EL GENIO Y LA FURIA (II)

Hay una frase de Julio Nudler que, tal vez, sintetice la dimensión de Astor Piazzolla en la historia del tango, al tiempo que describe lo que ha estado ocurriendo después: -Piazzolla no es sólo el músico de tango más célebre del mundo, sino también un compositor cultivado por notables concertistas internacionales, conjuntos de cámara y sinfónicas (…)
By Antonio Pippo

Hay una frase de Julio Nudler que, tal vez, sintetice la dimensión de Astor Piazzolla en la historia del tango, al tiempo que describe lo que ha estado ocurriendo después: -Piazzolla no es sólo el músico de tango más célebre del mundo, sino también un compositor cultivado por notables concertistas internacionales, conjuntos de cámara y sinfónicas (…) Es posible que haya llevado el tango hasta sus límites (…) A quienes lo siguieron y vinieron después, les legó el problema de sustraerse de su influencia y encontrar un nuevo rumbo. Pero hasta ahora es sólo una colección de intentos, algunos importantes aunque insuficientes”.

Si bien quiso mucho a Troilo, sus mayores admiraciones musicales fueron destinadas a Alfredo Gobbi (hijo), “el violín romántico del tango”, que lo influyó particularmente en la concepción moderna de las melodías, con la incorporación de matices del clasicismo romántico, y –en especial- el renovador Pugliese, del que Raúl Garello ha afirmado que prefiguró al Piazzolla más moderno pero tanguero al fin a través de una trilogía de la década de 1940: “Negracha”, Malandraca” y “La yumba”; el propio Astor admitió que su peculiar marcación rítmica para la orquestación, así como sus transformaciones contrapuntísticas, se inspiraron en el primero de esos tangos de don Osvaldo. Es más: hubo entre ellos un respeto inalterable, sostenido a través del tiempo; Pugliese hizo espléndidas grabaciones de varias obras de Piazzolla –“El cielo en las manos”, “Marrón y azul”, “Zum”, “Verano porteño”, “Balada para un loco” y “Adiós Nonino” (de 1959, réquiem por la muerte del padre) mientras Astor llevó al disco el iniciático “Negracha” y el ilustre “Recuerdo”. Además, tocaron la misma noche en un teatro de Holanda, cerrando la presentación juntos con “Adiós Nonino” y “La yumba”.

Ahora bien: la renovación piazzolleana del tango, que incluyó aportes de la música clásica e incluso del jazz tradicional, es la obra de un genio pero también en ella hay furia. ¿De dónde viene esa tensión, esa ansiedad, hasta esa agresividad expresada instrumentalmente y en las actitudes? ¿Sólo de la incomodidad por las críticas de los tradicionalistas? No, no. Tal vez la respuesta esté en otra parte. Ya maduro, Astor confesó: -Mi infancia la viví en un  barrio violento, porque existía hambre y bronca. Crecí viendo todo eso. De todas maneras, Nueva York, la calle Ocho, Al Jolson, Gershwin, Sophie Tucker cantando en el “Orpheum”, un bar en la esquina de nuestra casa… Todo eso, más la violencia, está en mi música, en mi vida, en mis relaciones, en mi conducta.

El genio furioso tuvo una vida profesional intensa. Para entenderla bastan unos pocos hitos: en 1950 compuso la banda sonora de “Bólidos de acero” y más tarde de otras cuarenta películas; en 1952 hizo “La epopeya argentina”, un panegírico sinfónico al gobierno peronista; entre 1955 y 1959 desarrolló múltiples intentos de fusión con el jazz; en 1960 creó la primera versión del Quinteto Nuevo Tango –con Jaime Gosis (piano), Simón Bajour (violín), Kicho Díaz (contrabajo) y Horacio Malvicino (guitarra eléctrica)-: de esa época son “Las Estaciones”, “La serie del Ángel”, “La serie del Diablo”, “Revirao”, “Calambre”, “Franacapa”, “Decarísimo” y otros; en 1963 formó El Nuevo Octeto –con Francini y Barale (violines), Pansera (bandoneón), Bragato (violoncello), Nicolini (bajo), Malvicino (guitarra eléctrica) y Atilio Stampone (piano)-; en 1968 se vinculó con Horacio Ferrer, compuso con él, entre varios temas, “María de Buenos Aires” (una operita), “Balada para un loco” y “Chiquilín de Bachín” y rearmó el Nuevo Quinteto, por el que pasaron, sucesivamente, Vardaro, Antonio Agri, Malvicino, López Ruiz, Kicho Díaz, Cacho Tirao y Suárez Paz; en 1971 recompuso el viejo Octeto y a partir de 1974 insistió en tocar con grandes músicos del mundo, por ejemplo el saxofonista norteamericano Gerry Mulligan, creando sus obras más largas.

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Compositor impar, legó a la historia otros tangos memorables: “Lo que vendrá”, “Contrabajísimo”, “Retrato de Alfredo Gobbi”, “Kicho”, “Sideral” y más.     

Astor Piazzolla hizo, casi al final de su vida, un reconocimiento revelador a Nadya Boulanger: -Ella me enseñó a creer que mi música no era tan mala como creía. Yo pensaba que era una basura porque tocaba tangos en un cabaré. Y resulta que yo tenía una cosa que se llama estilo”.

Y desnudó su mismidad: –Me propuse mil veces hacer algo mejor a “Adiós Nonino” y no pude. De él me gusta, sobre todo, su glorioso final triste”.

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