LA AVENTURA DEL TANGO: EL POTRILLO DE DURAZNO

Antonio Pippo Pedragosa

-El primer pianista de Héctor Varela fue Atilio Stampone, pero se fue pronto, no era su estilo. Entonces apareció “El potrillo”, todo un personaje. Un día íbamos en avión a Comodoro Rivadavia y él nervioso, callado; no le gustaban esos viajes. Varela se hizo amigo del piloto, porque descubrieron que ambos eran amantes de los caballos de carrera. De pronto, me arrimo a la cabina y veo a Héctor en los controles del copiloto, a las risas. Le comento al “Potrillo” y se puso como loco: empezó a los gritos –“¡me quiero bajar!”- , rompió uno de los posa brazos del asiento y hasta dobló el anillo de casamiento. En eso volvió Varela y le dijo: “Cuando vuelva me compro uno”. ¡Para qué! Se calmó recién cuando le aclararon que el avión siempre había ido en piloto automático.     

Esto lo narró Armando Laborde, en esa época cantor principal de Varela.

“El potrillo” era el nuevo pianista de la orquesta: César Zagnoli, nacido en Durazno el 24 de abril de 1911 y fallecido en Buenos Aires el 26 de diciembre de 2002. Su apodo se lo regalaron, en la adolescencia, unos muchachos de su barrio. Le quedó para siempre.

Zagnoli, un hombre muy querible, amigo leal de sus amigos, fue el hijo único del matrimonio del inmigrante italiano de igual nombre y Estela González, oriunda de Durazno. Su padre, que llegó a dirigir la Banda Municipal de esa ciudad, lo inició en la música y respaldó su formación con los mejores profesores. A los 12 años ya colaboraba con el cura de la iglesia San Pedro de Durazno en las partes musicales de las misas, y animaba con el piano, en el cine local Artigas, la exhibición de películas mudas. En 1933 se recibió de profesor de piano y solfeo y viajó al Norte, como en un arrebato, seguro de que iba a hallar trabajo en los casinos de Rivera, entonces en efervescencia. Pero fue una experiencia corta y frustrante. Lo salvó una casualidad: un encuentro con el músico José Amor, quien advirtió las virtudes del joven duraznense y lo invitó a ir a Montevideo a probar suerte. Zagnoli se vinculó en la capital, a través de Amor, con Alberto Guillama, un baterista y director de grupos musicales con el que, si se quiere ser fiel a la verdad, inició su vida profesional tocando en los cabarés “El Capitol” y “El Garrón”.

Es ahí que lo conoció Juan D’Arienzo, asiduo visitante de Montevideo, y lo persuadió de viajar a Buenos Aires para integrarse a su consagrada orquesta nada menos que en “El Chantecler”.

A partir de tan inesperada pero grata circunstancia, “El potrillo” agarró la recta y ya no se detuvo. Artista inquieto, buceador de nuevas experiencias, en aquellos tiempos solía quedarse poco en cada “parada” y así llegó a tocar con Roberto Zerillo, Juan Canaro, Joaquín Do Reyes, Enrique Alessio –cuya orquesta había sido armada para acompañar a Alberto Castillo-, Eugenio Nóbile, Argentino Galván y los míticos Pedro Láurenz, Pedro Maffia, Juan Carlos Cobián, Alfredo Gobbi y Elvino Vardaro, además, claro, del ya mencionado Héctor Varela.

Curiosamente, sus primeras grabaciones en la capital argentina fueron recién en 1942, acompañando al consagrado cantor Amadeo Mandarino: “Al verla pasar” y “Mano brava”.

Paradojas de su vida, porque no le agradaba viajar, entre 1936 y 1937 recorrió gran parte de Brasil y luego retornó por breve lapso a Montevideo, donde con un conjunto armado junto a su amigo Panchito Maquieira, actuó en el club Uruguay, en el Ateneo y en varios ciclos radiales. En 1938 regresó a Buenos Aires, ya calificado como uno de los mejores estilistas del piano, de “la escuela Di Sarli”, y siguió copando la banca porteña hasta 1954, año en que decidió su vuelta definitiva a Montevideo. Acá formó diversos grupos propios, acompañó a los más destacados solistas de ambas orillas y colaboró con músicos de la talla de Oldimar Cáceres, Néstor Casco, Luis Di Matteo y el aún vigente Raúl Jaurena, entre otros.

César “Potrillo” Zagnoli fue reconocido y aplaudido sin reticencias como un pianista clásico, afinado y seguro, entre cuyas virtudes figuran las de haber compuesto unos pocos pero exquisitos tangos, de los que vale la pena recordar “Cosas de antaño”, “Ya sé que volverás”, “La estacada” y “Che, timbero”.

Murió en Buenos Aires, a los 91 años, al día siguiente de haber disfrutado con su hijo de las tradicionales fiestas, en el que terminó siendo su último viaje.

Fue un romántico: -Y, sí… Nunca me sentí más cómodo musicalmente que con Alfredito Gobbi. Él me dejó los mejores recuerdos, que es lo único bueno, al fin, que uno se lleva.

  

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