Islamismo (árabe: الإسلامية  al-ʾislāmiyyah; o también en árabe: إسلام سياسي ʾIslām siyāsī ; lit., “islam político”) es un conjunto heterogéneo de movimientos políticos cuya ideología y programa político consiste esencialmente en la adaptación de la VIda Política a los mandatos religiosos del Islam.

El Espéctro Político de estos movimientos es muy amplio y abarca posiciones desde Partidos Políticos Islámicos  que mantienen principios demócratas y moderados, hasta postulados extremos y radicales de naturaleza Salafista, clasificados como Yihadistas.

Según el Diccionario de la Real Lengua de a Academia Española (Edición 2001) dice   «ISLAMISMO»  es sinónimo de islam.

 

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DIARIO

LA MALDICIÓN DE LOS DEMÓCRATAS EN ORIENTE MEDIO

 

Dictadura o islamismo, ¿únicas opciones para el mundo musulmán?

Dictadura o islamismo, ¿únicas opciones para el mundo musulmán?

Opositores del presidente egipcio Mohamed Mursi sostienen una pancarta durante una manifestación en la plaza Tahrir. (EFE)
Daniel Iriarte. Estambul04/07/2013  (06:00)
Hace dos años, el desplome de la dictadura de Hosni Mubarak -quien, a su llegada al poder, tenía rango de mariscal de la Fuerza Aérea egipcia- dejó un espacio político que no tardaron en llenar los Hermanos Musulmanes. Ahora, la caída del presidente islamista Mohamed Mursi ha sido forzada… en un golpe de Estado.

¿Son acaso estas dos opciones, los regímenes fuertes y dictaduras o los gobiernos islamistas, las dos únicas alternativas para las sociedades de Oriente Medio? Desde la revolución iraní de 1979, el patrón se repite con regularidad en la región, como han mostrado los casos de ArgeliaEgipto y Túnez o la evolución de la oposición en los conflictos deSiria o Libia. En algún caso, como en el golpe de Estado de Sudán de 1989, los promotores de la asonada militar han sido los propios islamistas. En Palestina, el debilitamiento de una OLP cada vez más corrupta y autoritaria se ha traducido en el reforzamiento de Hamás.

Las fuerzas políticas tradicionales, como los comunistas o los nacionalistas árabes, baazistas o nasseristas, agonizan sin remedio y sin que hayan surgido nuevos movimientos de masas que recojan el testigo. En sus primeros compases, la Primavera Árabe difundió la sensación de que podría cambiar esta tesitura: iniciativas de la sociedad civil como la plataforma egipcia Kifaya! (“¡Ya basta!”), las organizaciones obreras del Delta del Nilo o la región tunecina de Gafsa cobraron un protagonismo sin precedentes. Sin embargo, una vez se convocaron elecciones en estos países, los ganadores indiscutibles fueron los partidos islamistas.

Numerosas razones lo explican: la debilidad y fragmentación de las fuerzas democráticas ola muy superior capacidad organizativa de las organizaciones islamistas, acostumbradas al trabajo asistencialista. Pero también una mala lectura de la situación. “La narrativa dominante sobre la Primavera Árabe se basó más en deseos que en la realidad, y las protestas de Tahrir fueron sistemáticamente malinterpretadas”, explica a El ConfidencialJohn R. Bradley, autor de Tras la Primavera Árabe: cómo los islamistas secuestraron las revueltas de Oriente Medio.

Durante un siglo Alejandría fue un vibrante puerto cosmopolita y abierto, casi europeo en su atmósfera de tolerancia indolente. Pero a principios de los 80, los islamistas lo convirtieron en su base y, desde entonces, la libertad ha estado en retirada. Hoy no se parece a nada salvo a una Arabia Saudí totalitaria“La revuelta de El Cairo fue promovida más por la economía que por la política. Los egipcios se hartaron de la caída de los estándares de vida, de la pobreza generalizada y el desempleo masivo causados por el Gobierno de Mubarak. A la mayoría de la población le interesaban poco cuestiones como la democracia, la libertad o la libre expresión”, asegura Bradley.

Los islamistas juegan a largo plazo

Para este escritor, los activistas prodemocracia en Egipto y otros países son “una minoría diminuta”, mientras que “los islamistas juegan a largo plazo”. Y quien quiera saber cuál es su proyecto, sugiere Bradley, tan sólo tiene que echar un vistazo a la ciudad de Alejandría. “Durante un siglo fue un vibrante puerto cosmopolita y abierto, casi europeo en su atmósfera de tolerancia indolente. Pero a principios de los 80, los islamistas lo convirtieron en su base y, desde entonces, la libertad ha estado en retirada. Hoy, Alejandría no se parece a nada salvo a una Arabia Saudí totalitaria”, afirma.

“Lo que estamos contemplando en Egipto es especialmente relevante, porque era la primera vez que los Hermanos Musulmanes se imponían en unas elecciones democráticas y tenían la oportunidad de gobernar, algo que, por ejemplo, no se le permitió a Hamás en Palestina. Por lo tanto, era la primera vez que podíamos comprobar si, realmente, ‘el Islam es la solución’, tal y como afirmaba su lema”, explica a El ConfidencialIgnacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante.

Vista la magnitud de las protestas de los últimos días contra Mursi, muchos egipcios parecen creer que ha fracasado. “Los Hermanos Musulmanes se han encontrado con una situación especialmente delicada en el terreno económico. En estos dos últimos años la inflación supera el 11%, la deuda externa alcanza ya el 85% del PIB y las reservas de divisas han disminuido de manera notable, lo cual quiere decir que Egipto tiene incluso dificultades para seguir subsidiando los productos básicos como el pan, la electricidad, el gasoil, etcétera”, indica Álvarez-Ossorio. “La situación económica es, por lo tanto, verdaderamente dramática y podría agravar la crisis política que padece el país”, dice, aunque matiza, “en mi opinión, las fuerzas seculares tendrían las mismas dificultades para enderezar la situación económica”.

“Ciertos sectores de la sociedad egipcia consideran que nada ha cambiado y que un autoritarismo ha sido reemplazado por otro. Por lo tanto, exigen volver a la casilla de salida: iniciar un nuevo proceso constituyente con elecciones legislativas, presidenciales y la elaboración de una nueva Constitución que garantice las libertades fundamentales. En ningún momento consideran que los militares deberían recuperar el protagonismo”, asegura este experto.

¿Existe una alternativa viable y realista? “Pienso que sí. Las fuerzas políticas democráticas no islamistas tienen que unirse por una iniciativa común. Sin unidad opositora firme, no hay mucho que hacer. Pero falta un líder carismático y popular”, señala la arabista Eva Chaves, profesora de la Universidad de Belén, en Cisjordania.

Egipto marcará el camino

Que se haya visto el funcionamiento real, mediocre y corrupto de los Hermanos Musulmanes es el gran logro de esta segunda o tercera fase de la revolución. No han pasado la prueba, y el desencanto hacia el islamismo político es positivo“Creo que la oposición ha tomado buena nota de los errores que cometió en el pasado”, afirma también Álvarez-Ossorio, que menciona la creación del Frente de Salvación Nacional, que agrupa a las principales fuerzas opositoras, como prueba de la “voluntad de unificar fuerzas y concurrir en una sola plataforma a la próxima cita electoral. De esta manera se evitará la atomización que tuvo lugar en las elecciones de 2011 y 2012. Sería recomendable que, cuanto antes, la oposición elija a un candidato presidencial capaz de plantar cara a los islamistas y que, además, hable con una sola voz”, indica.

Lo que ocurra en Egipto, además, probablemente condicionará al resto de la zona. “Históricamente, los sucesos en Egipto siempre han sido claves y han repercutido en los demás países árabes”, dice Chaves. “No me atrevería a decir que sellará el destino de la región, teniendo en cuenta cómo están en Siria, Libia, Baréin… Pero el giro es importante para minar la fiebre pro-Hermanos Musulmanes que ha habido durante muchos años, aún en épocas de dictadura”, asegura Chávez. “Que se haya visto el funcionamiento real, mediocre y corrupto de los Hermanos Musulmanes es el gran logro de esta segunda o tercera fase de la revolución. No han pasado la prueba, y el desencanto hacia el islamismo político es positivo para que en un futuro la religión no siga inmiscuyéndose en la política”, concluye.

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