EL PIRINCHO MARAGATO

By Lic.: Antonio Pippo

-¡Parece un pirincho! –gritó la partera, sorprendida por el pelo del niño que nacía, que la hizo imaginar a ese pájaro encrestado, así llamado, tan común en el Río de la Plata.

Ocurrió el 26 de noviembre de 1888 y desde entonces “Pirincho” fue el apodo de Francisco Canarozzo, luego conocido como Francisco Canaro, nacido en una pobrísima casa de San José de Mayo, Uruguay, hijo de un inmigrante italiano que, por la falta de trabajo, decidió probar fortuna en Buenos Aires cuando quien sería un pionero del tango era un niño de corta edad.

La mudanza poco cambió: Francisco Canaro y sus hermanos se criaron en un conventillo; él no tuvo estudios y sí trabajo desde chico; fue pintor de brocha gorda y, ya adolescente, obrero de una fábrica de latas de aceite. En esa época se despertó su vocación musical y una anécdota pinta a cabalidad su fuerza de carácter: con un envase de la fábrica construyó la “caja” de un violín improvisado, a la que añadió un palo donde forjó el diapasón. ¿El resto? Un estuche que le armó la madre. Con tamaño “instrumento” –para algunos el precursor de los inventos de Les Luthiers- ganaba monedas en los bailes del barrio: -El primer tango que saqué de memoria, de un autor desconocido, fue “El llorón”, porque yo no sabía música.

Alfredo Gobbi,

La de Francisco Canaro, nacionalizado argentino en 1940, fue, luego del empuje inicial de la agrupación de Vicente Greco, su mentor, en 1911, sin dudas la orquesta más importante de la etapa primordial del tango y de la Guardia Vieja. Pero sus méritos van más allá: pionero (junto a Alfredo Gobbi, el sanducero) de la conquista de Europa, violinista, director y compositor, cruzó por casi todos los estilos –incluso el tango sinfónico-, fue uno de los fundadores de SADAIC para defensa de los autores, llevó al tango al protagonismo de los espectáculos teatrales y pasó por el cine como compositor, productor y actor.

Sus primeras obras fueron “Pinta brava”, “Matasanos” (en homenaje a los estudiantes de la Facultad de Medicina que organizaban en los hospitales los insólitos “bailes del internado”), “Charamusca” y “El chamuyo”, a las que siguieron –aquí en incompleta lista- sus temas clásicos: “El halcón negro”, “Sentimiento gaucho”, “El pollito”, “Nueve puntos”, “La última copa”, “Madreselva” y “Tiempos viejos”.

En 1932 grabó el himno del Club Atlético River Plate –el que aún se escucha- tomando la melodía de “It’s a long way to Tippereroy” y con letra de Arturo Antelo.

Canaro inició su actividad profesional en el perdido pueblo de Ranchos, a 100 kilómetros de Buenos Aires, junto al pianista Samuel Castriota y al bandoneonista Vicente Loduca, trío que, tras accidentada y breve gira por pequeños lugares, recaló en La Boca en 1906. Para 1910, el maragato ya integraba la orquesta de Vicente Greco y poco después armó otro trío, esta vez junto  a José Martínez y Pedro Polito, pasó a un quinteto que se presentó brevemente en el Royal Pigalle y en el Armenonville, integró tres orquestas distintas, de actuaciones simultáneas, cada una capitaneada por alguno de sus hermanos pero todas bajo su rígida, estricta dirección y finalmente se concentró en su “gran orquesta típica”; por pura diversión armó también el “Quinteto Pirincho”, de relativa continuidad aunque muy orgulloso de exhibir la cucarda de unas pocas grabaciones antológicas.

Pirincho hizo fortunas gracias a su habilidad empresarial; no figura entre las orquestas más sutiles de la historia pero esto es tan verdad como aquella frase de Horacio Ferrer: “Sin Canaro, el tango no hubiera sido lo que llegó a ser”.

Francisco Canaro murió el 14 de diciembre de 1964 en Buenos Aires, no sin dejar el recuerdo de algunas peripecias que todavía resuenan. Desde mediados de la década de 1920 hasta principios de la de 1930 introdujo, junto a René Cóspito, el jazz en la Argentina. Fue amante –dispendioso, hay que decirlo- de la impar cancionista Ada Falcón, relación que terminó con una crisis psicológica de ésta, que desapareció en pleno éxito y fue hallada años después internada en un convento de monjas terciarias de la localidad de Salsipuedes, en Córdoba. Y su ciclo primero en Ranchos se frustró por causas que hoy llaman a sonreír. Una: hubo que reforzar el palco con chapas de acero debido a los balazos que, a veces, solía intercambiar la clientela; otra: como Canaro se metía con las mujeres del lugar, el encargado lo encaró, de frente y sin anestesia, y le espetó:

-Tratá de rajar antes que me caliente. Mirá que ya tengo varias muertes en el lomo…

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