COSAS DE BANDONEÓN

La Aventura del Tango
By Antonio Pippo

Se ha dicho mucho acerca del bandoneón –incluso aquí- pero siempre quedan apuntes aislados que la memoria rescata devolviéndonos ese instrumento, creado en lejanas tierras, que cambió la música del tango.

-El primer bandoneón que tuve me lo regaló mi papá cuando tenía seis años. Lo trajo envuelto en una caja. Yo me alegré: creí que eran los patines que le había pedido tantas veces. Fue una decepción. Me encontré con un aparato que nunca había visto. Papá me sentó en una silla, lo puso sobre mis piernas y dijo: “Éste es el instrumento del tango, quiero que aprendas a tocarlo”. Ya mayorcito, cuando mi familia volvió a Mar del Plata me regaló un ‘Doble A’, que compró a trescientos pesos. Y para mí fue como pasar de un piano vertical a uno de cola. Ya me calentaba, ya gozaba el tango y el bandoneón.

Astor Piazzolla extrajo alguna vez de sus recuerdos esta anécdota, que tal vez figure también en la vida de entonces de otros jovencitos del Río de la Plata.

El bandoneón –llamado “bandonion” en el idioma original de su constructor- fue fabricado en Alemania alrededor de 1835 por Heinrich Band: un instrumento musical de viento, de lengüetas libres, extensible, con botoneras a ambos lados, pariente de la concertina, para hacer música religiosa en parroquias pequeñas donde no cabía un órgano tradicional e, incluso, facilitar su traslado de pueblo en pueblo para acompañar los cánticos de los feligreses. Si bien nadie asegura una fecha exacta, se sabe que llegó a estos lares en un barco del que descendió, para quedarse, un marinero alemán; y hay quienes sentencian que ya en 1864 lo tocaba el “Negro” Santa Cruz, músico y soldado, padre de Domingo Santa Cruz, quien años después compondría el famoso tango de la Guardia Vieja “Unión Cívica”. Más aún: han sido prestigiosos historiadores e investigadores, tal el caso de Ulyses Petit de Murat, quienes han asegurado que el “Negro” animaba con su bandoneón los momentos de descanso en las trincheras durante la Guerra de la Triple Alianza.

Cuando el tango fue tango tal como lo conocemos a partir de la Guardia Vieja, los cultores del novedoso instrumento se multiplicaron y ayudaron a cambiar la pisada de la música ciudadana más popular. Es buena idea recordar otras afirmaciones de Piazzolla:

-El tango tuvo grandes bandoneonistas, desde Arolas. Hay un estilo Mafia y un estilo Láurenz. Uno es más intimista, el otro, más desbordante. El gordo Troilo fue otra cosa; no era deslumbrante, pero sí un intérprete maravilloso; me hacía caer las medias tocando dos notas incomparables. En materia de técnica también estuvo Minotto di Cicco, y posiblemente el más grande de todos nosotros, aunque desconocido por el gran público, que se llamó Roberto Di Filippo. Y en la primera línea no puede faltar Leopoldo Federico, el mejor en esta época. En la generación posterior hay dos muy buenos: Dino Saluzzi y Néstor Marconi.

Hoy se dice que es un instrumento en extinción, basándose en el cierre de las principales fábricas que sobrevivían en Buenos Aires: la ELA y la Doble A. Sin embargo, en 2009 una comisión de notables presidida por Rubén Juárez avaló a dos luthiers porteños, Àngel y Gabriel Gallo, para que fabricaran sus bandoneones llamados “A-Z”: claro, los hacen de modo artesanal y únicamente a pedido. También se conocen algunas empresas desparramadas por el mundo –en Alemania, Finlandia, Italia, Japón y más-, por el viento a favor del furor desatado por el tango, que se han lanzado a la aventura de construir estos instrumentos, todas a través de manos de artesanos que, con gran entusiasmo, se han ido especializando.

O sea que no murió la esperanza, más allá de una verdad: la reposición es muy lenta frente a la velocidad de pérdida que los profesionales enfrentan, sea por el inexorable paso del tiempo –el deterioro por vejez de sus queridos “fueyes”-, sea por el acopio, con otros fines, que han ido haciendo coleccionistas, sobre todo extranjeros, de mucho dinero.

Al fin, me tomo la licencia de cerrar este desordenado pasaje por la vida del bandoneón de nuevo con una cita de Piazzolla, que nos revela otra cara de la cosa: -El bandoneón de Troilo me lo regaló Zita, su mujer. No es tocable, al menos por mí. Lo tengo que tocar como él, suavemente, casi una caricia. Y yo no acaricio nada. Mis cinco dedos son una ametralladora. Las veces que lo usé en público se me pinchó a los dos minutos: está achanchado para toda la vida. Debe ser una maldición del gordo. Nadie podrá tocarlo. Por supuesto, lo guardo como una reliquia.  

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