EL GORDO TRISTE

-¿Sabés lo que pasa, piba? Esta noche tengo unas ganas de morirme que no puedo más… –le dijo de pronto “el gordo triste” a la periodista uruguaya María Esther Gillio, quien le hacía un reportaje impar y conmovedor, probablemente el mejor.

No fue una respuesta. María Esther hurgaba en los meandros del espíritu de aquel hombre del que quería capturar su mismidad. Fue el acto espontáneo de confesión de un melancólico.

Aníbal Carmelo Troilo Bagnoli (11 de julio de 1914 – 18 de mayo de 1975, Argentina), fue conocido como “el gordo triste” o “el bandoneón mayor de Buenos Aires”, recibió el apodo de “Pichuco” –inmortal si los hay- de su padre, descendiente de inmigrantes italianos, supuestamente por una deformación del napolitano “picciuso” (llorón), y vio la luz en una casa humilde de las cercanías del Mercado de Abasto. A los 10 años se había enamorado del bandoneón; su madre le compró uno, Doble A, y permitió su iniciación, un año después, en un bar de las cercanías y, enseguida, en el Cine Petit Colón.

-¿Por qué hay tantas madres en el tango? –preguntó Gillio.

-¿Y dónde carajo querés que estén las madres? –contestó él, añorando quizás esa peripecia materna.

Bandoneonista, compositor y director de orquesta, Troilo tuvo una agitada vida artística: integró una orquesta de señoritas, en 1914 formó un quinteto de escasa duración, pasó por diversas agrupaciones –las de Juan “Pacho” Maglio, D’Arienzo, D’Agostino, De Caro y Cobián-, pero la estela de luz que bendijo a su bandoneón lo inundó todo cuando integró, junto a su principalísimo mentor, Ciriaco Ortiz, el famoso sexteto Vardaro-Pugliese; del cordobés, rey de las anécdotas humorísticas –“Pichuco no es gordo; de puro haragán se le cayó el pecho”- aprendió el fraseo del fueye; y en julio de 1937, con la mayoría de músicos que habían tocado con Ortiz, formó su propia orquesta y debutó en el cabaré Marabú. Según Blas Matamoros, “empieza siendo un decareano, como casi todos entonces, gobernante de una orquesta gregaria con su particular forma de ritmo (…) con unos arreglos contrapuntísticos del bandoneón director, pero va evolucionando (…) hacia el solismo melódico, con roles intercambiables, tratando de reflejar el gusto de la gente que bailaba”.

Tuvo los mejores cantores (Fiorentino, Rivero, Marino, Ruiz, Goyeneche y tantos más) y arregladores de primer nivel –algunos no integraron la orquesta-: su joven primer bandoneonista Astor Piazzolla, quien lo acompaño desde 1939 a 1944, Argentino Galván, Ismael Spitalnik, Emilio Balcarce, Eduardo Rovira, Julián Plaza y Raúl Garello. Su estatura de compositor se advierte, imponente, hasta en un repaso limitado: La trampera, Milonguero triste, Barrio de tango, Romance de barrio, Sur, María, Garúa, La última curda, Che bandoneón, El último farol, Discepolín, Naipe, Garras, Patio mío, A Homero, La cantina, Te llaman Malevo, Pa’que bailen los muchachos, A la Guardia Nueva, Toda mi vida, Mi tango triste, Yo soy del 30 y el peculiar, emotivo y recitado Nocturno a mi barrio.

El gordo triste aprovechó hasta la última gota de su existencia: con la orquesta a plena marcha, en 1953 armó un histórico dúo con el eximio guitarrista Roberto Grela, tocando “a la parrilla”, con arreglos sobre la marcha; luego formó un cuarteto con Ubaldo de Lío (guitarra), Berlingheri (piano) y Del Bagno (bajo) y se dio el lujo de grabar un disco a solas con su primer “pichón”, Piazzolla. Hizo espectáculos teatrales, giras por el mundo y cine: Los tres berretines (1933, apareció junto a Sandrini, brevemente, acompañando al cantor Luis Díaz), El tango vuelve a París (1948), Mi noche triste (1952), Vida nocturna (1955), Buenas noches Buenos Aires (1964), Somos los mejores (1968) y El canto cuenta su historia (1972).

A continuación las peliculas Completas: Los Tres Berretines [1933] – El Tango vuelve a París [1948]Mi noche triste [1952]

Duración 57min. 37seg.

En 1938 se había casado con la griega Ida Dudui Kalacci, “Zita”, a la jamás abandonó pese a su afición por mujeres de la noche, el alcohol y la cocaína, un cóctel que acentuó la infinita tristeza que nadie supo nunca de dónde le venía. Cuando murió su íntimo amigo Homero Manzi se encerró en la cocina y compuso, de un tirón, el memorable “Responso”, más que un tango un réquiem: esa muerte lo deprimió largo tiempo y hay quienes dicen que le fue imposible recuperarse del todo.

Su compleja personalidad, entrañable y oscura, tal vez quede resumida en esta frase:

-Se dice que yo me emociono demasiado a menudo y que lloro cuando toco. Sí, es cierto. Pero nunca lo hago por cosas sin importancia. Con el bandoneón estoy solo, o con todos, que viene a ser lo mismo.  

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