todo, que Moe, Larry y Curly hablaran por sí mismos en la película. “No queríamos -dijo Bobby más de una vez- al actor dispuesto a entregar su propia versión del personaje.”

Por eso quedó en el camino una lista más que relevante de nombres. En un momento, llegó a decirse que Jim Carrey (Curly), Sean Penn (Larry) y Benicio del Toro (Moe) encabezarían un elenco de lujo. En los tiempos iniciales del proyecto, se habló inclusive de Robert de Niro y Russell Crowe. Los Farrelly, fieles a la idea de imponer al personaje por sobre el actor, se quedaron con intérpretes muy confiables, pero de menor renombre para el gran público: Sean Hayes (Will & Grace) sería Larry; Chris Diamantopoulos (24), Moe, y Will Sasso, Curly. Todos ellos, provenientes de la TV, debían comprometerse a revivir con fidelidad máxima las características fisonómicas y de comportamiento de Los Tres Chiflados que todos conocemos.

A los Farrelly no les preocupaba la brecha generacional -a priori riesgosa, sobre todo, para el mercado norteamericano- que se planteaba entre su proyecto y la memoria de un público para el cual Los Tres Chiflados constituía un recuerdo válido, pero demasiado lejano en el tiempo. Ese temor recorrió algunos despachos de Hollywood durante los últimos años y resultó al fin y al cabo una de las causas que dilató hasta hoy la culminación favorable del proyecto. “Lo que queríamos era sobre todo -concluye Peter- lograr que los fans de Los Tres Chiflados se sintieran identificados y reconocidos. Nadie podría hacer en Hollywood una película sobre Los Tres Chiflados sin rendirles máxima fidelidad a Moe, Larry y Curly. Debían tener el mismo aspecto, hablar igual que ellos, vestirse del mismo modo. Los trajimos al siglo XXI, pero con aquel espíritu intacto.”

 

TAN PROLÍFICOS COMO POCO RECONOCIDOS

La historia artística de Los Tres Chiflados comienza en 1922, cuando los hermanos Moses y Samuel Horwitz (luego conocidos como Moe y Shemp Howard) se sumaron al espectáculo de vodevil que animaba en teatros neoyorquinos de segundo nivel un actor llamado Ted Healy. Tres años después, se sumó al grupo Louis Feinberg (Larry Fine). Healy, un alcohólico que murió prematuramente, fue el primero en tratar de aprovecharse del trío sin nada a cambio, pero Moe, Larry y Shemp lograron abrirse camino por las suyas, e iniciaron en el teatro una carrera que luego alcanzó su apogeo con los cortos televisivos (casi 200) que hicieron para Columbia entre 1934 y 1957.

Los primeros 97 fueron protagonizados por Jerome (Curly) Howard, el otro hermano de Moe y Shemp, que reemplazó por casualidad a este último y llegó a ser el chiflado más popular de la historia. Su precaria salud (sufrió un ataque cerebral en 1946 y murió poco después) trajo de regreso a Shemp, que permaneció en el trío hasta el infarto mortal que sufrió en 1955.

Allí comenzó el ocaso. Joe Besser se sumó al grupo, pero pronto quedó afuera porque en su contrato exigía no recibir golpes. Para colmo, en 1957, Columbia despidió al trío sin que su jefe, el magnate Harry Cohn, reconociera jamás el aporte económico y artístico que el trío hizo al estudio. Poco después, Moe y Larry se unieron a “Curly Joe” De Rita para una serie de olvidables largometrajes filmados a comienzos de la década del 60.

En 1970, Moe quiso reverdecer al trío con el agregado de Emil Sitka (un gran secundario de los viejos cortos de TV), pero, poco antes, Larry quedó postrado por un ataque cerebral. Allí empezó a cerrarse para siempre la historia de Los Tres Chiflados. Larry y Moe fallecieron en 1975.

 

 

Los nuevos tres chiflados reciclados vuelven a la pantalla con todas sus andanzas como se muestra en el trailler anterior.

 

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