EL GAUCHO Y EL COMPADRITO

By Antonio Pippo

Cuando los negros ya se habían zambullido alegremente en sus músicas, que perduran, olvidados de ese tango primitivo que difundieron en sus búsquedas de alegría y que les fue hurtado por los inmigrantes europeos y algunos nativos, no nació —cual fenómeno espontáneo de los nuevos creadores— la trascendente Guardia Vieja, primera y esencial etapa hacia la evolución de la música popular ciudadana.

Tome, le doy lo más preciao…

La amaremos juntos, amigazo…

Hay una metáfora, audaz como la mayoría acuñadas por historiadores, que tiene cierto atractivo. Pertenece a Andrés Carretero: ya sin los negros, se da el acercamiento entre el gaucho, expulsado del campo por la pobreza, el alambrado y el ferrocarril, y el compadrito, tipo humano que “se gesta a la sombra de las grandes concentraciones urbanas, marginado en las zonas de exclusión, suburbanas, prostibularias”.

El gaucho, en la cruz de ambos caminos, le entrega la guitarra al compadrito, quien pasa a ser el personaje central del tango de la época. Tras ese encuentro metafórico se produce una amalgama donde el campo y el suburbio poblado por inmigrantes se integran y crean el “nuevo” tango y el lunfardo, su primera forma poética. Son las primeras décadas del siglo XIX.

Carretero destaca, además, que a la sombra de esa amalgama crecen el guapo, el patotero, el cuentero y otros prototipos despreciados por las clases media y alta, los que hallan en el tango su rebelión, a la que, aún influidos por los negros, mantuvieron humorístico, sarcástico, obsceno.

En esta etapa el tango se enriquece con dos instrumentos vitales para su evolución: el piano, que ya existía pero llega también a las “zonas prohibidas”, y el bandoneón, creado por el alemán Heinrich Band en 1835 como un órgano portátil para celebraciones religiosas pueblerinas, y que cayó de un barco en Buenos Aires unos 20 años después. Se dice que el primer bandoneonista fue el negro Santa Cruz, padre de Domingo, autor de “Unión Cívica”, quien alegraba el campamento de soldados de Bartolomé Mitre durante la Guerra de la Triple Alianza, en 1864.

Entonces el tango era sobre todo baile, producto de su herencia africana. Y cuando se bailaba, enroscada la pareja —que al principio integraron dos hombres— con cortes y quebradas “a los saltitos”, nadie quería canto:

No me rompá’ la’ bola’… ’jame escuchá’ la música que ’tamo’ ’pretando…

Igualmente, los letristas de la época, hijos del cuplé español, del caló gitano y del lunfardo creciente, hallaron su nicho: los circos y teatros de mala muerte donde no se bailaba:

“Una costumbre asquerosa: / que no se lava la cosa/ por no gastar en jabón. / Andate a pastorear, / piantá de acá/ que no te doy tecor. / Y si querés volver a figurar/ lávate bien pa’ no pasar calor”.

Antes de la Guardia Vieja el proceso creativo de la danza primitiva, según José Gobello, había culminado: “el tango era una encumbrada habilidad de bailarines y los estribillos iban rumbo al cajón”, conminados a un silencio que luego se diluiría, al aparecer, con otra calidad, el tango canción.

Pese al rechazo de ricos, burgueses e intelectuales, el tango inició su viaje a la ciudad, dejando atrás —aunque nunca del todo— prostíbulos, casitas de madamas y boliches orilleros. Se conocen anécdotas jugosas: “hombres bien”, cautivados por el tango y su ambiente, casa adentro lo execraban; a la noche le decían a la esposa: “No me esperes despierta, querida. Voy a jugar póquer con los muchachos”, e iban a “Lo de Laura”, a “Lo de la Vasca” o al mítico “Hansen”.

Todo fue cambiando y, con nuevos instrumentos, sobre todo el bandoneón, a los orejeros de antaño se sumó una camada de músicos estudiosos, y de su esfuerzo surgió una combinación de ritmo, melodía y armonía más elaborada.

De ese tiempo, rozando el inicio de la Guardia Vieja, que también integraron, son Carlos Posadas (“Cordón de oro”), Alfredo Gobbi padre, sanducero (“El tigre”), Ernesto Ponzio (“Don Juan”), otro uruguayo, Manuel Aróztegui (“El apache argentino”) y Alfredo Antonio Bevilacqua (“Emancipación”).

Sobre Bevilacqua hay una anécdota impagable: el único autor de tangos que nació en un tren en marcha. La madre, luego de un recodo que sacudió su vagón, advirtió el advenimiento y pidió ayuda. Llegó el guarda y cuando vio la cabecita de Bevilacqua se desmayó; hubo que atenderlo también a él, pero Alfredo saltó como un chijete y ¡menos mal!, fue abarajado por una comedida.

¡Como para que su mejor tango no se llamara “Emancipación”!

Columna Nº3

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