Y TODO CAMBIÓ

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Cuando el adolescente Julio De Caro fue echado de su hogar por su padre, don José, por haber aceptado sin su autorización tocar el violín con Arolas, sólo sus hermanos sabían que un año antes, quinceañero apenas, había debutado nada menos que con la orquesta de Roberto Firpo: fue su gran comienzo, a hombros de la barra de amigos del barrio.

Le compraron ropa nueva y lo llevaron al Palais de Glace, donde actuaba Firpo. Poco antes que éste concluyera, de aquel grupo de chiquilines brotó un grito: -¡Que toque el pibe!

Firpo, sorprendido, preguntó a quién se referían. Luego, invitó a Julio al escenario.

-¿Qué querés tocar? -“La cumparsita”

Y éste es un relato de prensa de la época: -El pibe pidió que la orquesta tocara suave la primera parte. Eso le dio fuerzas para inventar dos contracantos, algunas cadencias, doble de cuerdas y armónicos. En el bis hizo la cuarta cuerda “al cello”. Cuando terminó hubo una ovación y Firpo le dio un abrazo. Y siguió tocando con él, hasta que vino aquella historia con Arolas.

Su última experiencia al servicio de otro fue con el sexteto de Cobián, y la pelea entre ambos detonó lo que vendría. Entonces todo cambió…

En 1924, iniciando su etapa de director sobre la estructura básica de aquel sexteto, Julio De Caro reunió un grupo de buenos músicos convencido de crear un nuevo estilo. De un impulso esencialmente emotivo –según el periodista Jorge Gottling- “salió una verdadera escuela de ejecución musical evolucionada, que habría de significar el movimiento de transformación más importante de toda la historia del tango”. ¿La integración original de la orquesta?: Julio y Emilio De Caro (violines), Pedro Maffia y Luis Petrucelli (bandoneones), Francisco De Caro (piano) y Leopoldo Thompson (contrabajo).

Hubo éxito de inmediato. No obstante, de acuerdo a lo que sostiene la mayoría de entendidos, no fue esa formación con la que De Caro alcanzó su etapa más representativa e influyente entre sus contemporáneos. Al comienzo –escribió Osvaldo Rossler- “se oía la influencia temperamental del bandoneón de Pedro Maffia, de pausada modalidad, con clara  tendencia a matices afiligranados y efectos pianísticos, y una marcada intención hacia el ligado de los sonidos de los diferentes instrumentos”; el fallecimiento del contrabajista Thompson y la posterior desvinculación de Maffia y Petrucelli, obligaron a De Caro a rearmar su agrupación, que, sobre todo con la incorporación de Pedro Láurenz y Armando Blasco en bandoneones, terminó de dar forma a la tan mentada revolución, al “antes y después” que hoy nadie discute.

En “Historias de la orquesta típica” dice Luis A. Sierra: “El tango, a partir de ahí, fue más música. El acompañamiento armonizado del piano, los fraseos y las variaciones de los bandoneones, los contracantos del violín tejiendo agradables contrastes con el tema central y los solos de piano y bandoneón, expresados por una riqueza armónica y sonora hasta entonces desconocida, implicó el aporte más valioso que se introdujo en la ejecución del tango”.

Y como compositor, De Caro legó temas inmortales: Boedo, Tierra querida, Mala junta (en colaboración con Láurenz), El monito, Olimpia, Copacabana, La rayuela, Chiclana, El tigre del bandoneón (un sentido homenaje a Arolas), Todo corazón, Mala pinta y Sueño azul, entre tantos otros.

Dijo Pugliese: “A partir de él todos fuimos decareanos”. Verdad a medias, sí. Válida, en todo caso, para las orquestas que han representado, desde el punto de vista de la riqueza instrumental y cada una con sus propios matices, lo mejor: el propio don Osvaldo, Horacio Salgán, Aníbal Troilo, Carlos di Sarli, Mariano Mores, Argentino Galván, Raúl Garello, Osvaldo Piro o Astor Piazzolla (que hizo sus propios aportes revolucionarios), en una lista incompleta. Por carriles asentados en la tradición original del 2 x 4, y también cada una con sus peculiaridades, siguieron otras –y aquí ya es una cosa estrictamente de gustos, muy subjetiva-: Francisco Canaro, Juan D’Arienzo, Alfredo de Ángelis, Ángel D’Agostino, Francisco Rotundo, Ricardo Tanturi, Héctor Varela, Donato Racciatti y varias más.

Julio De Caro fue un hombre de respeto. Pero no escapó al “mal paso” tanguero; una noche, durante una fiesta pituca y con copas de más, intentó un acercamiento a cierta dama, bonita y por más datos casada. (Esta anécdota también ha sido adjudicada a un poeta mexicano exiliado en Argentina, amigo del músico).

-¡Señor De Caro! Creí que era un caballero…

-Lo soy… Pasa que ahora estoy muy caliente…

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