LA CONTRADICCIÓN POÉTICA

By Antonio Pippo

¿Cómo arribaron a su plenitud algunos creadores que la historia del tango ha dejado impresos, indeleblemente, en sus mejores páginas? Algún caso merece contarse.

-Busco un pedazo de vida, la vivo intensamente en mi interior, me la tomo en serio y despacito, con cuidado, voy haciendo el verso. Como he vivido un poco, como he dado muchas vueltas, como conozco el ambiente canalla, tengo la pretensión de vivir mis personajes.

Así respondía a la pregunta “¿Cómo hace sus éxitos?”, durante un reportaje a mediados de 1930, Celedonio Esteban Flores -3 de agosto de 1896 – 28 de julio de 1947-, en su plenitud y muy afincado en el uso del lenguaje popular, especialmente el lunfardo. Sin embargo, Flores representa el arquetipo de la contradicción que afectó a la poesía del tango en su época fermental, hija de las propias contradicciones sociales del tiempo que les tocó vivir a numerosos letristas ilustres.

Osvaldo Pellettieri

El “Negro Cele” debió moverse en un país injusto, partido en dos, que Juan José Sebreli ha descrito con acierto al referirse a la década de 1920, esencial para el despegue del tango: “Bajo el gobierno refinado y liberal de Alvear se llega al apogeo de la ‘mala vida’ en Buenos Aires (…) La mayor parte de los peringundines y lupanares eran propiedad de destacados políticos. Aun las mayores organizaciones delictivas tenían relaciones con el Estado y con el sistema económico y social predominante”. Un país –parafraseo ahora a Osvaldo Pellettieri- que era tal sólo de nombre, porque su economía se dirigía desde afuera, donde sólo muy pocos disfrutaban de lo mucho que se producía y donde la cultura, y sobre todo la poesía, era una franja muy fina, muy angosta, una zona sagrada donde pocos elegidos podían permanecer.

Flores –empleado de comercio, boxeador, versificador criollo y frecuentador de la radio- también fue zarandeado por esa realidad. Hasta determinado momento, fue uno más de tantos modestos poetas con la pretensión de insertarse en el modernismo lírico: vates empobrecidos hijos literarios de Rubén Darío o Amado Nervo que leían a Dostoievsky, Baudelaire, Tolstoi, sin despreciar a Machado o al coterráneo Pedro Bonifacio Palacios, “Almafuerte”, que edificó una suerte de mesianismo romántico. Celedonio Flores, al comienzo de su peripecia creativa, quedó preso de las exageraciones de ese modernismo, y hasta de un simbolismo decadente, en los que abrevó sin suficiente actitud crítica: “Que yo, mientras usted goce al saberse pretendida/ rumiaré con mi bohemia, mi tristeza y mi dolor,/ fatalmente resignado, encantado de la vida/ y con un recuerdo amable para usted, la presentida,/ que una vez puso en mi vida luz de luna y luz de sol”.

-Te voy a contar… Ensayé mis versos queriéndolos escribir delicados, finos, sutiles… pero habría grandes contras en el camino. ¿Cómo te ibas a tirar contra Rubén Darío o Amado Nervo? El naipe no daba para tanto, hermano… Entonces, un día que estaba bien seco, en uno de esos días en que se sueña con la lotería sin tener el billete, me abrí de aquella parada elegante y escribí “Margot”.

Julio Sosa y Leopoldo Federico
Baldomero Fernández Moreno

Confesión muy franca, aunque están quienes dicen que hubo una influencia salvadora: la de Baldomero Fernández Moreno, el autor de “Setenta balcones y ninguna flor” y “Las iniciales del misal”, creador de una corriente que fue llamada “sencillismo” y que resultó en simple y valioso realismo poético. Es el hombre que descubre la importancia de la descripción intimista de la ciudad, los barrios y la gente. Flores –otra vez según Osvaldo Pellettieri- popularizó a Fernández Moreno y construyó una poesía testimonial muy fuerte, apelando muchas veces al lunfardo. La contorsión, fruto de aquella contradicción aludida al principio, deviene letras de tango populares y pegadizas, que lo hicieron grande y exitoso: “Por qué canto así” (gran versión recitada por Julio Sosa con Leopoldo Federico), “Por la pinta”, “El bulín de la calle Ayacucho”, “Viejo smoking”, “Audacia”, “Lloró como una mujer”, “Mala entraña”, “Y ahora yo”, “Mano a mano”, “Corrientes y Esmeralda”, “Cuando me entrés a fallar”, “Tengo miedo”, “Muchacho”, “El chimento” y “Sentencia”, entre tantas. Dice Pellettieri: “Celedonio acertó con el punto de vista requerido para que lo relatado progrese y conmueva por la cercanía y el compromiso con que lo relata”.

-Y yo me hice en tangos;/ me fui modelando en odio, en tristezas,/ en las amarguras que da la pobreza…/ En llantos de madres,/ en la rebeldía del que es fuerte y tiene/ que cruzar los brazos cuando el hambre viene

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