LOS NEGROS METIERON MANO…

By Antonio Pippo

—Oye, tú, negro… ¿Qué va’ tocá’?

—Un tambó…

—¿Tangó…?

—Bué…

Sí, negro. Tan… gó…

Si hay una historia entretenida de contar es la del tango. La iluminan escasas certezas, sobre todo en su origen: uno lee libros de diez historiadores y obtiene, sobre un mismo hecho, otras tantas versiones.

El riesgo de la controversia siempre late; ya veremos cómo nos va.

Lo primero que disgusta a unos cuantos es reconocer que el proceso — híbrido, complejo, cambiante— que llevó a la creación del tango tal cual hoy se conoce al menos desde la Guardia Vieja, comenzó con los esclavos negros llegados a Brasil y al Río de la Plata durante el siglo XVIII.

Ellos inventaron la palabra “tango”. Hay, entre otras, tres teorías: su dificultad de pronunciar en castellano la palabra “tambor” —decían “tambó”, deformación de la que habría derivado “tango”—; la existencia de la expresión “tangó” entre esclavos guineanos; y, finalmente, un sonido surgido donde a los esclavos se les permitía sus rituales y músicas llenas de voces guturales y golpes de maderas, y que fue la onomatopeya “tan-gó”.

Esos sitios se llamaban quilombos.

La picardía rioplatense usó la palabra, contra su etimología, como sinónimo de prostíbulo. Hay un hecho que sustenta cualquiera de esas teorías: quienes primero usaron el vocablo “tango” —Casa o Sitio de Tango— fueron los negros, ya liberados, allá por fines del siglo XVIII, ya en Montevideo, ya en Buenos Aires.

En esos lugares se oía música percusiva, ligera, juerguista, compuesta en 2 x 2, que derivaría en el candombe pero a la que entonces le llamaban “tango”. Ulyses Petit de Murat afirma que a mediados del 1800 era popular en el Río de la Plata un tango llamado “El chicoba” —voz proveniente de un dialecto africano— que tenía muy poco que ver con lo que vendría después. ¿Y qué vino? La gran oleada inmigratoria del siglo XIX: italianos, españoles, gitanos, judíos, centroeuropeos y europeos del Este, todos con sus propias melodías y canciones populares.

Así se produjo el encuentro con la música de los negros y con la nativa que sobrevivía — milongas, estilos—, generando un gran Big Bang del que saltó, todavía muy elemental pero más definido, eso que, ya sin vuelta atrás, y compuesto al principio en 2 x 4, fue el tango original, mientras, simultáneamente, los negros se volcaban a otras expresiones musicales y bailables que desarrollan y disfrutan hasta hoy.

La pulseada, si es que la hubo, la ganaron los europeos con un mínimo aporte de los nativos y se quedaron con “ese sentimiento triste que se baila”, según dijera Enrique Santos Discépolo muchos años más tarde, que no ha parado de evolucionar. Los primeros instrumentos del tango, además del entrañable organito callejero, fueron la flauta o clarinete, el violín, de procedencia italiana, y la clásica guitarra.

El piano y el bandoneón, fundamentales en la evolución de esta música ciudadana, se integraron enseguida. Esta primera etapa fue el reino de los “orejeros”: músicos que tocaban de oído, no leían partituras ni las creaban e improvisaban con una frecuencia que dificultaba seguir una línea estilística. Había un común denominador: el tango era “picadito”, rápido, de tono juguetón, al que ayudaban unos estribillos que se cantaban en el escenario al que la sociedad rioplatense lo había marginado: prostíbulos, casas de beberaje y “coperas”, y espacios de baile de mala fama y abundosos duelos cuchilleros. Algunos estribillos describen aquella época brava:

“Cuando el bacán está en cana/ la mina se peina rizos./ No hay mina que no se espiante/ cuando el bacán anda misho”.

O éste: “Quisiera ser canfinflero/ para tener una mina,/ llenarla bien de bencina/ y hacerle un hijo chofer”.

O este otro: “¡Qué vida más arrastrada/ es la del canfinflero!/ El lunes cobra las latas/ y el martes anda fulero”. (La “lata” era el recipiente donde las pupilas ponían el dinero que correspondía a su gigoló).

O el que le gustaba a Borges en su juventud: “Parado en las cinco esquinas,/ con toda mi contingencia,/ por ver si te rompo el c…/ ando haciendo diligencia”.

Los propios títulos de los tangos eran un homenaje a la procacidad: “Dame la lata”, “La clavada”, “La franela”, “Sacámele el molde”, “Con qué trompieza que no dentra”, “El serrucho”, “Siete pulgadas”, “Correle la mano al negro” y “Cachucha pelada”, entre otros de similar exquisitez descriptiva. Esto duró hasta el inicio formal de la Guardia Vieja, hito también difuso.

Columna Nº1

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