El mozo nació bailado

By Antonio Pippo

En Europa —y en otras partes del planeta— el baile de tango fue lo que primero enamoró a “los extraños” que recibieron, con cierta desconfianza, a nuestra música popular ciudadana: ese baile fue como una corriente de fascinación desde el comienzo, cuando las cruzadas pioneras de los modestos aventurados rioplatenses salieron a conquistar públicos que en su propia tierra les daban la espalda.

Alguna vez, apenas conocida esta danza, fue seducida y la bailó con intensidad por las noches la excepcional Isadora Duncan, a quien en realidad se la enseñó en el Río de la Plata un muy atractivo muchacho de cuyo nombre nadie se acuerda. Isadora dijo: “He entrado al misterio del baile popular más sensual y extraordinario del mundo, una experiencia íntima que jamás olvidaré”.

Y el baile, desde aquella época de música híbrida a la búsqueda de una identidad en las Casas o Sitios de Tango, fue cosa linda de los negros: con ellos —a fines del siglo XVIII— nació juguetón, saltarín, rapidito y, luego de la influencia de la inmigración europea, que trajo sones de valses y mazurcas, entre otros, más las reminiscencias de estilos, milongas y vidalitas nativas, adquirió la cédula definitiva, sin perder hasta entonces su característica alegre básica. ¿La época? Mediados del siglo XIX.

Otro dato interesante: hay que decir, parafraseando al investigador Andrés Carretero, que luego de la derrota de Juan Manuel de Rosas, en 1852, cuando “se prohibieron las marchas de candombe y otros ritmos por las calles”, el incipiente tango se mantuvo vivo disfrutándose en lugares cerrados, a salvo del ojo censor.

En la azarosa aventura del tango abundan las curiosidades: afirmada la nueva danza se inició su enseñanza; pero mientras en Montevideo se hizo en las academias, alguna de las cuales arrancó a fines de 1830 con pretensión de originalidad, en Buenos Aires los escenarios fueron otros. Aquí, según Horacio Salas, existieron al menos seis academias de éxito distribuidas entre el Puerto, el Cordón, el Bajo y la Aguada, siendo la más recordada “Solís y Gloria” que cerró en 1899, aunque quiere la tradición que la más famosa haya sido la “San Felipe”.

En Buenos Aires, con el nombre “academia” fueron bautizados unos locales menos jactanciosos, más bien modestos y escasos, donde enseñaban bailarines ya consagrados y hasta se recuerda una, de fines de la década de 1840, llamada “Academia de Pardos y Morenos de Buenos Aires”. Sin embargo, donde se danzó tango como en una liturgia casi religiosa fue en los “cuartos de las chinas cuarteleras”, en “las casitas” —preámbulo de los pretensiosos y primeros cabarés— y en los prostíbulos variopintos, adonde se consagró la relación inseparable entre sexo, bebida y baile.

El estilo del abrazo apretado, tal vez menos divertido que entre los negros pero más sensual, nació como signo de complicidad de hombres y mujeres blancos, inmigrantes y nativos, diferenciándose de la influencia africana, además, en su mayor preocupación por las figuras que las parejas iban creando. Y algo más: aquella teoría de que, en cierto momento, el tango se bailó entre hombres, es una verdad histórica; al principio, en los prostíbulos, al son de músicos o de organilleros, los varones, mientras esperan turno para “ocuparse” —al grito de la madama: “¡Está libre la 8!”—, se abrazaban e inventaban movimientos para entretenerse; muy pronto —las razones son obvias— hicieron entrada las “pupilas” y todo empezó a parecerse a lo que conocemos desde nuestros abuelos y padres.

Sobreviven muchos mitos relacionados con el baile de tango. Tal vez ninguno tan controversial, hasta hoy, que la rubia Mireya: la tradición oral la situó como primera bailarina en “Lo de Hansen”, lugar bravo de los porteños, donde sentaba reales; algún documento hoy inhallable certificó que se llamaba Margarita Verdier, uruguaya, de buena familia, que cruzó muy joven a la otra orilla; y más de un tango y un poema de Julián Centeya la inmortalizaron. ¿Existió? ¿Fue una creación de algún ingenioso de tan remotas épocas? Lo cierto es que una anécdota suya, que exhibe claramente su personalidad, se difunde hasta ahora. Bailando en “Lo de Hansen”, su compañero, entrado en copas, le palpó las nalgas. Ella lo separó bruscamente, le cruzó la cara de un cachetazo y sentenció: —¡Dejate de joder, caracol! —¿Caracol? ¿Por qué? —atinó a musitar el avergonzado borracho. —Porque sos baboso, cornudo y te creés el dueño de la casa… ¡Si querés carne fresca andá a las piezas del fondo y pagá!

Quinta entrega

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