EL HOMBRE QUE SABÍA

Ya lo ha dicho José Gobello: -El lunfardo, el habla popular ya fuera de las polémicas sobre su origen, no morirá jamás. Paradójicamente serán los jóvenes, siempre más audaces, los que irán renovándolo y enriqueciéndolo con nuevos términos que, a su tiempo, incorporarán según las características de cada época.

De lunfardo, su origen y su evolución, se ha escrito en esta columna en abundancia. Empero –cosa feliz para la supervivencia del interés por el tango, que tuvo en él su primera forma poética- siempre aparecen, porque los historiadores e investigadores no cesan en su tesón, nuevos aspectos y circunstancias que, más allá de cuándo ven la luz, conmueven por su novedad, que sacude nuestra ignorancia.

Edmundo Rivero

Si es verdad que, al hablar de lunfardo, invariablemente nos referimos a Gobello –considerado la mayor autoridad en la materia-, lo es también que ha habido otros hombres que, aun siendo otro su oficio principal, alcanzaron un conocimiento importante de la materia. ¿Un caso emblemático? Edmundo Rivero. Este gran cantor, fallecido una ventosa mañana de 1986, dejó escrito un libro fundamental para aquellos, como uno, a quienes mueve la pasión de añadir, cada vez que se puede, nuevos elementos a su “mochila de viaje cultural”; ese libro, que todavía es posible conseguir en ciertas librerías “de viejo”, lleva por título “Una luz de almacén”, suerte de doble alusión metafórica a una línea del tango “Sur” y al nombre del local que Rivero contribuyó a convertir en histórico, en Independencia y Balcarce, San Telmo, “El viejo almacén”.

Recuerdo ahora, con especial cariño, algunas frases que le grabé durante un reportaje que me concedió en 1978, precisamente en su templo nocturno, mientras, aún pendiente su entrada al escenario, degustaba mate cocido caliente en un enorme tazón de losa, para, según sus propias palabras, “cuidar lo que le iba quedando de garganta y poder cantar “Sur” todas las noches, porque, de no hacerlo, la frustración del público podía terminar con una escandalosa protesta.

-En una cárcel de las muchas a las que fui a cantar, pregunté a un internado por qué estaba allí. Me contestó ‘!dequerusa, la prensa…!’, y dejó de hablar. Quiso decirme que estaba siendo vigilado. ‘Dequerusa’ equivalía a “cuidado” y ‘la prensa’ nombraba al guardián, el que puede informar, como el periódico. Vea, mi amigo, al lunfardo concurren voces de la inmigración laboriosa, del lenguaje rural también orillero pero en retirada, todo un mundo cuyos caracteres y personajes se decantan en el sainete, pero cuyo lenguaje, tal como lo señala la Academia, sólo quedará fijado por las letras de tangos y milongas, sobre todo a partir de los años veinte. No es solamente el paso de las orillas al centro; es una inserción decisiva de un modo de nombrar hechos y objetos, de ‘chamuyar’ el mundo, que iba a ser asumida por casi toda la ciudad. Por los años en que nací, ya Villoldo titulaba sus divertidos diálogos con nombres tales como ‘Un mozo pierna’, ‘Los tauras’ o ‘Galletao’, pero su difusión fue ínfima comparada con la que iban a tener las letras de los tangos con Gardel o con Rosita Quiroga. Celedonio Flores y Pascual Contursi habían hallado entonces el medio ideal para estimular con dosis de lenguaje reo y, a veces, ‘lunfa’, nuestra habla popular. De allí en adelante, el dinamismo del lunfardo original pareció transferirse paulatinamente a diferentes sectores de la sociedad y sus quehaceres. Hoy, el lunfardo no sólo es de uso corriente en todas las concentraciones urbanas de la Argentina, sino reconocido como uno de los argots más ricos de cualquier lengua.

Pero en “Una luz de almacén” Rivero desgrana otros conceptos muy interesantes. Habla de la germanía, lenguaje de los bajos fondos ya en tiempos de Cervantes; de que en la antigua Roma existió también un “lunfardo”, incluso con un nombre de “mal aspecto”: sórdida verba, que hizo trascender el barrio marginal de origen, al que se denominó en ese tiempo Suburra; luego retorna al Río de la Plata y repite una reveladora frase del historiador José Edmundo Clemente: “El lenguaje viene desde abajo, es demagógico, mandan los más, tiene una finalidad social y común, la intercomunicación”.

Así recuerdo a Rivero –Lionel, para los amigos- a través de la bruma del tiempo: el hombre que cantaba y el hombre que sabía.

-Dije más de una vez que no me siento cantor de tangos sino cantor nacional. Si me fue imposible renunciar a mis estilos y vidalitas, ¿cómo no asumir como nacional al lenguaje popular, al lunfardo?

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