A, B, C… Y LO QUE VENDRÁ

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Es una precisa definición. Osvaldo Pugliese la repitió en reiteración real, pero prefiero recordar aquella cálida tarde cuando me la dijo en su casa: -El tango ha sido tal, clásico, con su evolución a cuestas, a partir de la Guardia Vieja. Luego vino el A, B, C, el gran Julio de Caro y, finalmente, Piazzolla, el último innovador.

El A, B, C correspondía, en la peculiar visión de Pugliese, a la primera letra de los apellidos de tres músicos que fueron los primeros renovadores: Eduardo Arolas, bandoneonista, Agustín Bardi, pianista y violinista, y Juan Carlos Cobián, pianista.

Eduardo Arolas, bandoneonista, Agustín Bardi, pianista y violinista, y Juan Carlos Cobián, pianista.

Arolas –a quien la leyenda exhibe como un mujeriego apuñalado por un esposo incandescente aunque murió de tuberculosis, a los 32 años, en 1924, en París- aprendió de oído a tocar la concertina y luego la guitarra; llegó al bandoneón, ya con estudios musicales, en 1906. Si bien ha sido discutido como intérprete, inventó el “rezongo del fueye”, el llamado “fraseo”, los ligados (entre distintos instrumentos) y los sonidos octavados para la mano derecha. Cuanto hizo aguanta el paso del tiempo; por ejemplo: “Una  noche de garufa” (su primer tango, de 1909),  “El Marne”, “Derecho viejo”, “Maipo”, “Rawson”, “La cachila” y “Comme il faut”. Apodado “El tigre del bandoneón”, actuó seguido en Montevideo y Carlos de la Púa lo describió así:

-Arolitas fue la emoción más pura que dio el arrabal, con su pinta brava, enfundado en sus leones a la francesa y su simpático aspamento. Llenó una hora grande de la ciudad, que se achicó y estiró al compás de su fueye milagrero de notas rantifusas.

Bardi fue, para muchos, el mayor melodista del tango: su aporte renovador se centró en acentuar precisamente la línea melódica con una, para aquellos años, moderna armonización, aporte que se sumó a las innovaciones de Arolas. Hombre austero, de familia, poco afecto a la noche, jamás quiso formar su propia orquesta pese a que integró celebrados conjuntos de la época. Su primer tango fue “Vicentito” (1911), al cual siguieron, como una cascada, “Gallo ciego” –considerado el antecedente de “La yumba” de Pugliese y de “A fuego lento” de Salgán-, “Lorenzo”, “Tierrita”, “Tinta verde” (la primera grabación de Troilo), “El rodeo” (la inicial de don Osvaldo), “Se han sentado las carretas”, “¡Qué noche!” (inspirado en una imprevista nevada que cayó sobre Buenos Aires), “La última cita”, “La guiñada” y “Nunca tuvo novio”.

Cobián, de conocido afán de ostentación, un “cajetilla” amante de viajes y mujeres –no en balde se casó y divorció dramáticamente de tres hermosas féminas, la última una norteamericana enérgica que lo dejó literalmente “pelado”-, fue un pianista de conservatorio enamorado de lo popular: el primero que adosó al tango modos estilísticos del jazz, además de darle vigor a los solos instrumentales, permitiendo lucimientos individuales muy audaces para la década de 1920, cuando elaboró lo esencial de su obra. Íntimo de Enrique Cadícamo, con él escribió quizás sus mejores tangos, aunque es riesgoso afirmarlo aun repasando una lista parcial: “El orejano”, “El motivo”, “Biscuit”, “Susheta”, “Almita herida”, “Nostalgias”, “La casita de mis viejos”, “Rubí”, “Nieblas del Riachuelo” y “Piropos”.  ¿Anécdotas insólitas? Abundan. Una: viajó apurado a EE.UU. para evadir la conscripción e irse a tocar  jazz con los negros de Nueva Orleans; le erró a la fecha de regreso y lo metieron a un cuartel, en el Casino de Oficiales, adonde le pedían, para aliviarlo, que tocara el piano; de todas formas no la debió pasar bien, pues el único tango que compuso entonces fue “A pan y agua”. Otra: hizo una música preciosa, conmovedora, sin nombre, en 1922; dos amigos le ofrecieron ponerle letra y título y él aceptó; eligieron “Los dopados” y entre el nombre, la censura existente y lo espantoso de la supuesta poesía, la obra derrapó y Cobián la olvidó; recién en 1942, ¡veinte años después!, al frente de un sexteto en un cabaré, volvió a tocar aquella melodía; estaban Troilo y Cadícamo, y Pichuco, impresionado y una vez conocida la historia, conminó al amigo mutuo a escribir otra letra a la altura de semejante hermosura musical; así nació, y se convirtió en un clásico, “Los mareados”.

Julio De Caro

El A, B, C fue la primera evolución estilística del tango y abrió las aguas: quedó por un lado la corriente tradicional, en 2 x 4 elemental, y se creó otra, en 4 x 8 y con más complejidad y calidad, que muy poco después sería el cimiento de la revolución iniciada por Julio De Caro y concluida por Astor Piazzolla.

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