DE LA ZARZUELA AL TANGO

Antonio Pippo

Corría el año 1903, con el tango aún rechazado por la aristocracia y la burguesía rioplatenses y recluido en zonas portuarias y suburbanas.

-Te quiero hacer oír un tanguito y, si te gusta, que lo pases al pentagrama –le dijo Ángel Villoldo, uno de tantos “orejeros” de la epopeya tanguera, a su amigo José Luis Roncallo.

Acompañándose por su guitarra, así lo hizo.

-¡Qué lindo, che! Te salió precioso… -lo alentó Roncallo, prometiéndole la partitura.

Ante semejante entusiasmo Villoldó se aventuró: -¿Y no me lo estrenás en ese restaurante donde tocás?

-¿Estás loco? –Roncallo se puso en guardia. –Ahí no quieren saber nada con el tango… Pero, yo qué sé, te salió tan bien que… Mirá, lo presento como una danza criolla y chau. ¿Cómo se llama?

-“El choclo”…

-¿Y por qué le pusiste ese nombre?

Para Villoldo, habitué de la fonda “El pinchazo”, fue una pregunta extraña: -¿Cómo por qué? ¡Si es lo que más me gusta del puchero!

El 3 de noviembre de 1903, José Luis Roncallo estrenó “El choclo” con su orquesta clásica en el restaurante de clase alta “El americano”.

José Luis Roncallo, nacido en Buenos Aires, en Monserrat, el 5 de octubre de 1875 y fallecido en Rosario el 11 de junio de 1954, fue un maestro, uno de los olvidados por la gran historia. Su padre, un italiano oriundo de Génova, socio de la firma Rinaldi-Roncallo que fabricaba pianos a manivela, pianolas y organitos, fue su impulsor: aprendió piano, contrabajo y armonio y arreglos musicales. Sus primeros éxitos vinieron de la mano de la zarzuela y el sainete criollo y a los 17 años presentó su primera orquesta clásica, actuando en hoteles, confiterías y restaurantes adonde concurría la oligarquía porteña. Sin embargo, lo había picado el “bichito” del tango y, durante unas casi subrepticias actuaciones, tocaba sus propias obras y las de algunos amigos para “despuntar el vicio”.

No fue sólo Villoldo el beneficiario de su buena voluntad. En 1904, contratado como orquestador de zarzuelas en Rosario –ciudad a la que debió mudarse, sin dejar jamás de viajar a Buenos Aires-, Roncallo llevó la partitura de “9 de Julio”, el clásico de José Luis Padula, la que debió escribir porque su autor era otro “orejero”. Entusiasmado por ese tango, y siendo el mundo santafecino más abierto para aquella música tan execrada en la capital, lo presentó con un trío de piano, violín y bandoneón, logrando un inmediato éxito. Fue el disparador: a partir de entonces, sin dejar ni las zarzuelas ni los sainetes, le dedicó más tiempo al tango y aumentó su propia producción, que había comenzado con un casi adolescente “El purrete”, en 1901; entonces aparecieron, en rápida sucesión, “El rosarino”, “La pavada”, “La cachiporra”, “El americano” (en homenaje a su restaurante preferido, donde estrenó “El choclo”), “Revista”, “Guido”, “El porteño”, “Che, sacámele el molde” (un tema cuya letra, hoy perdida en las nieblas del tiempo, rozaba lo prosaico), “Te pasaste”, “No crea, rubio” y “La cuerda floja”, entre otros.

Hubo mucha aventura en la vida de Roncallo durante su juventud. Incluso, una historia cálida pero que estableció raras relaciones alrededor de “El choclo”. Por ejemplo, y aunque pocos lo recuerden, este músico preciosista fue ahijado de Santo Discépolo, el inmigrante italiano padre de Enrique Santos, y pianista de la orquesta del Cuerpo de Bomberos que su padrino dirigía; el viejo Santo lo ayudó con los arreglos a la partitura del tango de Villoldo y lo estimuló a que lo siguiera tocando “en el centro”, pese a los riesgos latentes; y luego, el cierre: “El choclo” ha tenido cuatro letras; una primera del propio Villoldo, absolutamente olvidable; otra de su hija, que también pasó a mejor vida con rapidez; una tercera de Marambio Catán y la última, la que se canta hasta hoy –“Con este tango que es burlón y compadrito,/ se ató dos alas la ilusión de mi suburbio…”- cuyo autor es, ¡y cómo se cierran algunos círculos en la vida!, nada menos que Enrique Santos Discépolo.

A José Luis Roncallo, que en 1926 llegó a formar una gran orquesta clásica de mujeres, la desgracia lo sacudió imprevistamente en 1929, cuando tenía sólo 44 años: sufrió una parálisis casi total a raíz de un accidente vascular y así vivió hasta su muerte, moviendo sólo la mano derecha.

Fue un espíritu firme: aun en tan precaria condición continuó escribiendo música que otros, particularmente sus dos hermanas mujeres, que tocaban el piano, le hacían escuchar luego para crearle una atmósfera confortable, tal vez melancólica, sí, pero jamás triste.  

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