CAMBALACHE

By Antonio Pippo

Hay un tema, en la azarosa y extensa historia del tango, que busca un objetivo inalcanzable –quizás, quién sabe-: Cambalache, de Enrique Santos Discépolo (Buenos Aires, 27 de marzo de 1901 – 23 de diciembre de 1951), compuesto en 1934.

Sergio Pujol foto:Eugenia Kais 2018

El historiador Sergio Pujol ha dicho: “No es sencillo saber qué es lo que Discépolo ha estado denunciando todo este tiempo: la fatalidad no se puede prevenir y los males del mundo no son responsabilidad de nadie en particular. El malestar discepoliano, una atadura a la vez firme y sutil con la modernidad, nunca se dejó leer en clave política de modo transparente. En su complejidad está su magia”.

-Como los criminales, como los novios y como los cobradores, yo regreso siempre… –nos propinó alguna vez, con su ironía a flor de piel, el inclasificable autor.

Recordemos, pues, a Cambalache: fue creado especialmente para la película El alma del bandoneón, de cuyo guión participó Discépolo, y desde su nacimiento causó problemas. Sofía Bozán intentó cantarlo antes del estreno del filme, en una revista en el teatro Maipo, pero se apersonó un abogado para impedírselo, aduciendo ser el apoderado de quien había adquirido los derechos del tango para el cine, Atilio Mentasti, el productor. Debió ocurrir una mediación de Luis César Amadori, responsable de la revista y amigo de Discepolín, para calmar las aguas por unos días. Rápida, astuta, provechando la nueva situación, “La negra” Bozán se sacó las ganas y estrenó la zarandeada obra donde quería, en el Maipo. Poco después, pero ya en 1935, se exhibió El alma del bandoneón, dirigida por Mario Sóffici para Argentina Sono Films, con la actuación, entre otros, de Libertad Lamarque, Santiago Arrieta, Dora Davis, Pepita Muñoz, Ernesto Famá, Charlo, Francisco Lomuto y Miguel Gómez Bao.

También se ha discutido acerca de cuál fue la primera grabación de Cambalache. Tras varios años de disputas, entre investigadores e historiadores se alcanzó un consenso: la primera placa fue la de la orquesta de Francisco Lomuto, con la voz de Fernando Díaz, grabada en el teatro Odeón. En marzo de 1935 fue Francisco Canaro quien registró su versión con el cantante –en ese entonces estribillista- Roberto Maida; Tania recién lo grabó al año siguiente para el sello Pathé de Francia, con el acompañamiento de una orquesta dirigida por el propio Discépolo. Entre las versiones con más difusión hasta el presente figuran la de Juan D’Arienzo con Alberto Echagüe y dos del uruguayo Julio Sosa: la del 23 de febrero de 1958 con Armando Pontier y la del 2 de julio de 1964 con la orquesta dirigida por Leopoldo Federico.

Describir la vida, quizás en un momento determinado. Una canción popular debe ser siempre el problema de uno padecido por muchos… –respondió el narigón genial, cierta vez, a la pregunta de qué había buscado con un tango tan dramático.

Hay algo más. Parafraseando a Héctor Ángel Benedetti: para establecer la decadencia del siglo XX, la letra de Cambalache pone en contraste figuras tan dispares como Alexander Stavisky (un estafador), San Juan Bosco (un sacerdote que fundó la Orden de los Salecianos), la Mignón (personaje de dos novelas francesas y casi un sinónimo de “mantenida”), don Chicho (hubo dos reconocidos, “Chicho Grande” y “Chicho Chico”, hampones rosarinos), Napoleón (militar y emperador), Primo Carnera (boxeador italiano campeón de peso completo) y San Martín (héroe nacional argentino). En algunas versiones se reemplaza a alguno de ellos por Scarface (delincuente norteamericano), Yatasto (caballo de carreras) y José Gatica (boxeador argentino).

Por si faltasen argumentos, se ha sentenciado que una prueba de la vigencia absoluta de Cambalache es que figuró en las “listas negras” que el llamado Proceso de Reorganización Nacional, dictadura argentina que duró entre 1976 y 1983, armó para impedir la difusión de todo aquello del arte popular que consideraba “peligroso”.

No hallo nada mejor, para cerrar el bosquejo histórico de tamaño tango, y de su autor, que esta referencia de Gustavo Varela: “Discépolo no es débil, no es un arlequín de tristeza oculta; no es carroña de buitres, ni un alma que requiera de un abrazo cualquiera (…) Es él, uno, siempre uno. Y en su obra, de tanta pasión singular, de tanta intimidad expuesta, de tanta aristocracia sensible, se abraza solo”.

Que el mundo fue y será/ una porquería, ya lo sé./ En el quinientos seis/ y en el dos mil, también./ Que siempre ha habido chorros/, maquiavelos y estafaos,/ contentos y amargados,/ valores y doublés

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