JOSÉ MARÍA CONTURSI

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Entre otras imágenes, el llamado “mayor poeta sentimental del tango” describió: “Cuántos, cuántos años han pasado,/ grises mis cabellos y mi vida,/ loco, casi muerto, destrozado,/ con mi espíritu amarrado/ a nuestra juventud…” (“Cristal”).

Ese hombre fue, por circunstancias de la vida, -una vida que pudo imaginar Jane Austen si hubiese andado por aquí en esa época- un personaje un poco desmelenado de una novela romántica y dramática a la vez. Hablo de aquel a quien, de muchacho, los amigos apodaron “Katunga”, hijo de Hilda Briano y Pascual Contursi, nacido el de 10 de octubre de 1911 en Zárate, provincia de Buenos Aires, y que vivió intensamente la noche y sus fascinaciones desde la adolescencia, arrimado a las ruedas que su famoso padre, creador del tango canción con el mítico “Mi noche triste”, convocaba por su popularidad y bohemia; en ese tiempo el chiquilín se encariñó con el alcohol, tuvo intensos romances, gustó del turf y se hizo hincha de San Lorenzo de Almagro; muchos de aquellos amigos de la noche, varios mayores que él, fueron muy pronto quienes pusieron música a la poesía que comenzó a brotar de su interior: Mariano Mores, Aníbal Troilo, José Dames, Carlos José Pérez de la Riestra (más conocido por “Charlo”), Armando Pontier, Pedro Láurenz, José Tinelli, Osvaldo Fresedo y Héctor Stampone.

En 1935, a sus veinticuatro años, José María Contursi Briano, “Katunga”, afectado por una infección pulmonar por sus excesos, fue obligado a viajar a las sierras de Córdoba, donde la pureza del aire –le dijeron- ayudaría a su recuperación; por pedido de Nelly Omar –que ofició de “puente amistoso”- se alojó en casa de la familia Viganó, en Capilla del Monte. Allí conoció a una jovencita de sólo diecisiete años, Gricel, de la que se enamoró perdidamente: fue un amor pleno, consumado (no sé si me entiende, lector) e intenso; pero ya curado, a “Katunga” le aparecieron sismos de conciencia –era casado y tenía hijos-, la abandonó y volvió a la capital. De semejante desprendimiento nació el más famoso de sus tangos, “Gricel”, con música de Mores, que, a fin de cuentas recoge una historia real. Pero una historia que no terminó del modo que refleja el tango: años más tarde, en 1962, José María Contursi enviudó y se enteró, gracias a los oficios de Cupido de un amigo, el entrañable bandoneonista cordobés Ciriaco Ortiz, uno de los grandes humoristas de la música ciudadana –responsable de afirmar que a Edmundo Rivero los dentistas no le emplomaban las muelas, sino que se las asfaltaban-, de que Gricel se había casado y divorciado: la conclusión fue feliz, ya que ambos se reencontraron, se casaron y vivieron juntos hasta la muerte del autor, el 11 de mayo de 1972; Gricel Viganó lo sobrevivió hasta 1994. Nota final: ambos murieron en Capilla del Monte, Córdoba, el sitio del primer encuentro.

Según Horacio Salas, “Katunga” Contursi fue clave para el éxito del tango en la década de 1940: un elaborado, delicado poeta de la queja sentimental, del dolor por el abandono y de la culpa: “Gricel”, “En esta tarde gris”, “A mí no me hablen de tango”, “Quiero verte una vez más”, “Al verla pasar” (del que hay una memorable versión de Jorge Vidal), “Alondras”, “Cada vez que me recuerdes”, “Tabaco”, “Claveles blancos”, “Entre la lluvia”, “Como aquella princesa”, “Como dos extraños”, “Cristal”, “Sombras nada más”, “Es mejor perdonar”, “Desagravio”, “Cosas olvidadas”, “Garras”, “Si de mí te has olvidado”, “Esclavo”, “Esta noche de copas”, “Mis amigos de ayer”, “Tango triste”, “Verdemar”, “Sólo tú”, “Vieja amiga” y “Toda mi vida”, entre tantos.     

José María Contursi, quien de su matrimonio primero con Alina Zárate tuvo cuatro hijos, compuso su tango iniciático, “Tu nombre”, con música de Raúl Portulés, en una breve visita a Montevideo. Fue locutor de radio, crítico de cine, funcionario público y secretario de SADAIC. Repitió hasta su muerte que “Gricel” era su mejor tango. Para una mayoría de entendidos no es verdad; lo traicionaba el amor. Y esa mayoría sentencia que basta leer hasta una parcial lista de sus obras para darse cuenta.

Hay una frase del mencionado Ciriaco Ortiz que, tal vez, lo describe en su verdadera esencia: -Katunga, no sé si de tanto alcohol que tomó en su vida, porque ¿viste? el alcohol alucina, estaba enamorado del amor más que de una mujer de carne y hueso. Y que me perdone Gricel. Con ella tuvo, sí, una historia para un libro. Pero, en realidad, quedó preso de la seducción de aquellas circunstancias novelescas.

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