LA AVENTURA DEL TANGO: DETRÁS DEL MÁS GRANDE

By Antonio Pippo

Ya dije, basándome en un consenso de entendidos y más allá de matices inevitables: Astor Piazzolla, con su obra revolucionaria, abarcadora y hasta polémica, cerró la extensa trayectoria evolutiva del tango clásico.

A lo largo de lo compartido con los lectores han ido surgiendo, con trazo de pincelada rápida, a diferencia de cinco o seis músicos de porte indiscutible, algunos otros nombres que merecen el honor de ser llamados renovadores; como mi compromiso ha sido la síntesis y ella exige elegir a unos cuantos entre muchos, a ellos iremos; es un acto subjetivo, sí, pero que se me ocurre necesario.

Ciriaco Ortíz

Ciriaco Ortiz quizás tenga hoy, al repaso veloz de la gran peripecia del tango, más perfil de bohemio y humorista que de creador de una línea estilística de vieja data que influyó a lo largo del tiempo. Claro, fue quien se ocupaba de la edad de Tania –“no la confesó nunca porque tiene todos los años y camina así, a los saltitos, porque nació cuando la Tierra todavía estaba caliente”-, de las partes del cuerpo de Edmundo Rivero –“sólo una vez la mujer lo amenazó con el divorcio: fue cuando quiso aprender a tocar las castañuelas, porque ella cantaba zarzuelas, y arrancó las tapas del wáter”-, o de los amores prohibidos del ambiente. Pero el cordobés Ciriaco fue un bandoneonista, director y compositor de vanguardia que, con el fueye, según Oscar Zuchi “aportó algo totalmente distinto con su particular fraseo octavado, haciendo “cantar” al instrumento; su concepción de los rubattos ha sido comparada con el punteo de los guitarreros criollos y fue un gran repentista, creando adornos o adosando apoyaturas o mordentes (…) donde se podía advertir un tinte campesino, quizás herencia de sus propias interpretaciones del folclore argentino”. No en vano Troilo lo reconoció como uno de sus maestros.

Sebastián Piana

Sebastián Piana, pianista, director, compositor y docente, hizo historia no sólo con algunos tangos inolvidables –“Silbando”, “Tinta roja”, “El pescante”, “De barro”, “No aflojés”, “Viejo ciego”, “Son cosas del ayer”, etcétera- sino a través de su “sociedad creativa” con Homero Manzi que sirvió para una hasta entonces impensada revolución de la milonga tradicional: ellos hicieron “la milonga ciudadana” (o urbana) y “la milonga candombe” (o negra), en este caso fusionando dos ritmos de diferente origen y en los que, siempre, la música se componía primero y luego se adaptaban las letras. ¿Ejemplos dorados? “Milonga del 900”, “Milonga sentimental”, “Milonga triste” y “Pena mulata”, “Ropa blanca” o “Negra María”. Hubo algún tropiezo al comienzo, claro: Rosita Quiroga, una institución de aquellos años, le pidió al dúo una milonga especialmente para su estilo –decía, más que cantaba- tan peculiar; con orgullo le llevaron “Milonga sentimental” y Rosita tiró la partitura lejos, con gesto de enojo, y dijo: -¿No me conocen? ¿Quién creen que soy, Libertad Lamarque?  

Eduraro Rovira

Eduardo Rovira, bandoneonista, director y compositor, dejó escritos ciento cincuenta tangos, ciento veinte obras de cámara y unas cien destinadas a diferentes instrumentos. A juicio de Horacio Salas, “influido por Bela Bartok, bajo la sombra permanente de Bach, no pudo escapar a la influencia de Piazzolla, aunque su música fue mucho más cerebral, casi matemática, pero tuvo, igual, muchos seguidores”. Sus principales tangos: “Preludio de la guitarra abandonada”, “Azul y yo”, “Sónico”, “Solo en la multitud”, “Bandomanía” y “A Evaristo Carriego” (del que hay una versión impresionante de Osvaldo Pugliese).

Horacio Salgán

Finalmente, Horacio Salgán, pianista, director, compositor y arreglador, fue un artista completo. De nuevo apelo a Salas: “Salgán puede ser juzgado como uno de los mayores pianistas de la historia del tango, como un gran compositor y como un arreglador que vistió de lujos precisos, aunque sin exageraciones ni barroquismo, los viejos temas que eran sólo melodías más o menos felices”. Después de cada arreglo de Salgán, ningún tango fue el mismo, pese a que siempre respetó su esencia. Se ha dicho de él, además, que fue una especie de prestidigitador comparable a unos cuantos creativos del jazz como Art Tatum y Fats Waller. En la lista de sus mejores tangos, distintivos, reconocibles, de enorme belleza melódica, figuran: “La llamo silbando”, “Grillito”, “Tango del eco”, “Aquellos tangos camperos”, “Homenaje a Pedro Láurenz” y, particularmente, “A fuego lento”, que marcó, junto a “La yumba” de Pugliese, la nueva vanguardia luego de Julio De Caro y por la cual progresó enseguida Astor Piazzolla.

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