EL GENIO Y LA FURIA (I)

By Antonio Pippo

-Sí, es cierto. Soy un enemigo del tango, pero como ellos lo entienden. Siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado también debe cambiar la música de Buenos Aires. Somos muchos los que queremos cambiar el tango, pero estos señores que me atacan no lo van a entender jamás. Yo voy a seguir adelante a pesar de ellos.

Una frase, apenas, en 1954, cuando se prefiguraba el decaimiento del tango. Fue una breve explosión de la furia que acompañaba al genio, a causa de las críticas de los tradicionalistas: Astor Pantaleón Piazzolla Menetti (Mar del Plata, 11 de marzo de 1924 – Buenos Aires, 4 de julio de 1992) –apodado “El Gato” por Aníbal Troilo- cayó, de todos modos, en un simplismo reductor. Ya era entonces, quizás junto al olvidado y efímero Eduardo Rovira, la revolución del tango clásico. Pero aquella furia pasó, injusta, por encima de aportes que se mantendrían y que habían alimentado su propia creatividad: Arolas, Bardi, Cobián, De Caro, Pugliese y su amado gordo triste, que le borraba, con una goma que llegó a odiar, algunos de sus atrevidos arreglos iniciales.

La vida de Piazzolla fue, en sí misma, como la letra de un tango. Muy chico aún viajó con su familia y se radicó en Nueva York. Según Horacio Salas, “al cumplir nueve años, su padre, que era peluquero, le regaló un bandoneón de segunda mano que había comprado por 18 dólares en un pequeño negocio portuario”. Y aunque a Astor le apasionaba el jazz, y ese instrumento no le parecía adecuado para sus jugueteos al estilo de los negros que tocaban en las esquinas, debió estudiar solfeo y un mínimo de digitación y aprenderse unos tangos. Tras un corto regreso a la Argentina, la familia volvió a Estados Unidos y la formación del futuro genio subió varios peldaños: alumno primero de Tereg Tucci –un argentino que fue director musical y cinematográfico de Gardel- pasó luego por la escuela de Bela Wilda, discípulo de Rachmaninoff. A los trece años, ya tocando aceptablemente el fueye, integró la orquesta, conducida por Tucci, que acompañó a “El Mago” en “El día que me quieras”, película en la que, además, tuvo una brevísima aparición actoral en el papel de un pibe vendedor de diarios.

De vuelta a su país natal, con las neuronas agitándose a la búsqueda de ideas inéditas para convertirse en un revulsivo del “tango viejo y gastado”, Astor tuvo que pelearla duro: pasó por orquestas de segunda categoría y actuó brevemente con Miguel Caló. ¿El gran salto? Cuando convenció a Pichuco de ser uno de sus bandoneonistas “porque se sabía todo el repertorio de memoria”. En esa etapa de fermentación –que transcurrió desde 1939 a 1944, cuando se independizó- Piazzolla tuvo dos experiencias que lo marcaron para siempre: la primera, haber sido arreglador de la orquesta de Troilo, pese a que éste siempre lo limitó bastante, aunque con la mejor intención, ya que, decía, “el chiquilín ‘gatilla’ muy bien, ¡qué velocidad!, pero se me pira demasiado”; y más tarde completar su perfeccionamiento técnico nada menos que con Alberto Ginastera. Despegado del gordo triste, con quien mantuvo siempre, sin fisuras, una relación de afecto y respeto, Piazzolla formó su propia orquesta, que sonaba extraordinariamente parecida a la de Troilo, a fin de acompañar al cantor y antiguo bandoneonista Francisco Fiorentino, que también buscó su destino separándose de Pichuco. Más tarde realizó la música para varias películas, disolvió aquella orquesta y se dedicó a hacer arreglos para directores con los que había establecido cierta empatía: José Basso, Miguel Caló y Francini-Pontier.

Precisamente por consejo de Ginastera, el mismo año de la frase del inicio, Piazzolla presentó su “Sinfonía de Buenos Aires” al famoso concurso Sevitzky: obtuvo el primer premio y la obra produjo un escándalo en su estreno por la incorporación de bandoneones en una presentación de “música culta”.

Ya había empezado a grabar sus primeros temas –uno fue “La misma pena”, creado poco más que en su adolescencia y al que en 1953 puso letra Homero Expósito-, y otros varios en París –“Prepárense”, “Picasso”, “Sens unique”, “Imperial” y “Marrón y azul”– adonde había ido a estudiar con Nadya Boulanger.

-Toque algo –le dijo el primer día.

Astor hizo una obra clásica.

Ella pensó unos instantes y ordenó: -Ahora haga un tango.

La complació.

-¿Sabe, Piazzolla? Usted toca muy bien. Pero no abandone el tango. Es lo suyo.

No hubo furia. El genio vio con claridad, por primera vez, el camino que se abría ante él.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .