PUCHERITO DE GALLINA

Fue un éxito impresionante de Edmundo Rivero y tiene una historia muy original: el tango Pucherito de gallina, creado en letra y música por el cantor Roberto Medina (14 de octubre de 1923, Lanús – 12 de marzo de 2000, Capital Federal), quien, entre la década de 1940 y mediados de la de 1950, llegó a integrar orquestas de prestigio como las de Elvino Vardaro, Julio De Caro y Astor Piazzolla.

Medina trasladó a la letra de ese tango el caso real de una jovencita, menor de edad, que llegó a Buenos Aires ilusionada por la noche porteña y terminó ejerciendo la prostitución. Cuando intentó registrar el tema en SADAIC, la sociedad de autores de Argentina, le pidieron que introdujera modificaciones al texto porque “aquella letra era muy atrevida” para la época. El autor, lejos de amilanarse o protestar, retiró su material, fue a un bar cercano y, tomando un café, rearmó la historia y alcanzó el reconocimiento de la institución que –eso sí, con gran delicadeza- le había censurado su tango. Para ello halló un camino muy corto y muy directo: sustituyendo palabras y nombres de lugares, cambió a la jovencita aventurera por un muchacho de veinte años que despierta a las experiencias de la noche, y a sus riesgos, del brazo de hombres ya maduros y “jugados”.

El cambio de la letra, además, le permitió mantener la mención y el destaque de ciertos ambientes y ciertas cosas, para él entrañables, de aquel tiempo.

Vale, como casi siempre, empezar por el principio: el origen del peculiar nombre del tango. Una tradición noctámbula local, iniciada a poco de iniciado el siglo XX; después de bailar en una milonga, o de presenciar la actuación de un cantor o una orquesta, muchísima gente salía a cenar en sitios típicos y, por supuesto, no demasiado caros: caso de Pipo, de Pepito, de Bachín y, especialmente, del legendario El Tropezón –el restorán más visitado, en Callao entre Corrientes y Sarmiento, que cerró a mediados de la década de 1980- donde había cobrado sólida fama “el puchero de gallina”, abundante y con los “caracús” aparte, en una olla de caldo y pan, todo regado por el famoso vino Carlón, que se servía de un barril y cuyas cepas habían sido traídas de España por los inmigrantes. De ahí viene esa parte de fuerte color descriptivo de la letra registrada, que dice: -Cabaré, Tropezón, era la eterna rutina…/ Pucherito de gallina, con viejo vino Carlón…

Uno de los elogios más merecidos que ha recibido la poesía de los tangos –al menos es mi certeza- es su estrecho vínculo con la realidad. La enorme mayoría, por no decir toda, está basada en peripecias u observaciones de los autores del mundo en que estaban insertos; así se crearon registros históricos vívidos, incluso una identidad cultural centenaria. La imaginación, que ha dicho presente, está claro, ha servido en todo caso para maquillar levemente, enriquecer la historia elegida y hasta para disimular o adecentar circunstancias que los letristas consideraron excesivas. Si pensamos en el enriquecimiento de una historia, basta con recordar la dramática y a un tiempo romántica y florida letra de Madame Ivonne, el viejo tango de Enrique Cadícamo y el músico Eduardo “El Chon” Pereyra: Ivonne, que existió, no fue con exactitud la descripta por Cadícamo, sino la dueña de una pensión en Montevideo adonde se hospedaba Pereyra en sus frecuentes viajes a Uruguay, y con la cual mantuvo relaciones que podríamos calificar de muy estrechas.

Pero quiero que el lector disfrute de la transformación que logró Medina -autor a quien también se deben tangos como Derecho de piso, Esa sí que era una mina, Mi viejo barrio Lanús, Salud me dijo, Se casa la nena, Yo creía, Y qué le dejó la vida, Viejo lindo, Un bacán amigo mío o Soy testigo de tus penas– con su Pucherito de gallina. Para ello es suficiente recordar la primera parte de ambas versiones.

La original: Con quince abriles me vine para el centro,/ mi debut fue en El Cairo y Cotton Club./ Fue un muchacho que supo hacerme el cuento/ y fui la “doce” en el viejo Marabú…/ Allí aprendí lo que es ser langostera,/ que el amigo que ayuda es el mishé,/ que cualquier cosa es la mina canchera/ y en ese ambiente aprendí lo que hoy sé.

La registrada: Con veinte abriles me vine para el centro,/ mi debut fue en Corrientes y Maipú./ Del brazo de hombres jugados y con vento/ allí quise quemar mi juventud…/ Allí aprendí lo es ser calavera,/ me enseñaron que nunca hay que fallar./ Me hice una vida mistonga y sensiblera/ y entre otras cosas me daba por cantar…

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