CARLOS GARDEL Y EL CINE (III)

By Antonio Pippo

-Ah… esos fueron cinco pesos aparte –dijo, en típico lenguaje bolichero, un viejo amigo mío al referirse al impacto que el cine significó para Carlos Gardel y para convertir al tango en una música universal.

Es como una historia dentro de otra….

A Gardel, el mismo año en que consagró al tango canción con “Mi noche triste”, 1917, el cine mudo argentino le abrió las puertas, aun en su condición de cultor de canciones criollas: apareció en “Flor de durazno” y en “La loba”, dos modestas producciones que rápidamente pasaron al olvido y hoy tienen un valor arqueológico.

Sin embargo, el cine lo elevó a protagonista idolatrado, aunque nunca fue un buen actor, recién en la primera mirad de la década de 1930.

Eduardo Morera

Durante ese lapso, y hasta su muerte, participó, contando las ya mencionadas y los cortos filmados por Eduardo Morera, llamados con escasa originalidad “Encuadre de canciones”, donde apareció acompañado de varios artistas y amigos –el maragato Canaro, Celedonio Flores, Discépolo, Leguisamo y otros-

Corto completo, duración 32min 28 segundos

..Y cantando sus principales éxitos, en doce películas, una decena de las cuales se rodaron en Francia y Estados Unidos, en los estudios Joinville y de la Paramount, respectivamente: “Flor de Durazno” (1917), “La loba” (1918) –de copia inhallable y que mantiene en polémica la aparición de El Mago-, “Encuadre de canciones” (1930), “Luces de Buenos Aires” (1931), “Espérame” (1932), “La casa es seria” (1932) –filme considerado “maldito” por las críticas recibidas por Gardel, problemas de contrato, censura y porque la única copia supuestamente guardada desapareció cuando Alemania invadió París en la Segunda Guerra Mundial-, “Melodía de arrabal” (1933), “Cuesta abajo” (1934), “El tango en Broadway” (1934), “Cazadores de estrellas” (1934, pero estrenada en 1936, un año después de la muerte del cantor), y “El día que me quieras” y “Tango Bar” (ambas de 1935 y estrenadas también póstumamente). El último tango que Gardel grabó para cine fue “Por una cabeza”, el 24 de abril de 1935.

En honor a hechos comprobados, se puede decir que el interés por Gardel de las grandes compañías cinematográficas de Estados Unidos y Francia nació en 1925, ya decidido él a volcarse definitivamente  a los tangos; ese año grabó en España veinte de ellos, de un total de veintidós versiones incluidas en un disco especial: ahí sonó el timbre; era el éxito que llamaba a su puerta. Tres años más tarde, en París, al bajar del escenario del Teatro Femina, donde cantó junto a Josphine Baker, recibió los primeros ofrecimientos de los empresarios más influyentes.

Es curioso, pero el principal enemigo del triunfo en el cine –que igual llegó- fue el propio Gardel por su tendencia a engordar debido a un apetito incontrolable: en “Flor de durazno” apareció pesando 117 quilos. Ya más delgado, pero aún redondito, años más tarde y filmando en Joinville, surgió una graciosa anécdota. Enloquecido por un puchero con choclo que nadie sabía preparar, se zambulló a comer carne con pan al modo de un náufrago recién rescatado. Al observarlo, intervino su compañera de elenco, Imperio Argentina, preocupada pero prudente:

-Carlos… ¡por favor! No comas tanto, que tienes tres o cuatro quilos de más…

-¿Tres o cuatro? Imperio… ¡nunca creí que fueras tan gentil ni que hubieras reprobado cálculo! ¡Le erraste por ocho, divina…!

Gardel sufrió mucho por su peso y logró controlarlo, bajo las amenazas de aquellos que lo habían contratado y la vigilancia de Alfredo Lepera –el letrista nacido en Brasil pero criado en Buenos Aires, culto y refinado, al que los empresarios cinematográficos trajeron para despojar a los tangos de sus películas de la mínima pizca de lunfardo o modismos rioplatenses-, con severas dietas y ejercicios físicos diarios.

Adiposidades al margen, el cine, con los tangos de esmerado lenguaje de Lepera, un admirador de Amado Nervo, llevaron a la cúspide del monte de la popularidad a quien en el pasado habían apodado El Morocho del Abasto, cantor criollo, y a la música popular ciudadana del Río de la Plata. Para la historia del tango allí estuvieron “los cinco pesos aparte”.

Alguna que otra concesión hubo en el camino, nadie lo niega. ¿Ejemplo paradigmático? El impostado e insoportable “Rubias de New York”, uno de los diecinueve fox trot que dejó grabados.

Claro: eso porque no quedó registro de “La canción del ukelele”, de Don Conrad (con versión al español de Adolfo Avilés), secuela, en 1925, de una reunión con Eduardo de Windsor que concluyó en Gardel cantando cualquier cosa.

Un comentario en “CARLOS GARDEL Y EL CINE (III)

  1. Fantástico… y te voy a confesar querido Antonio, que Rubias de New York será reprobable todo lo que quieras… pero me encanta y vuelta a vuelta me sorprendo silbándola, o usando su letra para sostener un argumento. Porque Gardel también tenía eso: a las letras de sus canciones las transformamos en metáforas y las interpolamos en nuestras conversaciones cotidianas… Gracias nuevamente!!!

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