HOMERO EXPÓSITO

By Antonio Pippo

-Cuando hablo de cosas pasadas no lo hago con nostalgia ni con melancolía, porque pienso que no soy más que un transmisor de la idea, del espectáculo, de la crónica de lo que ha sucedido. No soy más que un cronista.

Así se confesó, ya mayor, quien fue no sólo uno de los grandes letristas de tango sino una persona culta e inclasificable, cuya vida puede definirse como una aventura repleta de raras peripecias y paradojas: Homero Aldo Expósito, nacido en Zárate en 1918 y fallecido en Buenos Aires en 1987.

El destino lo hizo diferente desde el origen: su padre, un poeta que hablaba cuatro idiomas, nació huérfano en la “Casa de Niños Expósito”, apellido que adoptó cuando legalmente pudo. Homero, su hijo mayor, cuyo apodo familiar era “Mimo”, y que muy pequeño comenzó a leer textos clásicos y, sobre todo, lo esencial de la comedia y la tragedia griegas, aprendió música a los 9 años; su experiencia inicial, junto a su hermano Virgilio – exquisito pianista y compositor- fue una estrafalaria banda de música ligera a la que integraron al baterista Tito Alberti, el padre del contemporáneo y famoso Charly Alberti.

Tan precoz eclecticismo le acarrearía a los Expósito, años después, una resonante polémica con Aníbal Troilo: a fines de la década de 1950, cuando amanecía la decadencia del tango, con poco trabajo para autores y orquestas frente a la invasión de músicas foráneas, Homero y Virgilio compusieron los primeros temas del pop rock local –del tipo de “Eso, eso”– y produjeron al exótico cantante Billy Caffaro, una especie de precursor del Club del Clan. Esto enojó a Pichuco, que durante años y hasta un encuentro “para deponer las armas” promovido por Cátulo Castillo, se negó a saludarlos ni a tocar temas de “aquellos hermanos traidores”.

ESO, ESO, ESO…..

Más aún: por su silencio terco, sobre Homero Expósito pesa todavía un debate de historiadores acerca de cuál fue su primer tango. Unos dicen “Rodando”, de 1928, que lo habría cantado Libertad Lamarque, y otros postulan a “No vendrás”, aparentemente de un año antes. 

Lo cierto es que el autor, quien compuso con su hermano menor y también con otros grandes como Troilo, Maderna, Eladia Blázquez, Astor Piazzolla, Héctor y Atilio Stampone, Enrique Mario Francini, Armando Pontier, Domingo Federico y Argentino Galván, declaró que sus primeros tangos que le merecían respeto fueron “Farol” (1943) y el revolucionario “Naranjo en flor” (1944). Luego, a título de inventario incompleto pero impresionante, hay que recordar a “Absurdo”, “Batilana”, “De zurda”, “Mi cantar”, “Oro falso”, “Óyeme”, “Todo”, “Pigmalión”, “Te llaman malevo”, “Yuyo verde”, “Trenzas”, “Percal”, “Ese muchacho Troilo”, “Flor de lino”, “Pedacito de cielo”, “Barquitos de papel”, “Afiches”, “Maquillaje”, “Pequeña”, “Cafetín”, “Chau, no va más”, “Tu casa ya no está”, “Quedémonos aquí”, “Tristezas de la calle Corrientes”, “Al compás del corazón” y “!Qué me van a hablar de amor¡”, una de las más aplaudidas versiones de Julio Sosa. Es necesario añadir que con Virgilio dio forma final al tango póstumo de Discepolín, “Fangal”,  e hizo –a varios años de creada la música- la letra de “La misma pena”, el primer gran tango, luego de aproximaciones varias, que compuso el enorme Astor Piazzolla.

NARANJO EN FLOR

Para la mayoría de los estudiosos, el mayor de los vanguardistas; el que inventó “luna en sombra/ de tu piel/ y de tu ausencia”, “trenzas de color de mate amargo/ que endulzaron mi letargo gris”, “era más blanda que el agua/ que el agua blanda” o “tu forma de partir/ nos dio la sensación/ de un arco de violín/ clavado en un gorrión”, y el que recreó la rima interna para enfatizar la intención de la frase.

Llamado “el rey de las metáforas”, fue un individuo adelantado a su tiempo en más de un sentido: un bon vivant que alegró las noches porteñas, pero no se le conocieron escándalos; un transgresor radical que, salvo aquella peleíta con Troilo, sólo cosechó amigos; un innovador hasta en la ropa: siempre con lo último y de marca, incluso apelando a vestimentas que iban mejor sobre personas más jóvenes. Pero también fue, más que todo eso, un laburante: -Yo, para estar en la pomada, tengo una disciplina bárbara; buenas y buenas horas de lectura, la piel del alma siempre predispuesta. Y cuando no tengo nada que hacer, estoy hecho un idiota.

Su viuda contó que Homero hizo sesenta y tres versiones de “Chau, no va más”. Algo que cierta noche confesó a Discépolo lo explica:

-No quiero que después aparezca algún boludo y me diga que puse mal una coma.

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