LA CONQUISTA DE EUROPA

By Antonio Pippo

Ríos de tinta se han gastado escribiendo acerca de la causa en que se fundó la posibilidad de que aquel tango original, que de los negros esclavos pioneros pasó a la inmigración europea con un simultáneo aporte nativo de aires de milongas, vidalitas y estilos, para exhibir su cédula de identidad —el tango marginal, prostibulario, execrado, aunque si hablamos de hombres hay que decir que hipócritamente, por las clases más acomodadas del Río de la Plata—, pudo llegar “al centro” y vencer todas las barreras. Esa causa es una paradoja.

¿Qué otro adjetivo sino paradojal puede aplicarse a un hecho insólito? Varias valerosas, cuasi heroicas y arriesgadas cruzadas de algunos adelantados que viajaron a Europa, llevando esa “idea loca del tango”, lograron imponer su música y su baile en el Viejo Continente; suerte de Camino de Santiago hecho de rodillas o descalzos, devino caja de resonancia que rebotó por las calles de Montevideo y Buenos Aires y las puertas aquí cerradas a cal y canto se fueron abriendo, sin prisa pero sin pausa, al paso de unos pocos años.

Y sí; siempre se hizo más ruido en la orilla de enfrente. Por eso, al decir “adelantados”, los manuales de uso suelen rescatar primero a Osvaldo Fresedo, el “Pibe de la Paternal” y su orquesta, que para abrir mercado en París se debió presentar con sus integrantes vestidos como “Indios salvajes de las Pampas”, con plumas pegadas al cuerpo y, ¡por si fuera poco!, el pianista encadenado a su instrumento. Y también recuerdan a Pecci y a los hermanos Pizarro — que tocaron para la monarquía italiana— y al trío Irusta, Fugazot y Demare, entre tantos otros.

Pero, al menos en este caso, la documentación histórica pone las cosas en su lugar. El abanderado de todas las cruzadas fue un uruguayo: el sanducero Alfredo Eusebio Gobbi, quien a comienzos de la década de 1910, con su guitarra y el acompañamiento de su esposa, la chilena Flora Rodríguez —quien más adelante grabaría cinco mil placas del tango “La morocha”, que fueron regaladas por los tripulantes de la fragata Sarmiento en lejanos puertos del mundo—, introdujo la primera y definitiva cuña del tango en Europa.

Es más: estando en París, corriendo 1912, nació su único hijo, Alfredo Julio Floro Gobbi, quien pasaría a la historia pese a su corta vida (murió en 1965) como “el violín romántico del tango”, entrañable amigo de Aníbal Troilo y de Osvaldo Pugliese y bohemio hasta la perdición.

Como las leyes francesas de entonces lo permitían, el matrimonio Gobbi-Rodríguez registró a su primogénito como “nacido en Paysandú, República Oriental del Uruguay” (dato que los argentinos se han tomado el tenaz y escasamente sutil trabajo de ocultar).

Enseguida de Gobbi, quien viajó fue Canaro, el maragato. A su orquesta, también en la Ciudad Luz, la denominaron “Los gauchos indomables del Sur”, vistiendo a sus miembros como tales. Se ha dicho, y debe quedar alguna viejísima fotografía por ahí que lo atestigüe, que el querido “Pirincho” parecía más un domador de leones que un gaucho y se veía más feo que el jorobado de Notre Dame.

La diferencia de Fresedo y Canaro con el resto de los adelantados está dada porque viajaron con sus orquestas y sus espectáculos incorporaron de inmediato y más fácilmente el baile, pues —¿no lo dije ya?— el tango nació bailado y alegre, juerguista, desde aquellos Sitios o Casas de Tango de los africanos. Y el baile enamoró entonces, como lo hace ahora, al mundo entero. Pero esa historia habrá que contarla en detalle.

Esta anécdota merece aparte; representa una época y a protagonistas de una epopeya artística impar. El violinista argentino Pecci integraba el grupo de los hermanos Pizarro contratado para tocar para el rey de Italia y el Duce. Hubo una demora extraña y Pecci observó que el monarca hablaba nervioso por teléfono:

-Y… yo creo que era con Mussolini, que faltaba: “¿Vas a venir, Benito? Mirá que ya están los muchachos de la típica”. Pero el pelado no vino. Al final, el rey ordenó largar. ¡Pah! Cuando le tocamos “El ciruja” se quería morir… ¡Se ve que le tira el tango al loco! Al cerrar, yo lo encaré y le dije: “Me llamo Pecci, rey…”. El tipo me encajó una sonrisa grandota y me abrazó: “¡Qué bueno! ¡Apellido italiano!”. Y me regaló unos gemelos de plata… Cuando volví a Buenos Aires me los hice bañar en oro… ¡Mirá si muestro gemelos de plata y digo que me los regaló el rey de Italia! Los del barrio me iban a llamar “globero”… ¿te imaginás qué quemada?

Un comentario

  1. Antonio ando siguiéndote, me encantan tus crónicas de historia del tango. Pero investiga lo que aquí se incorporó al flamenco como ‘cantes de ida y vuelta’, entre otros, tangos (los primeros los de Cádiz) el gran puerto de esta orilla atlántica, milongas, vidalitas, a compás de por aquí. Te lo vas a encontrar en alguna de mis crónicas flamencas. Y en you tube ni te cuento lo que puedes encontrar…
    Un abrazo

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .