GARDEL, EL MOROCHO DEL ABASTO (I)

Dir.: Lic.: Antonio Pippo

Tengo mi opinión, claro, pero me la guardaré. Es que siempre he creído que lo esencial de un artista es su obra y la trascendencia que alcanza, en algunos casos rozando el mito, la leyenda, la inmortalidad o, acaso, alcanzándolos para que transcurran las generaciones sin que se agote la admiración.

Así que cada quien, le guste o no, que se quede con su verdad: Toulouse o Tacuarembó; no haré caudal en eso.

Lo cierto es que Carlos Gardel nació al arte popular como un cantor nativo, rural o campero, como más parezca correcto decirlo. Curiosamente fue Montevideo, adonde viajó en tren de aventuras con un amigo en 1905, el sitio que consagró esa vocación. Acá todavía quedan documentos de tamaña peripecia: vivió en una modestísima pensión cercana al Puerto y lo llamaron allí el “gordito cantor de la canilla”; su pieza quedaba al lado de la única canilla del lugar, instalada en el patio grande adonde daban las piezas, y aquel chiquilín, que solía andar en camiseta sin mangas y chancletas, se ganó algún dinero cargando baldes y otros recipientes para el resto de los inquilinos, con quienes, por las noches, vino agrisado de damajuana mediante, comenzó a entonar canciones de la época.

A su regreso a Buenos Aires había tomado la decisión: vivir de su voz. De inmediato se entreveró en ruedas de boliches, almacenes y comités, con una guitarra prestada, en ya asumida condición de “cantor criollo”. Corría 1909.

Para el año siguiente, cultivando estilos, vidalitas, valses y milongas, Gardel se ganó el apodo, más apropiado al camino elegido, de “El Morocho del Abasto”, en referencia al bullicioso lugar de ventas generales ubicado en Agüero y Humahuaca, cerca del café “O’Rodeman”, cuyos propietarios Yiyo, Constancio, Félix y José Traverso decidieron impulsar la carrera del simpático y aún desconocido cantor.

¿Viste qué bien anda el pibe nuevo?

-¿Cuál? -El morochito… Ese… ¡Gardel! Es medio petizo y morrudo, pero tiene una calandria en la garganta. Cada día lleva más gente. ¡Y es vivo! El otro día, un borracho, buscando provocarlo, lo tenía loco con el pelo, que usa bien brillante y apretado. Y él le dijo que tenía un secreto: “¿Querés verte así? Simple. Yo me doy la biaba con dulce de membrillo”. El borracho, primero sorprendido, salió después por un rato y cuando volvió tenía el pelo igual al muchacho… ¡pero lo perseguían todas las moscas de Buenos Aires! Lo quiso matar. Tuvimos que sacarlo, tirarle unos baldes de agua y calmarlo. Al otro día volvió, le dio la mano y le dijo: -Me diste una lección, pibe. Está todo bien. Es más… ¡si no fuera por las moscas, me había quedado de bien…!

En 1911 –cuando la figura del Morocho había extendido su éxito a Barracas, Corrales y Palermo, se produjo un encuentro que sería fundamental para su futuro: José Razzano, “El oriental”, crédito firme de la Parroquia de Balvanera Sur, fue poco menos que empujado a un lance con Gardel. El duelo de cantores ocurrió en la casa de José Gigena, pianista que vivía detrás del Mercado de Abasto. Se cuenta que Razzano, mayor, comenzó con la cifra “Entre colores” y después Gardel cantó el estilo “Entre sueños”. De modo un poco prepotente se agregó otro cantor, Francisco Martino, llegado sin invitación pero que, sin embargo, enseguida hizo buenas migas con los otros.

Conclusión: decidieron armar un trío y salir al interior, aunque la primera gira corrió por cuenta sólo de Gardel y Martino, debido a compromisos que Razzano no pudo eludir. Chivilicoy, Bragado, 9 de Julio, General Pico… Volvieron antes de tres meses, sin un peso. El reencuentro con “El Oriental” los salvó y se recuperaron, ahora sí como trío, en continuados trabajos por los barrios porteños.

Pero el destino había decidido discurrir en otro sentido. Primero, Gardel grabó solo sus primeros discos conocidos porque el sello Columbia lo prefirió,; entre los temas incluyó “Sos mi tirador plateado”, “La mañanita” y “Me dejaste”. Enfermo Martino, Razzano le propuso un dúo fijo al que llamarían “El Morocho y El Oriental”. Ya era el año 1913 y el éxito acarició de inmediato a los dos cantores, afianzados ahora, sobre todo, en cabarés de lujo y en teatros importantes de la capital argentina, agregando viajes al interior, a Uruguay y a Chile.

Carlos Gardel, hasta ese momento, no había cantado un solo tango en su vida. Aquella música y aquellas letras que lo harían inmortal no tardarían demasiado en llegar a sus manos para cambiar una historia incomparable.

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