LAS PUNTAS DE LA PIOLA

By Antonio Pippo

En el lejano origen de la poesía del tango el primer paso fue dado por el lunfardo. Paso largo.

Mucho más tarde, ahora mismo, cuando sólo se escuchan recreaciones, también hay que hablar de quienes cerraron el ciclo poético clásico.

De aquel cabo de la extensa piola de la letrística tanguera, sin que suponga olvidar a Villoldo ni a Alfredo Gobbi (padre), hay referencias ineludibles: Pascual Contursi, inventor –dicho por enésima vez- del tango canción con “Mi noche triste”, y Celedonio Esteban Flores, el “Negro Cele”.

Contursi, titiritero, vendedor de zapatos, bohemio y mujeriego irredimible, a quien una sífilis condujo a la demencia y murió a los 43 años en el Hospicio de las Mercedes, traído desde París a Buenos Aires con mentiras piadosas por Gardel, inició su carrera en Montevideo, adonde aprendió a colocar letras en tangos musicalmente ya escritos; cantándolos, y pasando la gorrita, se ganó la vida durante unos años en el Moulin Rouge, el mítico cabaré del padre de Gerardo Mattos Rodríguez. De su vasta producción se recuerdan: “Bandoneón arrabalero” (su último tango), “El motivo”, “De vuelta al bulín”, “Ventanita de arrabal”, “El flete”, “La biblioteca”, “La han visto con otro”, “El Cachafaz”, “Ivette”, “La mina del Ford” y, claro, “La cumparsita, en colaboración con Maroni. Sobre este autor, nada menos que Leopoldo Lugones escribió en 1924: “Chicas que arrastran en el tango,/ con languidez un poco cursi/ la desdicha de “Flor de fango”/ trovada en letra de Contursi”.

Dr. Baldomero Fernández Moreno,

Flores, vendedor de diarios, almacenero y boxeador de relativo éxito, tuvo un inicio desafortunado, coqueteando con el modernismo y creando versos olvidables: “Acércate mimosa bajo el parral cargado./ Esta mañana amable, tan dulce y tan serena./ Te quiero tener cerca, que estés bien a mi lado/ graciosamente linda, mimosamente buena” (“Ingenuamente”). Luego, por influencia de Baldomero Fernández Moreno, se convirtió en un descriptivo acuarelista de los barrios y sus personajes; el resto lo hizo su impecable uso del lunfardo. Ahí nació su aporte histórico: “Noches de San Juan”, “Margot”, “Corrientes y Esmeralda”, “Cuando me entrés a fallar”, “Mano a mano”, “Audacia”, “Tengo miedo” o “El bulín de la calle Ayacucho”. En “Las letras de tango” así lo recordó Idea Vilariño: “Es la mejor forma que un dialecto o un vocabulario de grupo –despreciado en este caso- puede incorporarse al idioma mayor, mesuradamente y sin oscurecer el contexto”. Celedonio, que murió en 1947, no alcanzó a leerlo.

En el rabo de de la generosa piola, en cuyo centro están Cadícamo, Manzi, Cátulo, Discépolo, “Katunga” Contursi, Gorrindo, Dames, Caruso, Lepera, Blomberg y tantos más, yo coloco, arbitrariamente, por supuesto, a Eladia Blázquez y a Horacio Ferrer.

Eladia, lamentablemente fallecida hace unos años, tuvo el mérito de brillar en el cielo del tango en la peor época de éste: la década de la invasión de músicas foráneas; su primer tango, y su primer enorme éxito, “Sueño de barrilete”, popularizado por Susana Rinaldi, fue en 1960. Dijo de ella César Tiempo: “La suya es una melancolía patinada de sorna, ansia insatisfecha que se demora golosamente en la esperanza de una felicidad pequeña pero segura”. De padres españoles, a los ocho años cantaba temas de Imperio Argentina; ya adolescente compuso boleros y en plena juventud se dedicó al folclore, hasta que la capturó la magia del tango: “La pasión del escolaso”, “A Cátulo Castillo”, “Somos como somos”, “Qué buena fe”, “Sin piel”, “A un semejante”, “El corazón al sur”.

Horacio Ferrer, más montevideano que la feria de Tristán Narvaja, creó el “Club de la Guardia Nueva”, en 1960 publicó su primer ensayo, “El tango, su historia y evolución”, y en 1967 su primer poemario, “El romancero canyengue”. Su casual encuentro con Astor Piazzolla fue mágico; dejaron más de ochenta obras; entre ellas: “Balada para un loco”, “Chiquilín de Bachín”, “El gordo triste” (en homenaje a Aníbal Troilo), “La última grela”, “Fábula para Gardel”, la múltiplemente versionada “La bicicleta blanca”, valses, milongas y la operita “María de Buenos Aires”. Ha dicho Horacio Salas: “Militante de la metáfora vanguardista, irónica, capaz de mezclar el surrealismo con cierta nostalgia de barrio (…) es autor de , uno de los escasísimos clásicos del tango contemporáneo”:

“Moriré en Buenos Aires, será de madrugada,/ guardaré mansamente las cosas de vivir,/ mi pequeña poesía de adioses y de balas,/ mi tabaco, mi tango, mi puñado de splin…”

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