By Cristina Barcelona

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El ictus es un trastorno brusco de la circulación cerebral, que altera la función de una determinada región del cerebro.  Y aunque es más común el que se presente en personas mayores, puede producirse en personas jóvenes y en estos casos son como consecuencia final de la confluencia de una serie de circunstancias personales, ambientales, sociales, denominados factores de riesgo.  

 

El ictus, puede producirse tanto por una disminución importante del flujo sanguíneo que recibe una parte de nuestro cerebro como por la hemorragia originada por la rotura de un vaso cerebral.  En el primer caso ictus isquémicos -los más frecuentes- (hasta el 85% del total) y su consecuencia final es el infarto cerebral: situación irreversible que lleva a la muerte a las células cerebrales afectadas por la falta de aporte de oxígeno y nutrientes transportados por la sangre. En el segundo caso ictus hemorrágicos; son menos frecuentes, pero su mortalidad es mayor. Como contrapartida, los supervivientes de un ictus hemorrágico suelen presentar, a medio plazo, secuelas menos graves.
En relación a esto los médicos distinguen varios tipos principales de ictus:

  • Ictus trombótico, aterotrombótico o trombosis cerebral.
  • Ictus embólico o embolia cerebral.
  • Ictus hemodinámico.
  • Hemorragia intracerebral.
  • Hemorragia subaracnoidea.

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Aunque por su forma de presentación –súbita e inesperada– pudiera parecer que el ictus es una catástrofe imprevisible, en realidad –en la mayoría de los casos– no es así.  El ictus es el resultado final de la acumulación de una serie de hábitos de estilo de vida y circunstancias personales poco saludables (factores de riesgo). Los vasos sanguíneos son el blanco de estas agresiones y, tras años de sufrir un daño continuado, expresan su queja final y rotunda: el ictus.
En la actualidad están bien identificados los más importantes factores de riesgo para el ictus. Algunos de ellos, por su naturaleza, no pueden modificarse., es en el caso de la edad (el riesgo crece a partir de los 60 años) y el sexo (en general, hasta edades avanzadas, se da más entre los hombres, aunque la mortalidad es mayor en estas últimas).

Hoy día sabemos que  podemos actuar sustancialmente sobre los factores de riesgo más importantes y, con ello, reducir de forma significativa el número total de personas que sufrirán un ictus cada año, y el mejor tratamiento del que disponemos para las enfermedades cerebrovasculares es una adecuada prevención y ésta comienza por la modificación de los principales factores de riesgo «tratables».

 

En los últimos 25 años, se ha reducido paulatinamente el número de ictus y hasta el 50% su mortalidad. Una buena parte de este éxito se debe al creciente control de su factor de riesgo más importante:  la hipertensión arterial, por lo que es recomendable que los mayores de 50 años deben tomarse la tensión arterial al menos una vez al mes, ya que hay que tener presente que el riesgo de sufrir un ictus se incrementa tanto si está elevada la tensión arterial sistólica (máxima) como la diastólica (mínima), o ambas. Cifras superiores a 140/80 deben ser vigiladas por su médico.
Los pacientes con enfermedades cardíacas y, sobre todo por su frecuencia, las que tienen su origen en la arteriosclerosis de las arterias coronarias –la «angina de pecho» y el infarto de miocardio (cardiopatías isquémicas)– corren un riesgo claramente mayor.  Ello se debe a que la mayoría de los ictus isquémicos, los que denominábamos aterotrombóticos, también tienen en la arteriosclerosis su punto de partida. Pero, es más, si estos problemas cardíacos cursan con determinados tipos de arritmias, como la fibrilación auricular, lo cual no es infrecuente, el riesgo crecerá de forma muy considerable. Estas situaciones exigen una actuación médica enérgica, que puede reducir estas malas expectativas en cerca del 70%.

El consumo de tabaco es la causa prevenible más importante de muerte prematura. Su asociación con la arteriosclerosis, las enfermedades cardíacas y el ictus no ofrece hoy ninguna duda.

Aunque, en la actualidad, no está establecido con claridad el papel exacto que desempeñan los niveles elevados de las grasas en la sangre (colesterol y triglicéridos) en la probabilidad de sufrir un ictus, sí es evidente su relación con otras enfermedades, como la angina de pecho, el infarto de miocardio y la arteriosclerosis, y éstas a su vez tienen una estrecha relación con el ictus, como hemos visto con anterioridad.
La diabetes mellitus  condiciona la incapacidad del organismo para metabolizar adecuadamente la glucosa que ingerimos con la dieta y aumenta el riesgo de padecer muchas otras enfermedades (renales, oculares, cardíacas, de los nervios periféricos, etc.) y también de sufrir un ictus porque al igual que la arteriosclerosis, obstruye los vasos y éstos están en todos los órganos importantes del cuerpo. Hasta el 20% de las personas que han sufrido un ictus son diabéticas.  A pesar de ser una condición permanente, aquellos diabéticos que siguen un adecuado control de su enfermedad tienen menos probabilidades de sufrir un ictus que los que no lo hacen.

 

No siempre el Ictus da segundas oportunidades, el paciente sufre transitoriamente (con frecuencia sólo dura unos minutos) todos los síntomas con los que cursa un ictus establecido, pero, por fortuna para él, éstos desaparecen como llegaron, sin dejar ninguna secuela. Este caprichoso perfil temporal, la ausencia de dolor y –sobre todo– la ausencia de secuelas hacen que el paciente y, lo que es peor, a veces el médico minusvaloren estos episodios, con explicaciones simplistas y erróneas. Esta situación, a la que denominamos ataque isquémico transitorio, es un verdadero «amago» de ictus: hasta un tercio de los pacientes que lo han sufrido presentarán un ictus establecido en el año siguiente si no se toman las medidas adecuadas.

 

No todos somos capaces de identificar los síntomas de ictus y menos de un 50% llamaría a los servicios de emergencias o acudiría al hospital por lo que es vital como identificar los síntomas de un ictus, y saber como actuar frente a estos primeros sintomas, teniendo en cuenta que el tiempo juega un papel fundamentl en el tratamiento de esta enfermedad por lo que si es atendido inmediatamente la probabilidad de fallecer o quedar con una discapacidad grave se reduce a la mitad.

 

Queremos recordar que un solo síntoma de ictus es una urgencia, por lo que ante la primera sospecha es necesario llamar inmediatamente a Emergencia y acudir rápidamente al neurólogo, aunque los síntomas -pérdida repentina de visión, alteración del lenguaje, pérdida súbita de fuerza o sensibilidad…- desaparezcan a los pocos minutos”

ictus-sus-sintomas Entre los síntomas más citados destacar que solo un 13% apunta a la pérdida de fuerza o sensibilidad en una parte del cuerpo, únicamente un 9% señala la dificultad para hablar y un escaso 5,4% sufrir alteraciones visuales. En cuanto a cómo se debe actuar es antes que nada fundamental aprender a identificar los síntomas de un ictus para poder actuar con rapidez:

 

  • Pérdida de fuerza repentina de la cara, brazo y/o pierna de un lado del cuerpo.
  • Trastorno repentino de la sensibilidad, sensación de “acorchamiento u hormigueo” de la cara, brazo y/o pierna de un lado del cuerpo.
  • Pérdida súbita de visión parcial o total en uno o ambos ojos.
  • Alteración repentina del habla, dificultad para expresarse y ser entendido por quien nos escucha.
  • Dolor de cabeza súbito de intensidad inhabitual y sin causa aparente.
  • Sensación de vértigo, desequilibrio si se acompaña de cualquier síntoma anterior.

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