MUJERES DEL TANGO (II)

By Antonio Pippo

Fue llamada en la Argentina “la dama del tango” –calificativo que los uruguayos aún usamos para referirnos a Olga del Grossi, que bien merecido lo tiene- y, según un amplio consenso entre entendidos, fue la mejor cancionista de todos los tiempos.

OLGA DEL GROSSI

Mercedes Simone (1904 – 1990) también probó suerte como actriz, con relativo suceso, y como letrista, sin mayor éxito. En su niñez y hasta su juventud, vivió una vida itinerante: hija de quien fuera cochero del doctor Dardo Rocha, nació en Villa Elisa, provincia de Buenos Aires, se mudó a La Plata, se casó allí con Pablo Rodríguez, un músico de escaso brillo, volvió al pueblo natal y, finalmente, ya rodeada del éxito, se radicó en Buenos Aires. El empujón inicial se lo dio Rosita Quiroga, que ya era una figura consagrada, luego de escucharla durante una gira por pueblos de la provincia; gracias a ese apadrinamiento debutó en 1928 en radio Splendid y paso más tarde a radio Belgrano, con mayor audiencia. Fue una carrera meteórica que incluyó el cine, espectáculos en los más renombrados teatros, giras por América Latina y EE.UU. –aún es venerada en Méjico, Colombia, Cuba, Brasil y otros países- y la grabación de más de 240 temas, entre los cuales paga la pena recordar –cantada en su madurez- la enorme “Milonga triste” de Manzi y Piana.

En su filmografía figuran la mítica “Tango”, primer filme argentino sonoro, dirigido por Luis Moglia Barth, “La otra y yo”, “Ambición”, “La Vuelta de Rocha” y “Sombras porteñas”. Entre sus letras de tango se incluyen: “Angustias”, “Ríe, payaso, ríe”, “Oiga, agente”, “Zapatos blancos”, “Te quedás pa’ vestir santos”, “Inocencia”, “Gracias a Dios” y “Cantando”. Estudió canto con un maestro de ópera del teatro Marconi y, a juicio de varios historiadores “creó un estilo propio, diferente para su época, escapando del costumbrismo campero de su mentora Rosita Quiroga, los requiebros reos de Sofía Bozán, los agudos aniñados de Libertad Lamarque, el dramatismo exagerado de Azucena Maizani y las desproporciones sensuales de Ada Falcón”.

A continuación la película TANGO restaurada.

“Mágica, severa y profunda, recuerda en cada presentación, en cada disco, que el tango es mucho más que una música popular, que es una manera de ser, de reconocerse y de entender la vida”: así ha definido Horacio Salas a

Susana Rinaldi(La Tana – 1936), tal vez la más completa cantante viva del tango. Fue primero actriz –egresada del Conservatorio Nacional de Arte Escénico, a comienzos de la década de 1960-, y luego cantante. Su vinculación a grupos de nuevos poetas –grabó discos diciendo poemas-, surgidos precisamente durante esos años, y su formación cultural y profesional, le dieron ventaja sobre sus colegas y, de inmediato, fue la preferida de los grandes maestros. En la presentación de su segundo disco, dijo Cátulo Castillo: “Ella es la nueva forma, la cosa diferente que abre el horizonte, inaugurando un arte minucioso y sutil, caviloso y vibrante (…) Canta develando el espíritu recóndito que tienen las palabras que se muerden así, ‘tanguipensando”, con un arte rioplatense inconfundible, que está en la verdad del hecho sin estafas”. Y en palabras de Salas: “Dueña de una voz profunda, bien modelada, su timbre grave y afinadísimo transforma cada historia en un monólogo dramático, en el cual cada palabra está sopesada, medida (…) Su conocimiento de la imagen poética, del valor de la metáfora y de la ubicación del vocablo en el fraseo, para subrayar o rematar un texto, convierten a sus tangos en un ejercicio del que participan por partes iguales la actriz y la cantante”. En su antología figuran las interpretaciones de “Sobre el pucho”, “Oro y plata” “Negra María”, “Desencuentro”, “Patio mío”, “Pedacito de cielo”, “Canción desesperada”, “El corazón al Sur”, “Sueño de barrilete”, “La última grela”, “El último farol”, “El aguacero”, “Tinta roja”, “Caserón de tejas” y “La última curda”, entre muchas más. La Rinaldi ha recorrido el mundo, cantó en el Olympia de París y en la Scala de Milán y ha sido designada embajadora de buena voluntad de la UNESCO, una de tantas distinciones recibidas a lo largo de su prolífica trayectoria.

Artista impar, no escapó al filoso humorismo de Ciriaco Ortiz, a quien tanto hemos aludido en esta aventura del tango. Se sabe que Susana tiene una dentadura prominente. Un día, en el café, Ciriaco contó que había tenido un problema, con infeliz resultado, porque le empezaron a amarillear esos dientes tan notorios:

-¿Qué hago doctor? –le preguntó ella al dentista.

-Y… póngase una chaquetita marrón…

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