LA HISTORIA DEL TANGO: NACE LA GUARDIA VIEJA

By Antonio Pippo

Corría la noche del 25 de octubre de 1897. En “Lo de la Vasca”, casa de baile de María Rangolla, en la actual calle Carlos Calvo 2721 — antes Europa— de Buenos Aires, había una de fiesta del “Z Club”, un grupo de hombres de clase alta que gustaban tirar “una canita al aire”, bebiendo y danzando con prostitutas.

Del piano extraía melodías Rosendo Cayetano Mendizábal, un músico de estudio sumido en la miseria por juerguista y que vivía de propinas.

A Mendizábal le revoloteaba en su cabeza un tango compuesto el día anterior. Y se la jugó. Lo tocó y el impacto fue tal que se dejó de bailar. Al terminar, se acercó un abogado de Entre Ríos, notorio por su generosidad: —Lo felicito, Rosendo. ¡Qué lindo tanguito! ¿Cómo se llama? El pianista ni había pensado en eso; pero su innata picardía lo salvó: —“El entrerriano”, señor, en su honor. La propina fue tan buena que Mendizábal le faltó dos meses a “La Vasca”, gastando el dinero en copas y mujeres.

La anécdota vale por lo pintoresca y porque en torno a “El entrerriano” se ha logrado una suerte de consenso que hoy pocos discuten: ese fue el nacimiento de la Guardia Vieja, etapa ya de tango clásico, compuesto en tres partes, al principio en 2 x 4 y, ya a fines de los años 10, en 4 x 8, que duraría hasta que se impuso la primera evolución musical, a mediados de la década de 1920.

Es que siempre ha habido debates. Por ejemplo, ¿cuál fue el primer tango? Recuerdo haber mencionado que Ulyses Petit de Murat se aferraba a su teoría de “El chicoba”, tango de negros, difundido escasamente por los años 1865 y 1866. José Gobello sostiene aún que fueron “La lata”, tango de neto corte prostibulario y autor anónimo, o “El talar”, de Prudencio Aragón.

Pero más polémica despertó, en su momento, una investigación que hizo Edmundo Rivero cuya conclusión —que, documentada, me mostró una noche en “El viejo almacén”, en 1978— fue que el primer tango registrado con su partitura completa, nada menos que en París, lo firmó el general Bartolomé Mitre: “El torito”. Hay que aclarar que Rivero admitía que Mitre no sabía música, así que le faltó averiguar qué soldado flautista o guitarrero fue sujeto de hurto. Como dijo cierta vez el maragato Canaro, sobre quien pesó una leyenda bastante negra de “apropiación indebida de músicas”: —Déjense de joder. Si caen partituras por todos lados, como la pelusa de los plátanos… Por esa abundancia de debates es que el caso de “El entrerriano”, aceptado por la mayoría como
el hito inicial de la Guardia Vieja, es una excepción en la aventura del tango.

Y lo es también por su perdurabilidad, pues se mantiene entre los clásicos más tocados hasta hoy. Excepción que pronosticó nada menos que el poeta Carlos de la Púa (Carlos Raúl Muñoz y Pérez, también conocido como “El Malevo” Muñoz): “Vivirás entrerriano, mientras quede en el fango,/ como un mate curado, la amistad de un amigo,/ mientras haya algún orre que no cambie de rango (…) Vivirás mientras siga copando la parada/ un taura arrabalero que despreció la yuta,/ mientras se haga un escruche sin que salga mancada,/ mientras taye la grela de la crencha engrasada,/ mientras viva un poeta, un ladrón y una puta”. Figuran entre los grandes de la Guardia Vieja, además de Mendizábal y algún otro al que he aludido antes, Carlos Posadas, Enrique Saborido, Juan Maglio, Roberto Firpo, Francisco Canaro —que se puso el tango al hombro en 1906—, Eduardo Arolas, Ernesto Ponzio, Vicente Greco y Ángel Villoldo.

¡Y vaya que en esos tiempos ventosos hubo anécdotas para descascarar al tango de esa pátina de tristeza y melancolía que tantos se han empeñado en adosarle! Ernesto Ponzio —“El Pibe” Ernesto, autor de “Don Juan”— era pendenciero. Un día “mató mal”, como se decía, y fue condenado a 25 años en el penal de Usuhaia; pero un político copetudo, íntimo amigo suyo, llegó hasta el mismísimo presidente de la República y logró la reducción de la pena a solo cinco años. “El Pibe” volvió a lo suyo.

A Vicente Greco le decían “El Garrote”; tenía una renquera desde la juventud y andaba con un grueso y pesado bastón; cuando tocaba, y ciertos desubicados exhibían su borrachera y perturbaban el ambiente, dejaba el bandoneón y los sacaba a la calle a garrotazo limpio. ¡Ah, y el inefable Ángel Villoldo! Le presentó “El choclo”, en 1903, a José Luis Roncallo, un pianista amigo, pidiéndole que se lo estrenara con su orquesta. —Está bueno, che… ¿cómo le pusiste? —“El choclo”… —¿¡Por…?! —¡Es lo que más me gusta del puchero!

Columna Nº 2

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