ENRIQUE CADÍCAMO

By: Antonio Pippo

Volvieron en barco desde España a Buenos Aires, la mañana siguiente: amigos íntimos y compinches de viajes locos. A la noche, Cadícamo le había dicho a Cobián: -Tengo ganas de una última aventura con una linda gallega. Voy pa’l cabaré.

Juan Carlos Cobián

Juan Carlos Cobián quedó en el hotel, whisky en mano. Al otro día, acodados a la borda mirando hacia el muelle, Cadícamo advirtió entre la gente agolpada para las despedidas a la jovencita de “su pasión de noche final”. Lo traicionó entonces un ácido sentido del humor que cultivaba y que esa vez le regaló un final escabroso:

¿Cómo estás…? Mirá, si tenés noticias mías ponele Enrique…

-No te inquietes, querido… Preocúpate si tú tienes noticias mías, porque le vas a tener que poner penicilina…

Enrique Domingo Cadícamo

Enrique Domingo Cadícamo, décimo hijo de un matrimonio de inmigrantes italianos, nació en las cercanías de Luján, provincia de Buenos Aires, el 15 de julio de 1900, y murió el 3 de diciembre de 1999. Fue un hombre multifacético –poeta, dramaturgo, escritor, guionista y director de cine- y el más prolífico e inclasificable de los letristas de tangos, varios de los cuales firmó con los seudónimos Rosendo Luna y Yino Luzzi. Le calzó bien tanto el lunfardo de todas las épocas como el lirismo elaborado de influencias españolas y francesas que jamás negó. Compuso más de 1.200 temas, Carlos Gardel le grabó más de una veintena de ellos, el primero “Pompas”, y hasta poco antes de su muerte escribió unas letras jocosas para un ex roquero devenido tanguero y aún vigente, Daniel Melingo, cuyo extraño estilo le seducía.

Necesariamente incompleta, una lista de sus mejores composiciones debe incluir a “Los mareados”, “Por la vuelta”, “Nostalgias”, “Tres esquinas”, “Madame Ivonne”, “Al mundo le falta un tornillo” (el más discepoliano de sus tangos), “Anclao en París”, “El cantor de Buenos Aires”, “!Che papusa, oí…!” (con música de Mattos Rodríguez), “La casita de mis viejos”, “Compadrón”, “Vieja recova”, “Nieblas del Riachuelo”, “Garúa”, “Tres amigos”, “Naipe”, “Cuando tallan los recuerdos”, “Muñeca brava”, “Nunca tuvo novio” y “Rubí”. Publicó seis libros: “Canciones tristes”, “La luna del Bajo Fondo”, “El otro Cobián”, “Historia de Gardel en París”, “Viento que lleva y trae” y “Bajo el signo del tango”. En teatro escribió y dirigió “Así nos paga la vida”, “La epopeya del tango”, “La baba del diablo”, ·El romance de dos vagos” y “El cantor de Buenos Aires”. En cine hizo el guión de “Nace un campeón” y “Galería de esperanzas” y dirigió “La virgencita de Pompeya” y “Noches cariocas”.

Fue un espíritu libre, imaginativo y pícaro que trascendió a su propia obra. Vivió a plenitud y se convirtió, divertido, en personaje de múltiples anécdotas.

“Anclao en París” fue pura imaginación: contradiciendo al propio título lo compuso en Barcelona y se lo envió a Gardel, que estaba en Niza. El Mago pidió a su guitarrista Barbieri que le hiciera la música y lo grabó dos meses después.

Con su gran amigo Cobián –músico impar junto a quien creó probablemente sus más grandes obras- se declararon un día, a comienzos de la década de 1920, los primeros “sinsombreristas” de la Argentina: el sombrero era entonces el rey de la vestimenta de los elegantes, pero ellos se paseaban a cabeza descubierta, muy engominados, luciendo, además, entallados trajes oscuros con finas rayas blancas y moñita al cuello. En ese plan, un mediodía fueron a un restorán de moda, donde concentraron todas las miradas; para acentuar el impacto, Cadícamo, al ver pasar al mozo con una bandeja y un plato que no conocía, tuvo este breve y descacharrante diálogo a voz en cuello:

-¡Mozo! Dígame… ¿qué es eso que lleva en la bandeja?

-Ossobuco con arroz, señor…

-Bueno, tráigalo… Ah, eso sí… ¡con otro nombre, por amor de Dios!

Y algo más: la letra de “Madame Ivonne” es de un conmovedor, romántico dramatismo y cuenta la peripecia con desgarrador desenlace de una gran mujer. Sin embargo,  Cadícamo apenas tuvo para inspirarse la narración que le hizo el autor de la música, Eduardo “El Chon” Pereyra, acerca de una vulgar aventura que había tenido con la poco agraciada dueña de una pensión de Montevideo donde paraba al venir a Uruguay y que, ¡oh, casualidad!, se llamaba Ivonne.

Enrique Cadícamo retrató el mundo de la noche, se burló de los imitadores de los guapos, usó maravillosamente las metáforas más audaces, fue humorístico, sutil y hasta trágico. Uno de los más celebrables poetas que vivió recreándose en la audacia y sin límite alguno.

Tiene su bronce bien ganado.  

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