Norma Jeane Baker el día de su boda con James Dougherty (llamado Buchanan Glazer en ‘Blonde’).

Era un 19 de junio de 1942,  en que Norma Jeane se casó con un muchacho al que amó a primera vista, mirándose el uno al otro con un asombro cargado de ternura (Hola, soy Bucky y Yo, No-norma Jeane), mientras a una distancia prudencial Bess Glazer y Elsie Pirig los observaban con ojos risueños y ya húmedos, previendo este gran momento.  Naturalmente, todas las mujeres asistentes a la boda en la Primera Iglesia de Mission HIlls, California, lloraron ese día al ver a la joven y hermosa novia que aparentaba apenas catorce años junto al novio, imponente con su metro noventa y dos de estatura y sus ochenta y seis kilos, que por su parte no parecía mayor de dieciocho, un muchacho desgarbado pero gallardo, apuesto como un Jackie Coogan adulto con el pelo moreno cortado a cepillo, dejando al descubierto sus grandes y puntiagudas orejas. En el instituto había sido campeón de lucha libre y jugador de fútbol y era obvio que protegería a esa pobre niña huérfana. Amor a primera vista por ambas partes. Prometidos durante menos de un mes. Son los tiempòs que corren, la guerra. Todo va más deprisa.

El vestido de ella era metros de resplandeciente raso blanco, un corpiño ceñido, ajustadas mangas largas con volantes en los puños, metros y metros de deslumbrante raso, pliegues y tablas blancas, cintas, puntillas, pequeños lazos, diminutos botones de perla y una cola de metro y medio:  era un vestido usado, perteneciente a Lorraine, la hermana de Bucky; adaptado a la figura de Norma Jeane y enviado a la tintorería, de modo que estaba impecable.

Bucky se proponía alistarse en las fuerzas armadas para luchar por su país, y se lo había dejado claro a su novia desde el principio.

La dicha,  abraza por primera vez a Norma Jeane Baker, antes de que entrara a la eternidad del cine y se convirtiera en un icono del siglo XX con el nombre de Marilyn Monroe.

 

 

 

 

 

 

Frágil, bella, desamparada, rebelde, tierna, perseverante, sensual, aturdida, amorosa, insegura, fuerte, desubicada, fuerte, decidida, soñadora, sobreviviente, seductora, triste, temeraria, complaciente, frágil…Es el gran fresco que Oates traza de la vida de esta leyenda del cine.  Oates muestra el interior de Monroe. Recrea esa vida a través de escritos de la actriz, de sus diarios íntimos, poemas y testimonios esparcidos  por su narración para que podamos escuchar la voz de Norma Jeane, sentirla, porque siempre es ella, Norma Jeane, la que está allí por muchos focos, flases y leyendas que la persigan. Una niña abandonada que se convirtió en mito y dio esplendor a Hollywood con pellículas como  La junga de asfaltoEva al desnudo, Los caballeros las prefieren rubias, Niágara, El príncipe y la corista, La tenación vive arriba, Con Faldas y a lo loco y Vidas rebeldes .

En Blonde seguimos los pasos de la perpetua huida de Norma Jeane. De su búsqueda de la felicidad, de sus meandros, de sus atajos, de sus prisas, de sus baches, de sus agobios, de sus descansos en diferentes ámbitos de la vida; de la historia de abandono que la persiguió cuando su madre Gladys la dejó en un orfanato, y tuvo que vivir en varios hogares de adopción, y del hecho de no saber nunca con certeza quién fue su padre, más allá de una foto enmarcada de un hombre apuesto con bigote que había en su casa.

Volvamos al primer gran oasis de felicidad.  A aquel primer día y verano de felicidad eterna que creía haber alcanzado Norma Jeane cuando se casó con Bucky, el hijo del embalsamador del pueblo. No fue fácil. Él dudó, tenía muchas musarañas en la cabeza sobre lo que era el amor y ella misma. “Ya les había contado a los muchachos de Lockheed que la había visto por primera vez en el escenario de un cine. Ella había ganado un premio y ay, tíos, ay, ella misma era un premio mientras subía hacia las candilejas y el público aplaudía, enloquecido”. Así que tres semanas después de que los presentaran él tomó la decisión. Todo iba muy deprisa en aquellos años de la Segunda Guerra Mundial. Cuando él le dio el anillo de pedida, la joven Norma Jeane Jeanea no solo le dijo que sí, que lo amaba, sino que “acto seguido hizo la cosa más extraña que una chica hubiera hecho jamás, tanto en las películas como en la vida real: cogió las grandes y ajadas manos de él entre las suyas, pequeñas y suaves, y sin importarle que olieran al líquido de embalsamar se las llevó a la cara e inspiró, como si aquel hedor fuera un bálsamo para ella o le recordara un aroma entrañable, con los ojos cerrados, expresión soñadora y una voz que era apenas un murmullo:

-¡Te quiero! Ahora mi vida es perfecta.

Gracias, Dios. Gracias, oh, Dios. Prometo que nunca volveré a dudar de ti mientras viva. Nunca desearé castigarme por sentirme no deseada ni querida”.

Parecía no saber que era “la chica más guapa que cualquiera hubiera visto fuera de una película”. Luego lo sería fuera y dentro del mundo del cine. Esa es la parte más conocida de la actriz.   Joyce Carol Oates recrea dos pasajes muy conmovedores  y que tienen que ver con sendos momentos felices para la actriz y el simbolismo que guardan: el rodaje de su última película, Vidas rebeldes, por lo que representó de reconocimiento para ella como actriz y una de sus primeras idas al cine de niña:

“¡Los amantes se besan! Roslyn y Gay Langland el vaquero.

-No. Quisiera repetir.

Los amantes volvían a besarse

-No. Quisiera repetir.

Hace muchísimo, en el cine a oscuras. Yo era una niña y te adoraba. ¡Príncipe encantado! Le bastaba con cerrar los ojos y ya estaba en aquel cine de hacía muchísimo, al que iba a salir de clase, y compraba una sola entrada, y Gladys le había advertido: ‘¡No te sientes al lado de ningún hombre! ¡No hables con ningún hombre!’, y ella levantaba los ojos hacia la pantalla, llena de emoción, y veía al Príncipe encantado, que no era otro que aquel hombre que la besaba ahora y al que ella besaba con avidez, sin acordarse de las escoceduras de la boca: aquel hombre moreno y atractivo, de bigote recortado, sesentón ya, con arrugas en la cara, el pelo cayéndosele y en los ojos una inconfundible expresión de caducidad. Una vez pensé que eras mi padre. ¡Ay, dime que eres mi padre!

Esta película que es su vida”.

Fueron oasis de felicidad.

Marilyn Monroe estuvo extraviada la mayor parte de sus días. El 5 de agosto de 1962 murió en su casa del 12305 Fifth Helena Drive, de Brentwood, California. Allí cierra Joyce Carol Oates Blonde de una manera muy lírica y emotiva de la vida de la actriz y en la que siempre estuvo la búsqueda y el amor incesante de sus padres. El libro se cierra formando un círculo, juntando dos ideas e imágenes del comienzo enlas que están presentes la muerte, la realidad y el sueño… Cuando la policía llegó a la casa de la actriz hallaron un cuaderno con palabras distribuidas como “poesía con una caligrafía insegura e infantil.  La mujer estaba desnuda, cubierta con una sábana blanca, como si ya estuviese en la camilla del forense. La sábana se adhería a su cuerpo febril, marcando el vientre, las caderas y los pechos de una manera a la vez excitante y repugnante. (…) El enmarañado cabello platino, semejante al de una muñeca y fantasmagóricamente pálido, era casi invisible sobre la almohada. Su piel también era fantasmagóricamente pálida.

Blonde no es una biografía de Marilyn Monroe. Como dice su autora ,”es una vida radicalmente destilada en forma de ficción y, a pesar de su longitud, el principio de apropiación es la sinécdoque”. Es un acercamiento humano, inquietante, polémico y emotivo a la vida de la actriz que, tal vez, trate de buscar respuestas o comprender el destino de la artista del cine más famosa de todos los tiempos y que ha inspirado a creadores de todas las artes. Que no fue otra que Norma Jeane buscando y esperando a papá, mientras se encontraba a sí misma.

Una búsqueda en la vida real y en el cine cuyos caminos ella se encargo de entrecuzar. No en vano, Joyce Carol Oates escribe en las primeras páginas deBlonde que el recuerdo más temprano de la actriz fue cuando su madre la llevó por primera vez al cine con tres o cuatro años. “Cuantas veces volvería con añoranza a esta película, reconociéndola de inmediato a pesar de la diversidad de títulos y actores. Porque siempre aparecían la Bella Princesa y el Príncipe Encantado”. Se reunían y se separaban una y otra vez, pero nunca vio el final. (…) Y cierta vez, un día, se da cuenta de que la Bella Princesa, que es hermosa porque es hermosa y porque es Bella Princesa, es condenada a buscar la confirmación de su propia identidad en los ojos de otros. Porque no somos quienes dicen que somos si no nos lo dicen, ¿verdad?”

 

 

 

 

 

Pensábamos que sabíamos todo sobre ella.  Pero el mito de Hollywood guardaba un secreto: tenía la necesidad compulsiva de escribir sus sentimientos. Aparece ahora un libro con textos y poemas inéditos que revelan el lado más íntimo y desgarrado de la actriz.

Semanal lo presenta en exclusiva:

Marilyn Monroe era una mujer triste, algo que nadie se explicaba y de lo que ella misma se sentía secretamente avergonzada. Porque también era alegre, o podía serlo, radiante, pero la fatiga, la depresión y el pesimismo fruto de un carácter extremadamente sensible e inteligente la acorralaron hasta perder toda esperanza en sí misma y suicidarse la madrugada del 4 al 5 de agosto de 1962 en su casa (la única que tuvo en propiedad) de Brentwood, en Los Ángeles, un hogar sencillo, de aire colonial español, con apenas muebles y con una inscripción en latín en la entrada: Cursum perficio (aquí acaba el viaje).

A sus 36 años, Marilyn estaba cansada, demasiado cansada. La publicación de buena parte de sus escritos personales (la mayoría inéditos) en el libro que ahora ve la luz, Fragmentos (Seix Barral), lo confirma de manera rotunda. Su poesía, sus lecturas, sus notas, sus cartas… todo apunta al mayor de los cansancios, el que provoca esa soledad que se escapa a las evidencias (¿cómo podía sentirse sola la mujer más adorada del mundo?) y que ella sufrió como un azote implacable. “¡¡¡Sola!!! / Estoy sola-siempre estoy / sola / sea como sea”, escribe en la primera página de un cuaderno que, como todos, muestran a una mujer nerviosa y generosa, terriblemente insegura y asustada, que necesitaba a los demás para buscarse a sí misma, pero que jamás encontró consuelo, sintiéndose siempre atrapada entre la traición o el abandono. Nadie duda de que sus tres maridos, cada uno a su manera, la quisieran, ni que sus amantes (de los hermanos Kennedy a Elia Kazan, Frank Sinatra, Yves Montand o Marlon Brando, quien fue más amigo y mejor persona con ella que cualquiera de los antes citados), la desearan pero nadie podría rebatir que ninguno de ellos -ni siquiera Arthur Miller, probablemente el que más se acercó a conocer su melancólica naturaleza- supo ser generoso y darle la paz que necesitaba.

Marilyn se refugiaba en sus pensamientos breves, fragmentarios, aniñados pero no por ello ingenuos, básicamente poéticos -ya sean en prosa o en verso-, cuya lectura refleja a una actriz con pulsión creativa y con una inagotable necesidad de conocimiento. Una mujer culta, atenta a una vida que le apasionaba al mismo ritmo que le aprisionaba. “Socorro, socorro, / socorro. / Siento que la vida se me acerca / cuando lo único que quiero / es morir”, escribe en un poema cuya fecha baila entre 1956 y 1961, y cuyo primer borrador, según Donald Spoto, quizá el más conocido de sus biógrafos, ella anotó en un cuaderno de Arthur Miller. Desde su frágil pedestal, la gran diosa pedía auxilio. Pero nadie quería escucharlo: ni sus hombres, ni sus admiradores, ni muchísimo menos los estudios de Hollywood, donde Marilyn acabó siendo una figura incómoda, una mujer intolerablemente ingobernable cuya rebeldía se traducía en falta de profesionalidad, impuntualidad y un autodestructivo caos. Pocos de sus colegas salieron en su defensa en aquellos momentos, solo Brando (quizá porque siempre se sintió tan herido por aquel mundo como ella), Dean Martin (su compañero de reparto en Something’s got to give, que hizo lo imposible para que no la despidieran) o su adorado Clark Gable, en quien veía al padre soñado que jamás tuvo (Marilyn buscó incansablemente a ese hombre del que solo poseía la borrosa foto de un tipo de aire viril con bigotillo).

Las pastillas solo eran una forma de aplacar su enorme ansiedad y de mitigar su insomnio. Sufría cambios bruscos de humor, el alcohol era su antídoto para la tristeza, su manera de animarse, porque ella -como insiste en cada rincón de sus escritos- necesitaba la alegría que había perdido. “Yo solía reír tan fuerte y con tanta alegría”, le confesó a Richard Merymand, entonces subdirector de Life, en la que fue su última entrevista, en julio de 1962. Con una lucidez estremecedora, Norma Mailler explicó así la tragedia: “Para sobrevivir, habría tenido que ser más cínica o por lo menos estar más cerca de la realidad. En lugar de eso, era una poeta callejera intentando recitar sus versos a una multitud que le hacía jirones en la ropa”. En este mismo sentido, Miller añadió: “Hay algo sorprendente en ella: su absoluta, irremediable, a veces intolerable, incapacidad para mentir”.

Así, la poeta callejera, la mujer que se quitó la vida (y todas las investigaciones serias descartan las teorías conspirativas de un asesinato a manos de la mafia orquestado desde algún secreto despacho de la Casa Blanca) al ingerir un frasco entero de Nembutal -las pastillas que ese mismo día le acaba de reponer su psiquiatra para frenar sus días sin descanso- anunciaba ya en un poema sin fecha ni nombre que la muerte era uno de sus pensamientos consoladores: “Ay maldita sea me gustaría estar / muerta -absolutamente no existente- / ausente de aquí -de / todas partes pero cómo lo haría / Siempre hay puentes- el puente de Brooklyn / Pero me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura y el aire es tan limpio) al caminar parece / tranquilo a pesar de tantísimos / coches que van como locos por la parte de abajo. Así que / tendrá que ser algún otro puente / uno feo y sin vistas -salvo que / me gustan en especial todos los puentes- tienen / algo y además / nunca he visto un puente feo-.

“Si las personas escasamente sensibles e inteligentes tienden a hacer daño a los demás, las personas demasiado sensibles y demasiado inteligentes tienden a hacerse daño a sí mismas”, escribe Antonio Tabucchi en el prólogo del libro. Para el escritor italiano, estos textos inéditos de Marilyn revelan una personalidad “intelectual y artística” que ni los biógrafos podían sospechar. “No solo los poemas, sino también las notas breves y las páginas de sus diarios incluidas en este libro (siempre en una prosa marcadamente elíptica, hipersignificante y, por eso mismo, rayana en el lenguaje sibilino propio de la poesía) constituyen de una manera flagrante una búsqueda y una quête. La búsqueda racional de una intelectual que trata de comprender la realidad que la circunda (qué es este mundo, qué significa) y la quête de una persona que se busca a sí misma en este mundo (quién soy yo, qué sentido tengo…). La imagen que Marilyn ha dejado de sí misma esconde un alma que pocos sospechaban. De gran belleza, es un alma que la psicología barata calificaría de neurótica, como se puede calificar de neurótico a todo el que piensa demasiado, a todo el que ama demasiado, a todo el que siente demasiado”.

Todas las pertenencias de la actriz las heredó su maestro en el Actors Studio, Lee Strasberg, y ha sido su viuda, Anna Strasberg, quien las ha empezado a desempolvar desde su apartamento del mítico edificio Dakota de Nueva York. Asesorada por un grupo de coleccionistas de arte, Anna Strasberg dejó en 2007 parte del material en manos de Stanley Buchthal y Bernard Comment, que son los encargados de la edición de Fragmentos, libro excepcional que se cierra con el texto que escribió el propio Strasberg sobre su célebre alumna al conocer su muerte: “Otras personas poseían mayor belleza física, pero ella poseía una cualidad luminosa: una combinación de tristeza, resplandor y ansia”.

En sus cartas dirigidas a su psiquiatra, el doctor Ralph Greensom, en 1961, la actriz intenta explicar esa doble cara suya, triste y alegre, una duplicidad que ella conocía muy bien y que, lejos de resultar chocante, debería explicar el por qué de su profunda y todavía hoy inagotable belleza: “Sé que nunca seré feliz, pero sé que ¡puedo ser muy alegre! Acuérdese, ya le conté que Kazan me dijo que era la chica más alegre que había conocido nunca y creo que ha conocido a unas cuantas. Pero me quiso durante un año, y una vez me acunó cuando tenía una angustia muy grande. También me sugirió que me psicoanalizara y luego quiso que trabajara con su maestro, Lee Strasberg. ¿Es Milton quien escribió ‘los hombres felices nunca nacieron’? Conozco”.

En un texto confuso, junto a una lista de palabras (“problemas / nerviosismo / humanidad / disparates / errores / y mis propios pensamientos”), la actriz apunta: “(unas copas de más- de vez en cuando) / lo que tal vez quiere decir que no tuve tiempo de / comer durante el día y como socialmente el alcohol se acepta y seguramente previamente he / tenido que apresurarme- puedo sentir la necesidad de relajarme con unas copas de Jerez que / pueden hacer efecto demasiado deprisa / que quizá no habría disfrutado estando demasiado cansada y me ponen de pronto alegre y / simpática con las cosas y la gente a mi alrededor / esto claro se considera beber demasiado / y cuanto más lo pienso más me doy cuenta de que no hay respuestas la vida hay que vivirla”.

Las páginas emborronadas con una caligrafía desigual se detienen cuando la mujer más deseada del planeta escribe su propio deseo: “Tener una idea de mi misma”. Un poco más allá, esta mujer que nació como Norma Jeane Mortenson y fue bautizada como Norma Jeane Baker, hija no deseada de una madre loca cuya ausencia marcó su infeliz infancia, dice: “Nunca más una niñita sola y asustada, Recuerda que puedes estar instalada en lo más alto (no parece que así sea)”.

La obsesión por conocerse y construirse la llevó a fascinarse por hombres mayores (el jugador de béisbol Joe DiMaggio) e inteligentes (el dramaturgo Arthur Miller), en los que descargaba su miedo a no encontrarse nunca, a vagar perdida en la piel de una mujer que todos -menos ella- idolatraban. Lejos del cliché de rubia tonta que la hizo famosa en la pantalla, Marilyn era una mujer que buscaba la autoestima y que se refugiaba en la lectura de autores que podían ayudarla a encontrar las respuestas que tanto necesitaba: Walt Whitman, James Joyce, Samuel Beckett, Gustav Flaubert, Jack Kerouac, Fiodor Dostoievski, John Steinbeck… Leía novela, ensayo y, sobre todo, poesía. En su biblioteca se encontraron más de 400 volúmenes. Entre ellos, los seis de la biografía de Abraham Lincoln de Carl Sandburg y El Ulises, dos de sus libros favoritos.

Hablando de sus comienzos en Hollywood, la actriz le confesaba al periodista francés Georges Belmont que estudiaba durante sus horas libres: “Nunca me veían en los estrenos, ni en las conferencias de prensa, ni en las fiestas. Era muy sencillo: ¡estaba en la escuela! No había podido completar mi formación, de modo que asistía a clases nocturnas en la Universidad de Los Ángeles. De día me ganaba la vida haciendo papelitos en el cine. De noche asistía a clases de historia y literatura e historia de Estados Unidos. Leía mucho a los grandes”.

En 1943, Marilyn se casó con su primer marido, un obrero aspirante a policía llamado James Dougherty; tenía 16 años, y en un texto mecanografiado deja ver que su marido la ha traicionado con otra. Reflexiona sobre el matrimonio y sus fallidas expectativas. Siente cólera, humillación y, muy pronto, solo desesperación. También le preocupa que él la vea así, desencajada y llorosa: “El dolor entumecido del rechazo y de sentirse herida por la destrucción o pérdida de la imagen de algún tipo de amor idealista o verdadero”, escribe. Añora sentirse “amada, deseada, mimada”; se pregunta por qué no será todo “sencillo, corriente, normal y fácil”, aunque si fuera así, añade, “seguramente me aburriría”. “Supongo que quizá esta noche me sienta más libre y hasta a lo mejor soy capaz de mirarle a los ojos y decirle te quiero con un gesto de odio o de algo parecido. / […] anoche estaba tan quemada por el sol que solo llevaba el jersey sin sujetador -lo cual me daba una sensación de sensualidad que creí que él compartía – ahora está la cuestión de si me mintió- que nos quisiera a las dos podría aceptarlo pero no que me mintiera al decirme que soy yo la primera y principal y que si nuestra relación cambiara no dudaría en decírmelo porque, como él mismo reconoció, nunca aceptaría ser una segundona”.

Marilyn se describe entonces como una “optimista” que espera poder reírse pronto (“sin ese falso tono protector”) del patinazo. Y finaliza: “No es tan divertido conocerse demasiado o creer que se conoce uno demasiado -todo el mundo necesita un poco de amor propio para superar las caídas y dejarlas atrás”.

Pero el amor propio no se afianzó en una personalidad que se movía en perpetuo zigzag, desdibujando la posibilidad de esa sólida columna vertebral sobre la que cualquier ser humano desea asentarse en el mundo. En un poema sin fecha, la actriz insiste en una imagen recurrente, las dos direcciones y las arañas (símbolo de la construcción y destrucción que no cesa): “Vida – / soy de tus dos direcciones / De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo / casi siempre / pero fuerte como una telaraña al / Viento – existo más con la escarcha fría resplandeciente. / Pero mis rayos con abalorios son del color / que he visto en un cuadro -ah vida / te han engañado”.

Marilyn se casó con Arthur Miller el 29 de julio de 1956. Todavía flotaba la posibilidad de una reconciliación con DiMaggio (un hombre excesivamente tradicional que quería apartar a la actriz de su vocación para convertirla en una millonaria ama de casa, algo a lo que ella jamás accedió). Una serie de poemas fechados durante los meses que Miller y ella pasaron juntos en Inglaterra rodando El príncipe y la corista refleja el trauma que supuso para la actriz fisgar en los diarios íntimos del dramaturgo, en los que él duda de su amor.

Ella, implacable consigo misma, empieza a castigar su frágil autoestima: “Donde sus ojos reposan con placer -quiero / seguir allí – pero el tiempo ha modificado / el poder de esa mirada. / Ay, cómo voy a apañármelas cuando sea menos joven- / Busco la alegría pero está vestida / de dolor / cobrar ánimos como en mi juventud / dormir y descansar la pesada cabeza / en su pecho -pues mi amor todavía / duerme junto a mí”. “El dolor de su añoranza cuando mira / a otra / como una frustración desde el día / en que nació. / y yo con mi despiadado dolor / y su dolor por la añoranza – / cuando mira y ama a otra / como una frustración del día / en que nació- / tenemos que sobrellevarlo / me muevo tristemente porque no siento alegría alguna”.

¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo? Es lo que Arthur Miller escribió en Vidas rebeldes para su mujer, la película de John Huston de 1961, la última que acabaría la actriz y la última también de su admirado Gable. El diálogo en el que el viejo galán, más guapo que nunca, le dice a la chica rubia que es la mujer más triste que ha conocido nunca probablemente forma parte de los momentos más estremecedores de la historia del cine. “Pues todo el mundo piensa que soy muy alegre”, replica ella. Ante lo que el honorable Gable responde: “Eso es porque cualquier hombre se siente feliz al mirarte”.

“Anoche volví a pasar despierta toda la noche”, le escribe Marilyn a su psiquiatra. “A veces me pregunto para qué sirve el tiempo nocturno. Casi no existe para mí -todo me parece un largo y horrible día. Bueno, pero pensé que más me valía ser constructiva y me puse a leer las cartas de Sigmund Freud. Cuando abrí el libro la primera vez me encontré la foto de Freud y me eché a llorar, parecía muy deprimido (la deben haber tomado muy al final de su vida) murió decepcionado -la doctora Kris me dijo que había sufrido mucho dolor físico lo cual ya sabía yo por el libro de Jones- pero sabiéndolo sigo confiando en mi instinto porque en su amable rostro veo un hombre decepcionado”.

Hay algo revelador en la famosa última sesión de fotos de Marilyn, realizada por Bert Stern seis semanas antes de la muerte de la estrella. En la serie completa, 2.571 fotografías que se tomaron durante tres días de trabajo en el Bel-Air Hotel de Los Ángeles, casi se puede palpar (la actriz bebió bastante) el estado de nervios en el que se encontraba. En aquella sesión, quizá como nunca, dejó ver todo lo que no quería enseñar, un cuerpo y un rostro que empezaba a estar castigado, y en su abdomen, una enorme y exagerada cicatriz tras una operación de vesícula. Marilyn, la mujer que dudaba hasta de su belleza (cuando el fotógrafo se admiró ante ella, la actriz le respondió casi sin respiro: “¿De verdad cree que soy guapa?”), se quitó la ropa, y fue en ese instante, cuando le permitieron ser una mujer, cuando por fin emergió la diosa.

Stern tenía en su memoria grabada una frase que le dijo una vez otro gran mito, Diane Vreeland, la editora de Vogue, a la que una vez le pidió consejo para fotografiar “de verdad” a una mujer. Vreeland, desde su altiva elegancia e inteligencia, le respondió: “Nunca lo olvides, una mujer no es bella por su piel, sino por sus cicatrices”. Y las de Marilyn eran muchas y demasiado profundas, ocultas durante décadas bajo capas de maquillaje que ocultaban un precipicio por el que todavía hoy se escapa la identidad de este triste tiempo.

‘Fragmentos’, editado en España por Seix Barral, sale a la venta el 6 de octubre….

Textos de Marilyn Monroe

Ay maldita sea me gustaría estar

muerta -absolutamente no existente-

ausente de aquí -de

todas partes pero cómo lo haría

Siempre hay puentes -el puente de Brooklyn

Pero me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura

y el aire es tan limpio) al caminar parece

tranquilo a pesar de tantísimos

coches que van como locos por la parte de abajo. Así que

tendrá que ser algún otro puente

uno feo y sin vistas -salvo que

me gustan en especial todos los puentes -tienen

algo y además

nunca he visto un puente feo

Marilyn Monroe (sin fecha)

Socorro, socorro.

Socorro.

Siento que la vida se me acerca

cuando lo único que quiero

es morir.

Grito –

empezaste y terminaste en el aire

pero ¿qué hubo en medio?

Marilyn Monroe, 1961

¡¡¡Sola!!!

Estoy sola -siempre estoy

sola

sea como sea

Marilyn Monroe (sin fecha)

Vida –

soy de tus dos direcciones

De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo

casi siempre

pero fuerte como una telaraña al

viento -existo más con la escarcha fría resplandeciente

Pero mis rayos con abalorios son del color

que he visto en un cuadro -ah vida

te han engañado

Marilyn Monroe (sin fecha)

 

 

 

 

 

 

MARILYN MONROE

La Extinción es un concepto que sigue muy alejado a pesar de cumplirse 50 años de la desaparición de Marilyn Monroe  (1926 – 1962. )    Sus frases irreverentes como “No es cierto que no tuviera nada puesto, estaba puesta la radio”,   fué lo que dijo al ser interrogada sobre su desnudo en Playboy,  su melena oxigenada,  sus labios carmesí y sus curvas de mujer fatal no solo son recordados con nostalgia, sino que siempre han mantenido vigentes como icono erótico.   Ella alcanzó esa misma meta en tan solo 36 años.  Tras medio siglo de su fallecimiento, ninguna otra estrella ha sido capaz de brillar con tanta fuerza como para dejar una estela semejante.

En materia de moda, sus grandes aliados fueron los diseñadores de vestuario de la 20th Century Fox. Cuando conoció a William Travilla (responsable, entre otros, del vestido blanco que volvía loco a Tom Ewell en La tentación vive arriba), casi por casualidad, él ya había ganado un Oscar. Su amistad se desarrolló con los años y trabajaron juntos hasta en ocho cintas en las que los atuendos han pasado a formar parte de la memoria histórica colectiva. Orry Kelly, responsable de vestuario de Con faldas y a lo loco, consiguió con sus picantes conjuntos que la censura hiciera de las suyas en el estado de Kansas. Acto y seguido ganó el Oscar a mejor vestuario.

La personalidad de la diva se divide en dos. Está la Marilyn Monroe cuya melena plateada destacaba entre la multitud; aquella que, en 1962 le robó el protagonismo a John Fitzgerald Kennedy, presidente de Estados Unidos, el día de su cumpleaños al cantarle un Happy Birthday que hizo temblar las bases fundacionales del erotismo. Y luego la sencilla Norma Jean, lectora voraz que aspiraba a ser algo más que una mujer bella. Esta última solo se dejaba ver en los instantes más íntimos del mito y prefería las bailarinas y los abrigos de lana a la pompa y la pedrería. Su rastro se adivina en algunas fotografías, como las que George Barris le hizo el año de su muerte. Seguro que hay más. No hay época en que no aparezcan testimonios inéditos de su hegemonía estética. Medio siglo después, ningún dato parece indicar que el mito esté próximo al declive. Muy por el contrario, da la sensación de que aún queda mucho por descubrir. Y, por supuesto, subastar.

La Monroe sigue muy viva……….. a  50 años de su muerte.  Según la revista Forbeses el tercer famoso fallecido que más dinero sigue generando en Estados Unidos, por debajo solo de Michael Jackson y Elvis Presley. En total, todo aquello que Marilyn dejó atrás —su imagen, eminentemente— crea al año 27 millones de dólares.  La actriz tiene también una cuenta en la red social de Twitter, dedicada a su memoria, en la que la siguen 54.000 personas, y una página de Facebook con más de 3,3 millones de seguidores.

Marilyn no es solo una actriz que participó en una treintena de películas y murió joven, a los 36. Es un icono, y aún más que eso, dada la facilidad en la que el mundo fabrica iconos a día de hoy. Es fuente inagotable de reposiciones de filmes antiguos en filmotecas y canales de televisión. Es una estatua gigante que ha saludado a Chicago durante meses y que recientemente ha sido trasladada a Palm Springs. Es un mural gigantesco que mira, melancólico, sobre Adams Morgan, uno de los barrios más vibrantes de Washington. Es también el obsesivo objeto de una exitosa serie de televisión norteamericana, Smash, donde jóvenes actrices aspiran a interpretarla. Y es, finalmente, el propósito de numerosas exposiciones que muestran sus fotografías y sus vestidos, todas sus reliquias.

Marilyn Monroe, actriz insatisfecha por la fama, amiga de presidentes, esposa de estrellas del deporte y dramaturgos, tiene incluso su propio fichero, ya algo polvoriento, en uno de los cuartos del FBI. La mayoría de sus páginas están al alcance de cualquiera, en Internet. Son 97 páginas. Un informe sobre cómo la actriz pidió un visado para la URSS en 1955. Un encuentro con miembros del Grupo Comunista Americano en México en 1962. Detalles minuciosos de sus encuentros con el presidente John F. Kennedy, como una cena en Nueva York en la que le “hizo una serie de preguntas socialmente significativas sobre la moralidad de las pruebas atómicas”. Puro macartismo.

Hay algo que falta, sin embargo, en ese archivo tan minucioso, seguramente revisado por el jefe del FBI, Edgar J. Hoover, personal y compulsivamente. Son otros documentos, informes, de muchos otros días de vida de Marilyn, incluidas aquellas lúgubres jornadas de agosto de 1962 previas a su muerte, desaparecidas de los legajos de anodinos informes de los agentes del FBI.

La agencia Associated Press pidió al Gobierno de EE UU, a través de la Ley de Libertad Informativa, que revelara esos reportes para este 50 aniversario de su muerte. La respuesta del FBI y de los Archivos Nacionales de EE UU: “No podemos encontrar los archivos”. Perdidos, parece, sin más explicación. El Gobierno ha abierto una investigación.

Ya hubo dos investigaciones tras la muerte de Marilyn. La primigenia la condujo la fiscalía pertinente tras su muerte. Probable suicidio. La segunda, abierta en 1982, la dirigió el Fiscal de Distrito de Los Ángeles, dadas las persistentes dudas sobre las condiciones de su fallecimiento. En 1973, de hecho, su amigo Norman Mailer había publicado una enjundiosa biografía en la que sugería que Marilyn no se habían suicidado, sino que la habían asesinado, una tapadera. ¿Había muerto realmente por una sobredosis de hidrato de cloral y pentobarbital? ¿A quién había llamado antes de fallecer? Ninguna de las dos investigaciones ofreció resultados convincentes, más allá de la conclusión original de que se trató de una muerte autoinflingida.

Seguidores suyos, jóvenes y ancianos, depositarán flores frente a su tumba, un pequeño nicho en el cementerio Westwood Memorial Park de Los Ángeles, donde también descansan Natalie Wood, Jack Lemon, Walter Matthau, Eva Gabor y Truman Capote, viejos recuerdos de un Hollywood en blanco y negro o en tecnicolor. Una reproducción de la célebre portada de Playboy en la que apareció Marilyn, entonces joven y pelirroja, firmada por Hugh Hefner, presidirá el servicio y será subastada, a beneficio de asociaciones de ayuda a huérfanos y niños maltratados.

Los versos que el cineasta Pier Paolo Pasolini escribió al conocer la muerte de Marilyn Monroe cuelgan de una de las salas del Museo Ferragamo de Florencia. El palacio del maestro del calzado, que vistió los pies de la actriz sus últimos años, homenajea a la diva en el 50º aniversario de su muerte con una exposición que, a través de los zapatos, ancla a Marilyn a la tierra en su forma de Norma Jean para, al mismo tiempo, dejarla flotar entre elglamour de sus vestidos y películas, y la unión entre el arte y las fotografías que medio siglo después siguen parapetadas en la retina universal.

“Cuando se piensa en ella, la primera imagen que aparece es la de una diosa griega”, dice Stefania Ricci, comisaria de la exposición Marilyn y directora del Museo Salvatore Ferragamo desde 1995. “Necesitábamos un nexo entre la moda y el mito, repasar las diferentes etapas de su vida y al mismo tiempo relacionarlo con el arte”, explica. El primero en encontrar esta conexión fue el fotógrafo húngaro-francés André de Dienes en 1945. Sus anotaciones nerviosas antes de una sesión con la actriz inspiran una muestra que desgrana un modelo de belleza que, como escribió Truman Capote, “a veces podía ser etéreo y otras la camarera de un café cualquiera”.

De Dienes, autor de las primeras imágenes de la actriz cuando era una adolescente y su melena se enredaba por el viento del mar, tuvo la idea de unir en Marilyn categorías que el arte de unos años convulsos de capitalismo y guerra había recuperado tras un tiempo de abismo. Aquella mañana, Marilyn Monroe no estaba de humor y su proyecto de convertirla en la figura renacentista de la Leda de Leroux quedó reducido a un atisbo publicitario, con cierto aire clásico por la inclinación de la cadera de ambos mitos.

Tiempo después, por tributo o mero ejercicio del inconsciente, Marilyn se convirtió en la Venus de Botticelli en una imagen de George Barris de 1962. Ataviada solo con un grueso jersey de punto, se anuda la prenda en una pose que el Museo Ferragamo superpone en un vídeo. La imagen materializa el prototipo de feminidad que Marilyn se construyó molecularmente y que manejó a su antojo pese a la tristeza, el cansancio y la desazón que expresaba en sus diarios y poemas. Porque su cuerpo fue su éxito, pero también su trampa.

La actriz se encuentra con los clásicos cara a cara en una muestra que enfrenta a la mujer que fotografió Bert Stern entre sábanas con la ninfa dormida de Antonio Canova, la que se insinúa en la película Something’s got to give con reproducciones de la Venus de Milo, la que ríe hasta la mueca o se descompone en intensidad tras el objetivo de Cecil Beaton, a imagen de las esculturas de Miguel Ángel o las pinturas de Jean-Baptista Greuze. Estas leyendas de formas voluminosas envolvieron un estilo incapaz de perpetuarse, pese al empeño de la reencarnación.

Marilyn es ese cruce de carreteras, una con destino al Olimpo, la otra hacia un lugar cualquiera. La primera acaba en el purgatorio creado en el museo: un espacio blanco, con una cama deshecha y ella en una imagen de purpurina y perlas de Bert Stern. Pero antes del impacto, la bifurcación toma un atajo y Ferragamo cotidianiza el mito con sacudidas de realidad en zapatos de seda y piel desgastada.

Clienta y maestro nunca llegaron a conocerse. Ella encargaba a Ava Gardner y a la esposa de Milton Green grandes pedidos –“a veces, de más de 25 zapatos”, recuerda Ricci–. Ferragamo llegó a sus pies cuando se trasladó a Nueva York y dejó de llevar dentro y fuera de escena el vestuario de Hollywood. Agarrada del brazo de Arthur Miller, siguió construyendo ese caminar coqueto y sexy, pero con un estilo más depurado. Cambió las plumas por los colores neutros, los pantalonescapri y los jerséis. Y aunque se empeñó en disimular una talla corta con unos salones clásicos de 15 centímetros, bajó a la acera del Actor’s Studio de Nueva York con unas bailarinas del diseñador.

Todos estos zapatos fueron adquiridos por el Museo Ferragamo en la subasta de objetos de Marilyn Monroe de Christie’s en 1999. En urnas, como piezas de arte, se rodean de más vestidos de fiesta en torno a una gran pantalla de cine que dispara las mejores escenas de la filmografía de la actriz.

“En la actualidad es complicado encontrar un prototipo de mujer en el arte y la moda que se parezca a Marilyn”, confiesa Stefania Ricci. “El cuadro de Andy Warhol puede que sea el símbolo de la interpretación de Marilyn en el arte contemporáneo”. La pintura de 1978 que multiplica a la actriz por cuatro se reta con un retrato de Jackie Kennedy también del artista pop con una banda sonora irónica hasta el paroxismo: la repetición en bucle de Happy birthday mister president. Alrededor, una selección en blanco y negro de algunos de los 50 vestidos que el museo ha conseguido de coleccionistas privados. El negativo resultante sobrecoge como una Cleopatra desgarrada, una pieza de María Callas o un poema de Sylvia Plath.

“Me he dado cuenta de que después de luchar para ser actriz tengo que empezar a hacer el mismo esfuerzo para ser yo misma y ser capaz de usar mi talento”, escribió Monroe.  El final de este recorrido brilla para pasar el trago. Suena a espectáculo de revista. Huele a perfume en tarro pequeño. Se encierra entre capas de maquillaje para que el recuerdo de una época ufana e implacable no diluya la esperanza.

Kennedy y Marilyn

Ella, una adicta a las pastillas algo desaseada y él un hombre sin moral que se ‘acostó‘ con medio Hollywood.   François Forestier así retrata la relación entre el presidente y la ‘sex symbol’

Diciembre de 1962. John Fitzgerald Kennedy se toma el domingo libre y acude a casa de su cuñado, Peter Lawford, que, además de cuñado y actor, es su celestino, el que le procura todas sus amantes. Allí le espera Marilyn.

JFK tiene problemas de espalda, lleva un corsé, pero se lo quita para entrar en la bañera de agua caliente junto a su amada. Marilyn monta sobre The Prez, que así es como llama en la intimidad al presidente de los Estados Unidos de América. Al cabo de un rato, Peter Lawford entreabre la puerta y toma unas fotos con su cámara Polaroid. El presidente sonríe, Marilyn hace muecas. Mientras los dos amantes intercambian confidencias en la habitación, los hombres de Hoover, el todopoderoso jefe del FBI, escuchan las conversaciones con sus auriculares mientras comen pizza. Hay micrófonos instalados por todas partes.

Éste es uno de los múltiples encuentros secretos que el periodista francés François Forestier narra enMarilyn y JFK (Aguilar), obra que recrea la relación entre la gran sex symbol del siglo XX y el mítico presidente. “Es un libro que cuenta una historia”, dice por teléfono desde París el periodista del semanario Le Nouvel Observateur, “no es una obra periodística, ni un libro de historia”. Eso sí, asegura que no hay una sola línea de ficción. Que todo lo que cuenta está respaldado por documentos desclasificados del FBI y la CIA, por la abundante bibliografía relacionada con el tema, por archivos que están a disposición de cualquiera que quiera verlos y por las entrevistas con testigos directos que él ha realizado a lo largo de años. El periodista francés, especializado en cine, cuenta que la historia de esa Polaroid de Peter Lawford se conoció gracias al vecino de J. Edgar Hoover. El todopoderoso jefe del FBI guardaba en su casa documentos comprometedores de algunos de los espiados por su red de informadores. Entre otros, la foto de Kennedy y Marilyn en la bañera. Al morir Hoover, su vecino la encontró en la basura. Allí estaba la prueba de aquel encuentro. “Esas fotos existen. Circulan”, dice Forestier.

Son pocas las imágenes que se conocen de la pareja, que, según Forestier, mantuvo una relación intermitente a lo largo de años. Los servicios secretos y los propios Kennedy se encargaron de borrar las pistas de esa relación. “Lo eliminaron todo para mantener el mito viviente, los Kennedy eran intocables”, sostiene Forestier. La imagen que acompaña a este reportaje es una de las pocas que se conocen. Es el resto de un carrete que fue eliminado. En la instantánea aparecen John y Bobby Kennedy, con quien también se enrolló Monroe, según cuenta el libro. Fue tomada en casa de Arthur Krim, tesorero del Partido Demócrata, pocas horas después de la más lasciva demostración en público de su relación, el irrepetible Happy birthday, Mr. President.

Forestier habló con algunos de los que estuvieron entre bastidores aquella mítica noche en el Madison Square Garden, la de la celebración del 45 cumpleaños del presidente. Cuenta que a Marilyn se le rompió el vestido y que los allí presentes apreciaron que no llevaba ropa interior. Le habían remendado el vestido -de 12.000 dólares- en el camerino, pero éste no tardó en resquebrajarse mientras Marilyn cantaba a su Mr. President.

Conseguir que la estrella subiese al escenario aquella noche fue costoso. Tuvo que secuestrarla Peter Lawford del rodaje de Something’s got to give –la película que no llegó a terminar- presentándose con un helicóptero. La llamada de Bobby Kennedy al jefazo de la Fox, Milton S. Gould, pidiendo que dejara escapar a la actriz “por una cuestión de Estado” no fue suficiente. Y JFK tenía claro que esa noche Marilyn era su regalo de cumpleaños.

Jacqueline Kennedy, la primera dama, harta ya de la historia de Marilyn, y sin ninguna gana de ser humillada ante 15.000 espectadores, se largó a pasar la noche de cumpleaños de su marido a Glen Ora, la residencia de fin de semana. A montar a caballo.

Marilyn y JFK cuenta una historia de espías. Porque si algo había en casa de Marilyn -y en los lugares que más frecuentaba- era micrófonos ocultos. Si alguna vida fue escudriñada, ésa fue la de la protagonista de la inolvidable Con faldas y a lo loco. El FBI, la CIA, la Mafia; el jefe del sindicato de transportes, James Hoffa; su marido celoso, DiMaggio. Amigos y enemigos de Kennedy la espiaban. Y el carismático presidente tenía muchos enemigos. Tal como cuenta Forestier, llegó al poder aupado por su padre, Joe Kennedy, que prometió favores a la Cosa Nostra cuando su hijo llegara a presidente. La Cosa Nostra comprobaría poco más tarde cómo el hermano pequeño, Bobby, cimentaba su carrera a base de hostigar a los mafiosos. Se sintió engañada. Empezó a trabajar.

El libro de Forestier hace un retrato absolutamente desmitificador de sus dos protagonistas. Marilyn es presentada como una mujer desequilibrada y drogadicta que no cuida nada su higiene personal y, además, es frígida. Kennedy, como un tipo sin ninguna moral, un niño pijo acostumbrado a que nadie le diga nunca que no, un egoísta recalcitrante que desprecia los sentimientos ajenos. Se acuesta con medio Hollywood, cuenta el libro. Y sufre eyaculación precoz. Angie Dickinson, una de sus múltiples amantes, recuerda su intercambio de fluidos con JFK como veinte inolvidables segundos.

La noticia del aborto de Jackie Kennedy ante la que John ni se despeina, prosiguiendo sus vacaciones en barco con un cargamento de chicas; el pago de 75.000 dólares a la revista Time por parte de Joe Kennedy, el patriarca de la familia, para lanzar la carrera de su hijo hacia la presidencia; el consumo de LSD por parte de Kennedy poco antes de la invasión de Bahía de Cochinos; la violación que Marilyn sufre, borracha y abotargada de pastillas, por parte del mafioso Mooney Giancana. El libro recorre sin cortapisas los episodios más escabrosos de la biografía de ambos mitos. “Soy partidario del espíritu de James Ellroy”, explica Forestier, “hay que mirar detrás de los mitos. Hollywood es un mundo corrupto, sin moral. La política, también. Con Marilyn y JFK, estos dos mundos sucios se encuentran”.

Forestier asegura que su libro no incluye grandes revelaciones. Que prácticamente todo lo que narra ya había sido contado, a trocitos, en los múltiples libros que han abordado de forma tangencial el tema. Faltaba que alguien articulara el gran relato, dice. “Nadie ha contado esta historia”, sostiene sin asomo de dudas. Atribuye esta circunstancia al pacto de silencio que durante años suscribieron los medios, que tuvieron material publicable entre sus manos, pero renunciaron a hacerlo. Y a la eliminación de grabaciones, fotos y documentos a la que los propios Kennedy contribuyeron. Así fue en una primera etapa. Pasados los años, dice, todo el mundo dio por hecho que su historia ya estaba contada.

François Forestier escribe críticas e informaciones de cine para el semanario Le Nouvel Observateur. A sus 62 años, es un hombre fascinado por el Hollywood clásico. “No por el de Scarlett Johansson”, matiza. Se ha tirado media vida entrevistando a los grandes del cine. Muchos de ellos, como John Huston, le fueron contando historias de Marilyn que empezaron a germinar en su cabeza. Autor de autobiografías de Howard Hugues, Aristóteles Onassis y Martin Luther King, además de novelista, declara su fascinación por esta historia entre dos niños egocéntricos, entre una mujer, tal y como la describe, vacía y un hombre sin moral. “Kennedy era un niño rico, con la arrogancia del niño rico que piensa que no le puede pasar nada. Pensaba que aunque se descubrieran las partes más oscuras de su biografía, nunca pasaría nada”.

Marilyn conoció a Kennedy en 1954, en una fiesta en casa del productor Charlie Feldman. Una fiesta a la que acudió con su marido Joe DiMaggio, en la que bailó acaramelada con su admirado Clark Gable y en la que deslizó un papel con su número de teléfono en la chaqueta del entonces joven senador norteamericano.

Durante ocho años se sucedieron los encuentros entre ambos. El 24 de mayo de 1962, Monroe recibe la llamada del celestino Peter Lawford.

-Se acabó, Marilyn. No debes intentar ponerte en contacto de nuevo con el presidente. No debes volver a verlo, ni llamarlo por teléfono.

Ante las lágrimas de la estrella, Lawford zanja la cuestión.

-Marilyn, sólo has sido un polvo para Jack.

Extracto de Marilyn y JFK. de François Forestier (Editorial Aguilar)

Marilyn baila. En su casa, con una música latina, pone en práctica las lecciones de su coreógrafo Jack Cole durante el rodaje de El multimillonario. Estuvo ensayando durante semanas las ondulaciones, los movimientos de hombros, de caderas que tenía que ejecutar para Yves Montand y que le salen con naturalidad. Ante su amiga Jeanne Carmen, una actriz de décima categoría, Marilyn parece estar de fiesta. Se sube a los sillones, empieza una danza del vientre y canturrea al compás:

-First lady! First lady! [¡Primera dama! ¡Primera dama!].

Hay algo patético y conmovedor en esta rumba solitaria, en esta alegría fabricada. ¿Piensa Marilyn en realidad que va a ocupar el lugar de Jackie Kennedy? Jeanne Carmen es testigo de esta ilusión: Marilyn tiene cada vez menos contacto con la realidad. Vive en un mundo de fantasía, de sueño. Tiene una vaga conciencia de la imposibilidad de sus esperanzas, pero también conoce la fuerza del deseo que despierta. Para ella no hay nada imposible. Nada. ¡Es Marilyn!

Confusamente, es consciente de que va cuesta abajo. El punto álgido de su carrera ha pasado, tiene 35 años. Sólo le queda esperar a los 40, la edad fatal en aquellos años para una actriz. Son pocas las que superan este límite, salvo para encontrar papeles de malvada, mujer engañada, arpía, seductora de gigolós. Marilyn no quiere ser Bette Davis.

Quiere ser first lady, eso es todo. Desfilar junto al presidente. Agitar los brazos ante filas de cadetes uniformados. Entrar en la Casa Blanca ante los soldados en posición de firmes.

El problema es que Kennedy empieza a ser consciente de los rumores que corren: Marilyn es incontrolable, borderline, esquizofrénica, según Greenson -su psiquiatra-. Por ahora, su compañía es agradable, pero ¿quién sabe? Cuando llegue el momento habrá que actuar con tacto para anunciar la separación. Marilyn tiene tendencia a llamar por teléfono con demasiada frecuencia, como si fuera algo evidente. Envía poemas de amor a la Casa Blanca, incluso un día llegó a hablar con Jackie por teléfono. Se disculpó y colgó. Jackie, que reconoció su voz, sus balbuceos pueriles, está furiosa. Lo hace saber. Su marido comprende: Marilyn trata de colocarse en el papel que más le gusta, el de víctima infantil. Bajo esta máscara, JFK lo sabe bien, puede haber una mujer dura y odiosa. JFK no está acostumbrado a estas cosas. Cuando abandona a una chica, simplemente deja de verla. Se vuelve transparente para él. En el caso de Miss Monroe es difícil.

Marilyn baila y alrededor hay quince frascos de pastillas desparramados por la moqueta.

Está previsto que el rodaje de Something’s got to give comience el 9 de abril. Todo va mal: George Cukor, el director, aterrorizado por tener que trabajar una vez más con Marilyn, se hace el sueco. Conoce los problemas que le esperan y odia el desorden que crea Marilyn, las dificultades que plantea, la falta de respeto que manifiesta hacia todo el equipo. Quiere tener un guión más o menos coherente y pide algunos retoques. La Fox, por su parte, está totalmente colapsada por el desastre de Cleopatra. Los decorados se vienen abajo, los escándalos se suceden, Liz Taylor está enamorada, Liz Taylor abandona a su marido Eddie Fisher… En Los Ángeles circulan los rumores, los equipos que vuelven de Roma hablan. Marilyn no se pierde un rumor. JFK tampoco, pues le encantan los chismes. (…)

La 20th Century Fox exige la presencia de Marilyn. El tono sube. Los productores están rabiosos. La fecha del rodaje se vuelve a retrasar. El actor principal, Dean Martin, trata de tomárselo con paciencia. Cyd Charisse, la actriz sublime de La bella de Moscú, que tiene el segundo papel, hace pruebas de vestuario. Marilyn interviene: su rival no puede estar más sexyque ella. Tendrá que usar ropa muy seria. ¿Deseará realmente Marilyn hacer esta película?

De momento, se larga.

Primero, Florida, donde Joe DiMaggio sigue el entrenamiento de su equipo favorito, los New York Yankees. Luego visita a Isadore Miller, el padre de Arthur, un anciano con quien ha establecido vínculos afectivos.

El 6 de febrero, Marilyn llega a Miami y se dirige al Fontainebleau Hotel, elpalace favorito de los políticos, de los actores y de los gánsteres. Allí, en unasuite del último piso, con vistas al mar, la espera The Prez.

Cae en sus brazos.

En su cabeza resuena “First lady! First lady!” con ritmo de rumba.

 

 

Marilyn, la musa pop de Warhol a Banksy

La actriz no solo cautivó a las cámaras, también a las artes plásticas que se embriagan de su esencia.

‘Marilyn’, de Andy Warhol

Marilyn Monroe enamoró a todo objetivo con el que se cruzó en su camino. El cine y la fotografía adoraban a la angelical rubia, pero no fueron los únicos medios artísticos que se valieron, se valen y, muy probablemente se valdrán de su imagen como fuente de fascinación estética  y motivo de introspección cultural y social.

                                                                                               La obra que la actriz realizó para John Fitzgerald Kennedy en 1962

Desde los icónicos grabados que Andy Warhol realizó en los años sesenta hasta las satíricas obras contemporáneas de Ron English, las recreaciones que se han realizado con la imagen de la actriz como inspiración en las artes plásticas son innumerables. Y muchas plantean la cuestión  y ponen de relevancia el mayor papel que Marilyn jamás representó: el de icono pop en la era del consumismo y la mitificación de los rostros públicos.

La propia diva, además de musa del arte fue ella misma artista. En 1962 pintó un cuadro para el presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy que, a pesar de que nunca llegó a manos de su destinatario, se vendió en subasta en 2005 por casi 55.000 euros. Un deslumbramiento casi patológico reviste la esencia de la personalidad y la materialidad de una intérprete cuya influencia pervive mucho más allá del cine. Y del propio arte.

 

 

 

 

Intimidades de Tony Curtis y Marilyn Monroe

En “Príncipe americano”,   el libro de memorias de Tony Curtis detalla su idilio con la estrella antes de que ambos alcanzasen la fama.

Tony Curtis ya no es esa belleza masculina que hacía suspirar en los años cincuenta a las mujeres. Pero sin duda, aún es consciente de lo guapo que fue antaño, hasta el punto de haber titulado sus memorias,American Prince (Príncipe Americano).

El libro, que sale a la venta el martes en Estados Unidos, es un repaso a la vida tumultuosa de este soberbio actor de 83 años que pese a estar postrado en una silla de ruedas, aún asegura tener energía para practicar sexo con su sexta esposa, Jill, 42 años más joven que él.

Viendo su largo currículo de bodas es fácil deducir su debilidad hacia las mujeres pero, según afirma en el libro, sólo dos han sido insuperables en la cama: su actual esposa y Marilyn Monroe, junto a la que interpretó una de las grandes comedias de la era dorada de Hollywood, Con faldas y a lo loco.

“Nos atraíamos de verdad aunque yo no estaba listo para una relación seria”

Así que, por si no fuera suficiente toda la mitología ya existente en torno a la actriz, Tony Curtis le añade con este libro un capítulo más a la larga colección de hombres en los que Marilyn dejó huella. Sin embargo, el idilio entre ambos no se produjo durante el rodaje de aquella celebrada película sino muchos años antes, cuando ambos trataban de abrirse camino en Hollywood a finales de los años cuarenta.

Tony Curtis la vio caminar por los estudios Universal “con una blusa transparente y una voluptuosidad que cortaba el aliento” y le ofreció un pasaje en su coche hacia Los Ángeles. Aún no era rubia sino pelirroja y todavía hablaba “de forma normal, sencilla, directa”, aún no había aprendido a expresarse con “esa afectación sexy que se convertiría en su sello de fábrica”. Ella tenía 22 años; él, 23. “Mientras hablábamos en el coche tuve una fuerte sensación de, bueno, ‘calor’. Tenía una aura increíble de calidez, amabilidad, generosidad y sexualidad. Nunca había sentido algo así”, relata Curtis.

El libro, escrito sin demasiadas ambiciones literarias, explica con todo detalle esos primeros encuentros que llevan a la pareja a acabar en la cama y a empezar una relación básicamente sexual pero no exclusiva ya que ambos tenían otros ligues al mismo tiempo. “Fue la primera mujer de la que me sentí realmente cerca. Nos atraíamos de verdad aunque yo no estaba listo para una relación seria y ella tampoco. Ninguno de los dos estaba dispuesto -o era capaz- de llevar la relación a la siguiente fase”. Por eso fue languideciendo de forma natural y después de meses de escarceos, ambos dejaron de verse.

Diez años después, Billy Wilder volvería a unirles en Con faldas y a lo loco, un rodaje del que Tony Curtis también cuenta detalles jugosos puesto que Marilyn ya se había transformado en una estrella problemática. Filmar aquella película fue una tarea ardua que casi acaba con su director. Sin embargo, Curtis tiene buenos recuerdos de aquel rodaje, incluido un beso real con Marilyn que le excitó sexualmente y del que no ahorra en detalles. Ya se sabe, el sexo vende.

(Agradecimiento especial a EL PAIS)
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