GARDEL, EL CANTOR DE TANGOS (II)

Es cuando Gardel comienza a cantar tangos que se hace merecedor de este perfil escrito por el historiador Horacio Salas:

“Carlos Gardel es el mito capaz de albergar la identificación del rioplatense medio, del pequeño burgués hijo de la inmigración. Es el hombre que llega, el arquetipo que carga, con sus oscuros orígenes (…) una nebulosa que se inicia de manera oculta, como ocurre con la génesis de los seres mitológicos”.

Hay un hecho destacable de los inicios del Gardel cantor de tantos: a partir del éxito en su voz del primer tango canción –“Mi noche triste” en 1917-, mantuvo su dúo con José Razzano. sólo para las canciones criollas, hasta 1925. En ese período cantó y grabó infinidad de tangos. Además de la negativa de Razzano a acompañarlo, olfateó con rapidez que anidaban allí, en las letras de tango, ya por fuera de los estribillos prosaicos, prostibularios, la semilla de un éxito sin límites. Razzano aceptó en 1925, cuando su voz exponía el paso desalmado de los años, disolver el histórico dúo aunque permaneció junto a Gardel como su representante.

De tal período se pueden rescatar, apenas como ejemplos, los tangos “Flor de fango”, con letra de Pascual Contursi, en 1918; “Milonguita”, grabada en 1920; “Mon bijou” (Mi alhaja), compuesto por los propios Gardel y Razzano en 1921 y que terminará convertido en “Medallita de la suerte”, con letra de Mario Battistella, en 1933; “La garconniere”, acompañado por la orquesta de Canaro, en 1924; y “Organito de la tarde”, “Silbando” y “La mina del Ford”, en 1925, entre otra enorme cantidad de temas cuya inclusión es imposible por razones obvias.

Durante 1926 Gardel hizo una gira por España, con impresionante éxito en Barcelona:

-Juzguen el exitazo con este solo dato: mi contrato era para cantar diez días y me tuve que quedar dos meses. Una aceptación loca. Y entre los tangos… “Nunca más”, “Fea” y “Buenos Aires”.

De esta gira surge una anécdota que El Mago repitió muchas veces: caminando solo por Barcelona –como le gustaba- entró a un modesto bar, donde el propietario resultó un gallego. Saludó y pidió un café.

-Y dígame… -el gallego rompió el silencio-. ¿Osté a qué se dedica?

-¿Yo? –preguntó Gardel, sin ocultar orgullo por la respuesta que iba a dar-. Yo canto tangos…

-¡Ah…! –dijo el otro-. ¿Así que a osté también lo corneó su mujer?

Todavía era esa la imagen que, al menos a nivel popular, tenía el tango en la Europa de la década de 1920.

Pero hay otra anécdota imperdible. Viajando a bordo del “Conte Rosso”, de retorno a Buenos Aires, Gardel envió un telegrama a su amigo Alfredo Ferrari: -Que el “Aviador”  no se comprometa con nadie porque llevo coche.

“El aviador” era su chofer personal de muchos años y el coche aludido un Graham Paige modelo 1928, de los que aún no habían llegado a la Argentina, y que le habían regalado unos empresarios catalanes.

Y, por supuesto, Gardel volvió a viajar, ahora a la conquista de París. Embarcó el 12 de setiembre de 1928 en el “Conte Verde” –ya sin la compañía de Razzano sino con Luis Gaspar Pierrotti, su manager en Europa, junto a los guitarristas Ricardo, Aguilar y Barbieri y, ¡nada menos!, “El aviador”- y llegó a la Ciudad Luz en medio de una gran expectativa. Triunfó cantando en el Teatro Fémina y en el cabaré Florida y grabó varios discos para el sello Odeón. Un año más tarde repletó el Gran Teatro Ópera, durante un festival llamado “Bal des Petits Lits Blancs”, acompañado por la Mistinguette, por Maurice Chevalier y por la orquesta de Osvaldo Fresedo, “El Pibe de la Paternal”, muy conocido ya en la capital francesa.

Quizás anide en alguna de esas peripecias el instante clave, cuando el mundo se abrió al tango definitivamente y, sobre todo, a un señor llamado Carlos Gardel.

Dígase, de paso, que durante su trayectoria solista Gardel trabajó y grabó con algunas orquestas, caso de la de Francisco Canaro o la de Roberto Firpo, pero se apoyó básicamente en guitarristas, entre los que se recuerda a Horacio Pettorossi, José María Aguilar, José María Barbieri y Domingo Riverol, algunos avezados autores de tangos que El Mago supo grabar, agradecido.

Curiosamente, en tan lejana época, el cine –que inmortalizaría a Gardel y universalizaría al tango- no era ajeno al cantor: Ya había participado, como cultor de temas nativistas, en dos películas: “Flor de Durazno” y “La loba”, y en una serie de cortos cantados que filmó Eduardo Morera, considerado el pionero del “video clip”. Una suerte de anticipo o prólogo de lo que vendría pocos años más tarde.

 

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