CAMBIAR PARA SOBREVIVIR

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El lunfardo está lleno de paradojas. Suena raro decir que ha sobrevivido porque hace décadas que no se refleja, como al principio, en las letras de tango.

Sin embargo: “Fue un viento de vigilia que lo trajo./ Quedó varado en un rincón del feca./ Le habían afanado hasta la bronca,/ lo había revoleao y salió ceca./ ¡Cómo no habría de quedar pagando,/ en actitud entre siniestra y mansa,/ si después de yugar toda una vida/ acabó por morfarse la esperanza!/ Ya no tiene ilusiones pa’ponerse./ Su fe la desinflaron de un plumazo/ y hoy anda con lo puesto –su esqueleto-/ llevando un cacho ‘e nada bajo el brazo”.

Dr. LUIS ALPOSTA

Este poema fue escrito hace pocos años por Luis Alposta –médico, miembro de la Academia Nacional del Tango de la Argentina y de la Academia del Lunfardo, amigo íntimo de Edmundo Rivero y mentor del transgresor ex roquero Daniel Melingo-, y aún cultiva este lenguaje.

Alfredo Gobbi (padre) Ángel Villoldo Pascual Contursi Celedonio Esteban Flores

Claro: la sobrevivencia se ha apoyado en el cambio. Al carecer de sintaxis, como ya se anotó, lunfardo es igual a palabras sueltas, o breves secuencias de ellas, con un formidable poder de síntesis, y durante largo tiempo fue la forma poética indispensable al tango: época en que brillaron Alfredo Gobbi (padre), Ángel Villoldo, Pascual Contursi, Celedonio Esteban Flores y tantos otros, junto a saineteros como Alberto Vacarezza, escritores como Esteban Echeverría, poetas como Carlos Raúl Muñoz y Pérez (Carlos de la Púa, también llamado El Malevo Muñoz) o dramaturgos como José González Castillo.

Alberto Vacarezza, Esteban Echeverría, Carlos Raúl Muñoz y Pérez José González Castillo

Pero el lunfardo aprendió a mutar a la fuerza: siendo un modo de expresión que recoge retazos del idioma popular, por imperio de la costumbre y la repetición sus palabras primeras –aquellas que le dieron un toque cocoliche a todos sus aportes- fueron sustituidas paso a paso hasta hoy. Tal certeza hay en esto, que José Gobello sostiene que en la década de 1960, nefasta para el tango, durante la cual avanzaron sobre las poblaciones del Río de la Plata músicas del exterior, ciertas expresiones execradas por los tangueros como el recordado Club del Clan se convirtieron, con letras que abrevaban en ese habla popular, en proveedores de un sinfín de términos de los que el lunfardo se apropió para sobrevivir.

¿Otra paradoja? En el seno del mismísimo tango, a contramano de lo anterior, ya a mediados de la década de 1920 nació un movimiento de nuevos letristas, más exigentes, que lograron piezas poéticas admirables sin una gota de aquella suerte de dialecto de los comienzos que parecía, a partir del éxito de “Mi noche triste”, indispensable.

“Yo sé que habrá una noche/ feliz de mi existencia./ Será la noche aquella/ triunfal de mis amores,/ cuando el cansancio de vivir/ te haga volver./ Yo sé que en esa noche/ retornarás a mí”: la estrofa es parte del tango “Será una noche”, de esa época y que lleva música de José Tinelli –el abuelo del zarandeado Marcelo-, creada por Manuel Ferradás Campos, un poeta de libros que, a veces, se daba el gustito de escribir para algún tango, vals o milonga. En esa letra, e insisto que apareció a mediados de los ’20, no hay un solo vocablo lunfardo.

Ocurrió que el tango evolucionó en todo aspecto; y así como se fue haciendo musicalmente más lento y elaborado –lo que veremos pronto-, la letra abrió una competencia con el baile y conquistó al público que, además de gusto por un abrazo para danzar, “quería oír buena poesía con las melodías”.

Por los mismos años aparecieron otros poetas, con estilos distintos pero refinados, que poco a poco liquidaron la influencia decisiva del lunfardo en la letrística del tango: a título de ejemplo, Homero Manzi –el gran romántico, cuyo primer aporte fue “Viejo ciego”, de 1924-, Cátulo Castillo, María Luisa Carnelli –que por censura paterna debió firmar con seudónimos masculinos, Luis Mario o Mario Castro, para, entre otros, “Cuando llora la milonga”-, Nicolás Olivari, Enrique Cadícamo, Francisco Gorrindo, Carlos Bahr, Enrique Dizeo, Enrique Santos Discépolo y Homero Expósito, el atrevido elaborador de las más audaces metáforas: “Era más blanda que el agua,/ que el agua blanda…”.

Hay que admitir, empero, que algunos de ellos cayeron en la tentación del ejercicio lunfardesco: Discépolo lo intentó con cierta insistencia hasta que conoció las melodías de Mariano Mores y voló líricamente muy alto; Manzi tuvo dos búsquedas poco felices, una muy conocida: “Triste paica” (1929); y Cadícamo lo frecuentó con asiduidad, sobre todo en su primera etapa.

Pero no fue el fuerte de ninguno, yo digo que afortunadamente.

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